
En 15 días, acaso una eternidad, el Gobierno deberá poner por escrito números que los propios funcionarios desconocen. El vendaval cambiario de los últimos tres días no dejó en pie ninguno
de los borradores que habían intentado garabatear en las últimas semanas en el Ministerio de Hacienda y Finanzas para presentar el proyecto de Presupuesto al Congreso. La devaluación fue mucho más poderosa que las modificaciones que reclamaron los gobernadores peronistas. Para decirlo de otra manera: la economía se llevó puesta a la política.
En el contexto actual, con un gobierno que no controla el Congreso y que tiene sólo cinco gobernadores de su mismo color, no hay muchos caminos para salir de esa situación que no impliquen una reunión de dirigentes políticos del oficialismo y de la oposición en busca de un acuerdo.
A Mauricio Macri no le gusta admitirlo, pero el Presupuesto 2019 ya no depende de la negociación con el Fondo Monetario Internacional. El acuerdo de tres años que firmó el ministro Nicolás Dujovne con Christine Lagarde no alcanzó a pasar indemne la primera revisión trimestral.
Según parece, las soluciones tampoco están dentro del Gobierno. En los tres días, ya probaron todo: el primer día soportaron las novedades en silencio, el segundo habló el Presidente y el tercero le tocó a Marcos Peña. Ninguno de esos planes sirvió para calmar a nadie. Cerca de Dujovne, incluso, se lamentaron por la decisión de Macri de salir a pedir una ayuda al FMI sin acordar en forma previa los detalles del nuevo cronograma. “No pudimos decir nada porque no hay un acuerdo cerrado con Lagarde”, explica un funcionario al tanto de la decisión presidencial.
Ahora, el Presidente tiene otras discusiones por delante.
Como mínimo, el Gobierno deberá recomenzar una trabajosa conversación con los gobernadores y legisladores propios y ajenos para hacer otra vez las cuentas y proyecciones para 2019 con un nuevo nivel de dólar, ingresos, gastos e inflación.
En el escenario maximalista, Macri podrá usar esas mismas negociaciones para conseguir un acuerdo político más abarcativo que sirva como mensaje al mercado, que hace rato dejó de creer en la capacidad del Gobierno para cumplir lo que se dice en los discursos públicos. Hasta ahora, la única vez que Macri hizo algo parecido a eso fue cuando se formó Cambiemos, la alianza con los radicales y Carrió que terminó llevándolo a la Casa Rosada. Por eso, para hacerlo tendrá que cambiar sus costumbres políticas.
En ese punto se abre otra pregunta. ¿El Gobierno podrá cambiar de política sin cambiar de funcionarios? La última modificación del Gabinete indica que no. En ese caso, para retocar la política energética, industrial y cambiaria, Macri cambió las caras que las implementaban.