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El logro y la responsabilidad

Redacción TN by Redacción TN
15 febrero, 2019
in Sociedad
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Las cirugías para cambiar de sexo me generan –confieso– miedo. La idea de algo que se amputa –un pene, un pecho– no me deja indiferente, surge una luz amarilla frente al

bisturí, como si dudara de que remodelar un cuerpo tan radicalmente fuera potestad humana. Sería hipócrita si no lo mencionara. Pero luego pienso, leo testimonios, siento la paz de los que se operaron. Y dudo. En general nadie que haya pasado por el quirófano para verse varón habiendo nacido mujer –y viceversa– niega la complejidad de la cirugía ni sus dolores. Pero no la asocian al malestar sino a una idea de felicidad: ser como querían, como se sentían.

Y ahí comprendo otra realidad. Se amputa parte del cuerpo, sí, pero muchos sostienen que de no hacerlo seguirían amputando parte de su mente y que esto es mucho más doloroso. Casi insoportable a veces. En ese contexto, hay que barajar y dar de nuevo. No se trata de una decisión sencilla pero –aseguran quienes la deciden- sí liberadora. Si los protagonistas están convencidos, ¿qué se puede decir entonces?

La cirugía ha actuado como un proceso médico y científico que permite adaptar los cuerpos al deseo. Por primera vez en la historia se puede elegir –también gracias a las hormonas– un cuerpo nuevo, diferente al dado. En cierta forma, tenemos el poder Divino de recrearnos. ¿Pero qué pasa si nos equivocamos? Una búsqueda seria nos lleva a varias investigaciones sobre personas que quieren volver a tener su sexo de nacimiento y hay incluso un par de profesionales especializados a nivel mundial. Razones puede haber muchas: las identidades no siempre son para siempre. O hay gente que llega a la operación luego de vivir una etapa que se modifica con el tiempo. Sabemos que ningún cirujano opera porque sí, que siempre hay largas evaluaciones psiquiátricas. Pero esa es una tendencia que se debe enfatizar.

Ha habido otros intentos de crear identidades nóveles pero no por una búsqueda íntima sino por lo que se entendía como una necesidad desde esa cultura. Como los castrati –varones a los que se les amputaban los testículos para que lograran tonos musicales más agudos– o los eunucos de oriente. Eran ablaciones “técnicas” para convertirse en algo. Ahora son cambios para ser alguien diferente. Un enorme logro, también una gigantesca responsabilidad.

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