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El debate del adios

Redacción TN by Redacción TN
12 noviembre, 2015
in Politica
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… alrededor de  9 de cada 10 ciudadanos ya tienen definido su voto, de modo que  el público al que deben seducir en el debate Mauricio Macri y Daniel Scioli es apenas ese 10 por ciento de indecisos  que  todavía aguardan una señal  que los fascine para optar.
 
Como la audiencia que se espera el próximo domingo es  muy amplia y no se limita a esos  votantes  remisos,  el riesgo  que corren los participantes  es sobreactuar  los argumentos destinados a  convencer  a estos  y perder, por esa vía, algunos o muchos de los que ya tienen conquistados.
 
Once años atrás, un asesor  de GeorgeW.  Bush resumía  así el problema en plena campaña presidencial en Estados Unidos: “Estamos obligados a hacer debates, pero no es recomendable, en última instancia, ser demasiado bueno en ellos. Porque si se es lírico y se deja  llevar, puede soltar palabras cuya trayectoria  ya no controla y corre el  peligro de perder  apoyos  ya  obtenidos, considerablemente seguros,  en el esfuerzo     por convencer  a  los que dudan”.
 
Aunque difieran  en  los números, todas las encuestas conocidas sobre el balotaje coinciden en  que, al día de hoy,  Macri está delante de Daniel  Scioli. Todo hace suponer, por eso, que el candidato de Cambiemos  adoptará en el debate  la posición más  tranquila y moderada, basada en  la defensa y el contraataque.  Dado que se encuentra  en ventaja, le alcanza  con  un empate  (y hasta con  una caída  mínima) para alzarse con la victoria.
 
Daniel Scioli, en cambio, está apostando  mucho al debate: es probablemente  su última oportunidad  de recuperar terreno y aproximarse al triunfo y eso lo obliga a jugar fuerte pues necesita  conquistar no menos  del 80 por ciento del  paquete de indecisos (claro está: sin que se le escurra  por otro costado el capital propio que  las encuestas le  reconocen). El problema de Scioli es que  tiene que seducir  a votantes que  en la primera vuelta  se inclinaron por alguna variante opositora  (la mayoría de ellos, por la alianza Sergio Massa- José Manuel De la Sota) sin ofender  al cuerpo central de su propio electorado,  atado  al cristinismo y en buena medida reticente a  escuchar discursos que desafinen con  el propio.
 
Scioli está  sumando elementos heterogéneos:  la fiereza  que caracteriza al kirchnerismo (fuertes mandobles destinados a “desenmascarar” a su rival, adjudicando a  Macri un programa de retorno a los años ’90 y de ajustes rigurosos);  una  tonalidad  de a ratos más suave (que busca diferenciarlo  del tono peleador de la Presidente) y  la adopción de algunos puntos del programa de Massa y De la Sota.  Esa mezcla todavía  no consigue una  síntesis; por ahora  suena más bien como  cantar La Felicidad  con la música de La Puñalada. 
 
Quizás la yuxtaposición sirva para seducir a públicos  distintos, quizás  decepcione a todos. Es un lance de último minuto. Si sale bien, será una proeza: si falla , Macri podría  el domingo 22 sobrepasar el 54 por ciento que la señora  de Kirchner consiguió cuatro años atrás y que tanto la envanece todavía.
 
Por cierto, el debate no es el único elemento que incidirá sobre el comportamiento electoral de los ciudadanos. El camino hacia el domingo 22  se despliega  en un contexto  de creciente inquietud pública, tanto por  la naturaleza de la transición como por la herencia inmediata de la que deberá  hacerse cargo el triunfador.
 
El  gobierno K empeña sus  esfuerzos finales en maniobras de copamiento institucional.  La Presidente parece resuelta a  decidir a su arbitrio hasta el último minuto, estirando las atribuciones  del Ejecutivo hasta el límite (y a menudo más allá) sin atender los mensajes de la realidad.  Las urnas de la primera vuelta  (sobre todo la derrota  en la provincia de Buenos Aires) expresaron un talante colectivo  que espera  un cambio de conducta.
 
Entretanto, el dispositivo de poder se  vacía y, librado a su propia  dinámica, explota en distintos puntos (Merlo, Concepción de Tucumán, Rosario), con ocupaciones, piquetes, agresión y violencia.
 
Muchas veces el gobierno de la señora de Kirchner desafió  el estado de ánimo de la sociedad, pero lo hacía manejando una situación de poder. Esta vez lo hace cuando  está a punto de decir adiós y cuando  el mando se evapora. Si antes podía  eludir (o descargar en otros) las consecuencias de esos  desafíos, ahora  está  apostando a la intemperie.
 
Si hay tormenta, seguramente terminará empapada.
 
fuente agenda politica
 
Tags: El debate del adiósPolítica
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