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Un país en el que la memoria podía ser peligrosa

Redacción TN by Redacción TN
1 marzo, 2019
in Sociedad
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Hubo impulsos por fuera de la política en algunos militantes de los años 70. Me lo comentó hace ya tiempo un psicólogo que trabajó mucho en aquella época. Más de un

joven quiso mostrar a la familia su autonomía -o su rechazo- a partir de elegir un camino radicalmente diferente del que le habían preparado. Se trataba ya no de ideología sino de buscar una salida a una dinámica impuesta por los padres. No fueron todos, obvio, quizás tampoco la mayoría, pero sí más de uno.

Hace pocos años, la tradicional grieta que atravesó a la Argentina se agigantó y logró una presencia inédita en los espacios personales. Familias que ya no se encontraron para los asados del domingo o, como me pasó, dejar de recibir invitaciones a reuniones -cumpleaños, cenas- en los que era habitué.

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Más atrás, el XI Congreso del Partido Comunista de la Argentina, en 1946, expulsó a militantes que trabajaban en el Ferrocarril Sud. Estos hombres sostenían -a contracorriente del Partido- que lo importante era el voto del pueblo por Perón y que ese alejamiento de las clases populares del PC se debía a su abandono de la lucha reivindicativa. Los echaron, no había espacio para hablar, sólo para obedecer.

Son tres ejemplos diferentes de cómo la política, porosa, afecta lo personal. No se trata sólo de las medidas macroeconómicas o del reconocimiento de derechos sino que existe un sustrato privado, hogareño. Hay familias que quebradas por algunas de estas actitudes más psicológicas que políticas, sea por la desesperación ante una conducta que no se podía frenar y cuyo final oscuro se intuía o por el castigo de vivir alejado de los afectos o del espacio de militancia. Si no sos como nosotros, te espera el destierro.

Pinélides Fusco fue víctima de esta porosidad, en su versión perversa. Son suyas las fotos que nos retratan una mística y una época, seguramente con una mirada no objetiva pero sí honesta. Luego del golpe de Estado del 55, se refugió en el silencio. Las prohibiciones, las detenciones, el quedarse sin trabajo le demostraron -o eso creyó- que para protegerse y proteger a su familia necesitaba olvidar. En la Argentina -sabía- la memoria podía ser peligrosa.

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