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Vivir en un mundo con riesgos

Redacción TN by Redacción TN
8 febrero, 2019
in Sociedad
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Ver llorar a un abuelo no debe ser algo fácil, más si uno es niño. De hecho, intenté recordar cuándo había visto llorar a algunos de mis tres abuelos que

conocí y creo que la respuesta es nunca. Si lo hicieron –y no estoy seguro– fue muy a solas. ¿Y saben qué? Tampoco recuerdo haber visto llorar a mis padres, aunque sí los he sentido, un par de veces, muy preocupados o dolidos. Más aún, no sé si mis hijos –de 13 y 10 años– alguna vez me han visto llorar a mí. Apuesto que no.

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El llanto de una persona mayor conmueve porque nunca lo hace por algo insignificante sino por un mundo que se derrumba. Ahí es donde se comprende el punto de inflexión que generó esa tormenta gigantesca –en viento, en agua y en sentidos– para Fabricio y su gente.

Pero el tema de Dios, para mí, pasa por otro centro. Si imaginamos el Dios creador y todopoderoso de la tradición judeocristiana, nunca ha sido un Dios que ha ahorrado penas. En el mundo ha habido tanto alegrías y goces como hambrunas, guerras, torturas monstruosas con monstruos que las disfrutaban. Quizás Dios le dio al hombre su naturaleza terrena con la capacidad de discernir pero la historia ha mostrado que mucho discernimiento no cabe en la humanidad. ¿Y aquellos hechos terribles –como esa tormenta, pero también terremotos, inundaciones– que dependen sólo de la naturaleza? Yo no sé, no puedo saber si Dios existe, sea en el sentido religioso o como un principio creador. Sí sé que el mundo más amable o más terrible no se explica a partir de Dios. Creo que si El hizo a los hombres, no pensó en un universo sin conflictos.

Para los budistas, el gran problema es el deseo, fruto de todos los dolores. Cuando uno deja de desear –riquezas, poder, salud– empieza a entregarse a una fuerza mayor hasta llegar al Nirvana, un final sin sufrimiento. Concepto difícil de entender en Occidente pero al menos vale la pena confrontarlo con lo que somos para darnos cuenta de que hay otras miradas fuera de nuestro pequeño mundo.

Dios existe. O no. Reitero, no tengo cómo saberlo. Sólo estoy seguro de que el mundo no es sólo el lugar de algodón que ansiamos. Tiene piedras y riesgo. Pero desafiarlo y vivir en él es lo que nos hace humanos.

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