
Los empleados de la empresa estatal desarman continuamente algunas formaciones para reparar otras, luchando por mantener en funcionamiento el servicio, pero como no hay dinero para mantenimiento, son cada vez menos los trenes en circulación. Como contrapartida, crece el número de pasajeros, ya que agobiados por la pobreza los venezolanos intentan viajar sin costo, lo que lleva la ecuación a límites de tortura. “He llegado a tardar dos horas en poder subirme al tren”, cuenta uno de los usuarios. Como la economía chavista soporta una hiperinflación sin fin, un dólar se cambia actualmente por 3 millones y medio de bolívares.
Según el FMI, los precios en Venezuela aumentaron un 1.800.000% en apenas dos años. “La compañía no ha vuelto a comprar los rollos de boletos porque no tiene recursos ni para eso, y tampoco ha querido actualizar la tarifa a un monto más justo, lo que se refleja en el gran deterioro que tiene el sistema”, le dijo Alberto Vivas, de la Asociación Civil Familia Metro, al Diario El País.
El gobierno de Maduro reaccionó a su estilo: ordenó que “nadie puede renunciar” entre el personal especializado, intentando evitar que las deserciones del personal que opera estaciones y trenes. Los subtes venezolanos fueron un ejemplo para el continente desde 1983, con 70 kilómetros de red. Eran en los años 80 un mundo de puntualidad extrema y limpieza absoluta. Hoy, sin embargo, la fastuosa inversión de casi 2 mil millones de dólares que anunció Maduro como “la revolución del Metro”, ha terminado salpicada de acusaciones de corrupción y, como casi todos los planes chavistas, derivado en un desastre mayor al que se quiso arreglar.