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Tension en cadena

Redacción TN by Redacción TN
20 septiembre, 2015
in Jorge Raventos
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… y si a menudo ha hecho uso discutible  de la cadena nacional de difusión (y de otros recursos públicos) ahora ya la emplea  casi exclusivamente con fines de propaganda facciosa. La última –el viernes 18 de septiembre- la destinó a  vituperar a los jueces tucumanos que declararon nula la elección de esa provincia por considerar que no se garantizó allí la libertad de sufragio que establece la Constitución y también para arremeter contra el candidato de la alianza Cambiemos, Mauricio Macri. La arenga presidencial  tuvo más de exasperación que de rigor: mentando la soga en casa del ahorcado, acusó de “fraude”  a los magistrados tucumanos  que vieron fraude, en cambio, en el comicio desarrollado bajo el gobernador  José Alperovich y ubicó (o desubicó) las prácticas del llamado “fraude patriótico”, en la década del 90 del siglo XIX. Hasta los historiadores adictos podrían explicarle que ese fenómeno ocurrió en  la década del 30 del siglo XX.
 
La paja y la viga
 
También resultó  llamativo que  la señora de Kirchner destacara la paja de la corrupción en  el episodio Niembro/gobierno porteño tras ignorar  durante años las vigas en el ojo propio: casos Boudou, Jaime, “Sueños Compartidos”, Hotesur, etc.
Aunque la ofensiva presidencial  tendrá, sin duda, repercusiones electorales,  no habría que deducir de ello que la señora esté motivada por esas cuestiones. Sus reacciones responden más bien al  deseo (que probablemente no llegue a satisfacer) de tomar revancha, mientras puede,  sobre aquellos sectores que han mostrado capacidad de resistencia a su poder: los que quedan en la Justicia,  en los medios independientes, en la política. Y al de conjurar preventivamente las acusaciones que ya  hacen cola en Tribunales con la estrategia Cambalache: revolcar todo en un mismo merengue, manosear todo en el mismo lodo.
 
Al  monopolizar la palabra del oficialismo, la señora de Kirchner relega al candidato presidencial, Daniel Scioli, a un rol secundario, poco conveniente para competir con mejores chances.
 
 Las encuestas cualitativas revelan, precisamente, que uno de los puntos flacos que  el  público independiente ve en Scioli es  la dependencia de la  Presidente que le atribuyen.  Aun muchos de los que  ven  diferencias entre el candidato y el kirchnerismo, admiten que  a esta altura debería  evidenciar su autonomía  y subrayar que  él es quien controla  de ahora en más, empezando por su propia campaña.
 
El  alivio que los mercados anticipaban ante la evidencia de que el ciclo K se acaba y la esperanza de que  inclusive una presidencia Scioli supondría  una etapa diferenciada, más  comprensiva, más realista y más virada a los consensos,  se perturba  ante el  insistente protagonismo de la señora de Kirchner y  la  escasez de definiciones de sus probables sucesores.
 
Combustibles de la tensión
 
La furia presidencial no es el único combustible de la tensión política. Contribuye a ella, sin duda, la gran incertidumbre que todavía reina sobre la desembocadura de la competencia electoral.
Las dos fuerzas que ocuparon los primeros lugares en las primarias de agosto –el Frente para la Victoria y Cambiemos – atraviesan dificultades cuando restan menos de cuarenta días para las presidenciales. La situación  alimenta legítimamente la esperanza del tercer competidor –la alianza UNA, deSergio Massa y José Manuel De la Sota- de forzar un ballotage en octubre y ser, en noviembre, uno de los dos finalistas.
 
A juzgar por los hechos, el oficialista FPV tropezó mal  en el Tucumán cincelado durante más de una década por la ladina mano de Alperovich. El vidrioso comicio provincial que debía designar al próximo gobernador quedó manchado por las irregularidades, fue impugnado y anulado, en ese fallo inédito y clamoroso que indignó a la Presidente.
 
 Más allá de las quejas, se trató del pronunciamiento  de  una Cámara de la Justicia provincial y, aunque en términos jurídicos esa sentencia no es la última palabra, en términos políticos  implica un serio revés para el oficialismo, ya que desde un sitial institucionalmente legitimado  se admite la existencia de  prácticas fraudulentas  (“”Todavía no he leído la resolución de Tucumán, pero no creo que hayan resuelto en el aire”, señaló, por caso, la jueza federal  y electoral María Servini de Cubría).
 
El país no puede estar tironeado entre la politizacíon de la justicia y la judicialización de la política. El gobierno ha contribuido a esa cinchada con  su tendencia a satelizar los tribunales, a condenar los fallos  que no comparte y a desentenderse de (o complicarse con) irregularidades como las que tiñeron el comicio tucumano, más allá de quien tenga  más votos.
 El grave incidente tucumano y sus consecuencias quizás no le resten a Daniel Scioli  votos del caudal que exhibió en las primarias, pero  sin duda le ponen obstáculos a  su acceso al electorado independiente,  que necesita si quiere  eludir una segunda vuelta.
 
Mira quién habla
 
Como de hecho sugiere el discurso de la señora de Kirchner, Scioli puede encontrar consuelo observando  que Mauricio Macri, su inmediato perseguidor, no la está pasando mucho mejor. El Pro –eje de la coalición Cambiemos- ha sido duramente golpeado por la denuncia de turbiedad  administrativa (cuantiosos contratos definidos sin concurso de precios), motorizada desde la prensa oficialista.
 
 Que los manejos denunciados favorecieran  al primer candidato a diputado nacional por la provincia de Buenos Aires no podía sino torpedear la campaña de Cambiemos en el principal distrito del país y, en general, erosionar y decepcionar a sus propias bases, particularmente apegadas a un discurso  virtuoso (a menudo virtuocrático). La retórica moralista cuadra mejor a las fuerzas políticas que no ejercen poderes administrativos que a aquellas que gobiernan, siempre  expuestas al escrutinio ajeno.
 
Fernando Niembro terminó renunciando a su candidatura (una manera de distinguirse de tantos  funcionarios nacionales  no sólo imputados, sino procesados,  que resisten impávidos en sus puestos). Sin embargo, el tema está lejos de haber sido superado, ya que  el electorado actual y potencial de Cambiemos  es especialmente sensible a los temas de ética pública.  Algunos memoriosos recuerdan, en ese sentido, que en abril del año 2000, a semanas de asumir el gobierno, la Alianza que llevó a la presidencia a Fernando de la Rúa sufrió su primera crisis por un tema de corrupción que, observado retrospectiva y comparativamente, era poco significativo:  el interventor en el PAMI  favoreciò a su esposa en un contrato menor y fue forzado a renunciar. La beneficiada era hermana de Graciela Fernández Meijide, figura consular de aquella coalición que  en algunos sentidos prefigura a  Cambiemos.  L as fuerzas que se apoyan en ese electorado  son, sin duda, vulnerables a  la indagación virtuosa. En ese sentido,  el oficialismo y Cambiemos  juegan con reglas diferentes.
 
La cúpula del Pro, golpeada por  el  episodio, teme que en las próximas semanas surjan otras denuncias  que apunten a la cabeza  de la coalición opositora. Así como  usa la cadena nacional  para la campaña, el oficialismo  se nutre de la información que le  proveen sus fuentes de inteligencia.
 
Tensión y gobernabilidad
 
Los inconvenientes simultáneos de Scioli y Macri, sumados a un pujante trabajo de  elaboración y presentación de propuestas  en temas que afligen a distintos sectores, le permitieron a Sergio Massa  ganar  espacio.
 
Los encuestadores  sólo registran, sin embargo, un incremento importante en el rubro imagen pero todavía  pequeño (cerca de dos puntos)  en la intención de voto. El massismo confía en que  en las últimas semanas esa intención de voto  lo impulsará al segundo puesto.
 
Para algunos sectores de Cambiemos, la (por ahora tendencial) levantada de Massa es obra de otro plan  malicioso del  oficialismo:  “Quieren subir a Massa para bajar a Macri y permitir así que Scioli gane en primera vuelta”, argumenta, por caso, Elisa Carrió. Evidentemente las interpretaciones conspirativas no son exclusividad del kirchnerismo.
 
En un juego donde hay tres participantes  (y vale la pena recordar que si hay tres, es porque uno de ellos  rechazó  en su momento  aliarse con otro), es natural que cada  uno de ellos aproveche las dificultades de los demás, los golpes que los otros se autoinfligen  y la competencia entre los otros. Esto vale para todos los rivales. No es una confabulación, es la realidad.
 
Y la realidad dice que la moneda sigue en el aire. Que ni la ciudadanía ni los mercados  pueden tener hoy una certeza sobre las condiciones de gobernabilidad  que mostrará el país cuando se defina  la elección de octubre.
 
La  tranquilidad que  hace unos meses generaba la idea de que  “cualquiera sea quien gane, prevalecerán los consensos”, parece disiparse a medida que se aproxima el comicio. Los hechos de Tucumán han  reabierto heridas y sospechas.
 
Los principales candidatos –sin que ello implique que abjuren de la competencia y la voluntad de triunfo-  deberían esforzarse  por recrear la  atmósfera de unión nacional  que  el país, en el nuevo ciclo que uno de ellos presidirá,  necesita para crecer.    
Tags: Jorge RaventosOpiniónPolíticaTensión en cadenaTensión en cadenaPolítica
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