
Cuando Sábat conoció a su entrañable esposa Blanca en Montevideo, ella le preguntó cómo se llamaba. Hasta entonces lo conocía como ‘Menchi’. Él le dijo que tenía un nombre complicado. Blanca
le respondió: “Bueno, no va a ser peor que Hermenegildo”. Y él ,entonces, le confesó la verdad: “Precisamente me llamo Hermenegildo” .
Menchi viajaba en mi auto cada mes cuando volvíamos desde la Academia de Periodismo hacia el edificio de Clarín. Él era el Presidente de la Academia. Ahí me hablaba de Periodismo, de Blanca, de Uruguay y de arte.
Una vez me contó una extraordinaria anécdota de Quinquela Martín. El pintor volvía a La Boca después de un viaje consagratoria por Europa. Estaba el barrio en pleno, aplaudiéndolo desde las calles coloridas y Quinquela saludaba a todos subido a un carro adornado con flores. “De pronto Quinquela -me contaba Menchi- dio un grito estentóreo, ‘Alto. tengo que mear’. Y la procesión se detuvo para que el maestro hiciera lo suyo detrás de un árbol.
Menchi era un gran narrador oral. A veces empezaba a contar una historia, pero se cansaba a la mitad y le pedía a Blanca que continuara el relato. Ella, que conocía todas las historias de Menchi, completaba la anécdota.
Una vez coincidimos en Nueva York. Me invitó a ver una exposición de René Magritte en el MOMA. Recibí una clase inolvidable de pintura.
A veces se enojaba mientras le contaba algo irritante por lo injusto y me interrumpía y decía “Para un poquito….” Y seguía hablando él, airado con alguien o con algo.
Decía que tenía el alma “En relación de dependencia “ y que eso le parecía bien, y que por eso iba a trabajar absolutamente todos los dias.
Era un maestro absoluto. Me dio una gran lección de filosofía; “En la vida hay que hacer un gran esfuerzo para no tener poder”.