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Que la sociedad no mire para otro lado

Redacción TN by Redacción TN
8 diciembre, 2018
in Sociedad
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Violencia y silencio, una combinación desgraciada, explosiva. Ningún cuadro de brutalidad resulta ligero: sin embargo, el que aparece como algo dado, que no se debe exagerar “porque siempre existió” se convierte

en un doble atropello. Lo que no se toma en serio, no se pone en palabras ni se puede denunciar, horada.

Esto sucedió durante mucho tiempo con los abusos sexuales. Violación parecía ser lo que le sucedía a una mujer en un callejón, atacada por un hombre anónimo. La ferocidad del grupo cercano –conocidos, compañeros de trabajo, familiares– pasaba a ser una escala menor, una pequeña tropelía más que un delito. Las estadísticas, sin embargo, muestran que los abusos por personas conocidas son significativos.

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Más allá de las alertas sociales y del rol de la justicia, es curioso la asociación erótica entre violencia y placer que atraviesa a muchos. ¿Seré ingenuo cuando me pregunto cuál es la gracia de una relación comandada por la fuerza y la negación? No hablo, claro, de los juegos consentidos sino de esos momentos en que la mujer sufre, pierde la decisión sobre sí, sobre su cuerpo. ¿Cómo entenderlo? Soy de aquellos que creen que el sexo es complicidad y deseo, que ganarse a la compañera –o compañero, o compañeros– es tentador porque habla de nuestros atractivos (físicos, mentales, sociales). ¿Qué demonios atraviesan a una sociedad en la que el abuso parece ser moneda corriente? ¿Es un reflejo de otras violencias?

Pero la palabra abuso es vasta. Puede referirse al sexo, o a la economía –abuso de la competencia–, o al engaño en un grupo de amigos –abuso de confianza–. O a tantos más. Lo cierto es que en nuestras relaciones cotidianas muchos nos sentimos abusados. Por la ley del más fuerte, por el Estado, por un monopolio, por el discurso avasallante de algunos que no tarda en convertirse en praxis.

No sé si la sexualidad tiene reglas propias, si un abuso puede vincularse a otro. Sí sé que las mujeres son las víctimas centrales de las violaciones y que hay ahí una entidad diferenciada, única. Ser ella no debiera resultar más peligrosos que ser él, pero lo es. En la crueldad sexual –esto es raro que le pase a un hombre– la mujer pierde su identidad, se convierte en mera servidumbre del otro. Reforzar lo legal es esencial, pero no lo único. Hay que darle palabra a las mujeres que sufrieron violencia sexual. Escucharlas es lograr que su dolor–que seguirá– adopte también una dimensión social, que no haya excusas para mirar hacia otro lado.

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