
El martes 2 de mayo de 2017, Maxi Taranto (28) fue asesinado por dos motochorros que lo atacaron para robarle su moto, la que acaba de sacar de la concesionaria. Ocurrió
en Laferrere, en la puerta de su casa.
Marcelo y Marisa, padres de Maxi Taranto, con cierto alivio tras la condena a los asesinos.

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Un año y medio después, ambos atacantes fueron condenados a la pena de prisión perpetua tras la acción de un jurado popular, integrado por 12 vecinos de La Matanza, que debatieron la culpabilidad de los acusados en una sala de la Universidad de ese municipio.
En el banquillo estuvieron Lucas Giménez (23) y Franco Estrella (25). El primero fue detenido a horas del crimen; el segundo, a casi tres meses. Ambos vivían en Altos de Laferrere, el mismo barrio de los Taranto.
Las opciones eran tres: declarar culpables a los dos detenidos de homicidio criminis causa (prisión perpetua), de homicidio en ocasión de robo (10 a 25 años de prisión) o declararlos no culpables.
“La Justicia que buscábamos, gracias a Dios, se nos dio”, le dijo tras la sentencia Marcelo Taranto, el padre de Maxi, al sitio primerplanoonline.com.ar.
Aquel día de mayo, Maxi estaba contento. Hacía tres días que había sacado de la concesionaria su moto Rouser 0 KM, luego de cancelar la última cuota.
Ese día dictó clases de Inglés e Historia en secundarios de las villas Palangana (Laferrere) y Puerta de Hierro (Villegas, La Matanza). Por la noche cursó la Licenciatura en Historia. Llegó a la puerta de su casa de Laferrere a las 22.20.
No alcanzó a entrar: dos jóvenes en moto se le cruzaron y le exigieron la suya, revólver calibre 22 en mano. Maxi se habría resistido y recibió un proyectil que rompió el visor de su casco y le ingresó por un ojo. Moriría minutos después.
Los delincuentes huyeron sin robarle nada.”Había dejado de fumar para ahorrar y comprarse esa moto”, le contó a Clarín Marisa Aguilar, su mamá.
“Como madre siempre estuve preparada para que mi hijo se me enferme, pero no para que me lo maten. Y cuesta mucho vivir sin él. En las reuniones familiares me tengo que ir al baño para llorar tranquila. O me voy temprano, porque mi familia tiene derecho a pasarla bien. Siento que cada cumpleaños no es un año más, es un año menos de vida. En el cajón le juré que su muerte no iba a quedar impune. Eso me dio fuerzas para seguir. Pero no sé cómo voy a seguir después del juicio”, agregó la mujer horas antes de la condena de los atacantes.
Al terminar sus estudios secundarios, Maxi trabajó de lavacopas y de pizzero. También tuvo sus épocas de mochilero: viajó por Bahía Blanca, Mendoza, Córdoba. A los 22 se inscribió en las carreras de Historia y de Inglés.
Había vuelto a lo de sus padres, para ahorrarse el alquiler y priorizar sus estudios. Ya recibido de las dos, a los 27 se anotó en la Licenciatura de Historia.
“Le faltaba poco para terminarla. Yo sentía orgullo de hasta dónde había llegado: durante muchos fines de semana no salía para quedarse a estudiar. La etapa de esfuerzos estaba llegando a su fin; iba a comenzar a disfrutar la vida, sus premios”, se lamentó su mamá, que ya había pedido los 35 años que prevé el homicidio criminis causa.
“Mi hijo tenía 28 años: que los asesinos paguen en la cárcel los 35 años que le quitaron de vida”, cerró.