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Una verdad que no actúe como dinamita

Redacción TN by Redacción TN
26 octubre, 2018
in Sociedad
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Se debiera escribir una historia de los silencios. De los grandes, de esas clausuras que decide una sociedad. Y de los pequeños pero fundantes: los destierros simbólicos de cada familia, lo

que se calla para evitar la brasa en la mano.

Recuerdos. Una tía segunda que en los años 60 se llevaba mal con su marido, en Rosario, y viajaba a Buenos Aires todas las semanas para ver a un psiquiatra y que la ciudad no supiera de su crisis. Otro: el hijo de una amiga de mi mamá había puesto un restaurante. Decían, no lo conocí, que era amanerado. Cuando se hablaba de él, se decía que “no le pasaba nada”, que sólo quería parecerse a su madre. Tuve, a mi vez, un abuelo compinche que creía en el espiritismo pero lo supe sólo cuando ya era adolescente porque de eso tampoco se hablaba. Tan fuerte es el peso de los silencios que, hoy, ponerlos en letra suena a traición.

Pasa también con los álbumes de fotos. ¿Qué hacer cuando una pareja se divorcia y pasan los años? ¿Se les enseña a las nuevas generaciones aquellas fotos? ¿O se olvida el álbum en un recóndito estante?

Y no dejemos de lado los silencios sociales y políticos. Pensar que la Revolución Libertadora prohibió mencionar el nombre del “Presidente depuesto”. Pero no sabían que todo lo amputado vuelve con más fuerza. Pasa a nivel país y a nivel familiar. Natalia menciona que su familia sabía –y los chicos a veces padecían– las ñoñerías bizarras de la abuela pero no se animaban a ponerle un nombre. Quizás porque ese nombre hubiera definido una situación con la que nadie se sentía cómodo. Dejarlo como un murmullo ayudaba a sumarle vaguedad.

Sumergidos en una cultura psicoanalizada, crecimos con la idea de que la verdad libera. Con el tiempo aprendimos también que la verdad hiere. ¿La real sabiduría? Saber cómo decirla. No está bueno silenciar porque ahí se termina –tarde o temprano– con un grito, aunque resulte una paradoja. Legitimar el tema de a poco, tantear, explorar, dialogar permite que se pueda digerir mejor, que no suene –o sea en verdad– una agresión que provoque mucho ruido pero pocas palabras. Porque ese fin escénico para el mutismo, por más que sea buscado, tampoco ayuda y en vez de tender puentes, los suele dinamitar.

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