
Primero, los Juegos Olímpicos de la Juventud. Ahora el G20. Por H o por B arrancás el día con los mensajitos de la vergüenza, al estilo de “perdón, estoy demorada… el
colectivo tarda horas” o “tuve que dejar pasar dos subtes porque no me podía subir”.
El 168 va tan desesperadamente despacio que te entretenés con carteles que los otros 364 días del año no habían despertado tu interés ni remotamente: “Comidas rápidas”, “Centro Cultural Miserere”, “Corte de pelo, $280”.
Un hombre camina en frente de un graffiti que rechaza la reunión del G20 (EFE/Juan Ignacio Roncoroni).
Si fuera viernes o sábado -durante el G20 propiamente dicho- entenderías eso de que “en el comienzo fue el caos”. Pero ni siquiera es jueves, cuando, se sabe, comenzará a fallar la frecuencia del transporte público. Lo leíste y lo dijeron en la radio 600 veces. Lo sabés. Estás preparada. Sin embargo, es miércoles. El colectivo no avanza.
Todas las fotos de la Cumbre del G20 de Buenos Aires
Atás cabos. En efecto, todo el quilombo de tránsito comenzó ayer, martes. Y nada menos que en tu propio barrio, en el epicentro geográfico de la Capital Federal, Villa Crespo. Puntualmente, en el segundo mayor símbolo de la zona, después del emblemático monumento a Osvaldito Pugliese y su orquesta típica: la cancha de Atlanta.
Movimientos sociales y de la oposición se reunieron bajo el lema “No al G20”. Vos no sabías lo que pasaba, pero la imagen a las 17.30, mientras ibas y venías con las compras, era caótica: cien mil bondis de todos los números intentando desviarse por Camargo hacia Gurruchaga, casi encima de la bicisenda y de la propia vereda.
Tránsito complicado en el centro porteño. / Diego Diaz
Los peatones, locos, tratando de cruzar. Las calles aledañas, colapsadas. Autos y taxis, a cero kilómetros por hora, incluso en la frontera con Paternal, a la altura de Honorio Pueyrredón, donde se estacionaban en doble fila, formando esa caravana que viste muchas veces, los transportes ¿escolares? que suelen mover manifestantes en cantidad. El tránsito en la intersección de Scalabrini Ortiz y Corrientes, freezado. Hacia las 18, una llovizna trajo el típico olor a tierra mojada. Bajo el agua, la desmovilización. Decenas de grupos a pie coparon el barrio. Tu hija de 9 te tiró de la mano a la voz de “¿qué es el G20, ma?”. “Eh, bueenooo…”
Costa Salguero, el epicentro de la cumbre (AP)
El chofer del 168 también se colgó. “Y… la verdad, creíamos que hoy se iba a circular normalmente, pero ya en la estación Once, el inspector me indicó desviar por Jujuy hasta Pavón. Estamos a diez cuadras del recorrido usual, y todo colapsado. A esta hora ya debería estar en la cabecera”. Son las 9.10. Él se siente importante por la entrevista. El cartel dice Matheu. Todavía falta un montón.

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Sin embargo, nadie toca la bocina. ¿Curiosidades porteñas? Porque mientras ninguno podía predecir que el caos del tránsito arrancaría tantos días antes del G20, a todos nos parece argentinamente normal.
Como si la ciudad fuera un recipiente que se llena de contenidos extranjeros y no queda otra que fumársela. Como si albergáramos megaeventos para estar a la vanguardia. La ciudad colapsa, la vida se nos altera. Lo vivimos. ¿Qué nos deja?