Da pudor hablar de la muerte, además de miedo. Algo así nos pasó a Edgardo Berón y a mí cuando este texto se pergeñaba. El me escribió contándome la idea y
minimizó lo que había sido esa sensación-de-muerte-y-de-algo-más . Yo le respondí ídem, confusamente quizás: que el tema me interesaba pero que no quería convertir este espacio en algo vinculado a la percepción extrasensorial, al más allá, a lo recóndito del fin de la vida.
Así fue que la primera versión de la nota mencionaba de manera muy tangencial esa paz extraordinaria que el había percibido. Un detalle, casi. Reflexioné sobre el prejuicio que existe acerca del momento de la muerte y el después. ¿Se sentirá algo? ¿Se intuirá? ¿No hay nada? ¿Por qué si en esta época hablamos de todo, exponemos incluso lo íntimo, no nos permitimos hacerlo sobre algo que quita el sueño?

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Surgieron algunas ideas: hablar de vida después de la muerte suena mal porque estamos acostumbrados a teorías que pretenden la objetividad cuando se trata de algo personal, intransferible. Que es Dios, que es la energía, que son nuestras vidas pasadas o nuestros seres queridos. Y a partir de allí se construyen torres de palillos que parecen firmes pero se derrumban con facilidad.
El problema no es hablar de lo que se cree o, en algún caso, se ha sentido. Lo errado es darle valor de cruzada, de absoluto. Por eso le pedí a Edgardo que no se limitara tanto con el tema, que era legítimo compartirlo. Y así lo hizo, sin falsas estridencias. Dice: esto sentí, no sé qué significa, sí sé cómo me cambió.
Yo, por mi parte, le tuve miedo a la muerte. En verdad, le sigo temiendo. Pero algo cambió hace tiempo. En la Universidad estudiábamos una disciplina que desconocía: Antropología Filosófica, la investigación sobre la naturaleza y la esencia del hombre. Supe que algo inherente al ser humano es su imposibilidad absoluta de descifrar sobre la muerte. Al menos mientras seamos hombres. Si alguna vez conocemos qué hay después -¿acaso algo?-, si alguna vez con cierta objetividad existe comunicación entre lo que somos y lo que dejamos de ser, ya no nos identificaremos como hombres. Tendremos otra esencia, diferentes características. Esto no me quitó el miedo a la muerte pero sí me tranquilizó: por más que intentara, no iba a poder. Resignación.
Sensaciones como las de Edgardo se pueden leer de muchas maneras. Otras formas de vida, Dios, imágenes que produce el cerebro cuando cambia la irrigación y hasta un inconsciente que aflora en su estado más puro cuando el yo se esfuma. Cada uno -al menos entre quienes no vivimos un momento similar- lo interpretará a su manera.
Hago una apuesta extraña: vale la pena hablar de estos temas porque nos preocupan. Pero no para saber qué hay más allá -algo difícil de asegurar- sino para entender mejor el más acá. Lo que somos, ya no lo que seremos.