Su ejecutor se encuentra muy cerca suyo, se sienta en el asiento de al lado, comparte el mismo ascensor, se ubica en una mesa contigua en el restaurante, asiste a la misma sala de teatro, o duerme en su misma cama.
Su vida, su familia, su casa, su auto, sus ilusiones, el futuro de sus hijos ya no le pertenece. Solo es cuestión de tiempo y nada parece indicar que esta situación tiene indicios de evitarse. Todo lo contrario, se acelera día a día, hora tras hora.
Parece la presentación de una novela de intriga, suspenso y terror. Pero no lo es, es la vida misma que estamos llevando los argentinos, en una nación que supo ser fuerte y pujante y hoy la vemos cada vez más indefensa, vulnerable y perdida.
¿Y cómo se pierde una nación?
Muy fácil, con organismos que apestan por la corrupción, fiscales que no investigan, pruebas que se pierden o se adulteran, detenidos que se fugan en traslados, meses de investigación tirados a la basura, robos de armas y municiones que nadie custodia. Empresarios que expelen hedor por fortunas obtenidas mediante contratos con el Estado, con sobreprecios y honorarios exorbitantes; con nombramientos de funcionarios invisibles, con compras de tierras a precio vil. Criminales de toda calaña se esconden detrás del poder, solo les interesa hacer negocios con el hambre y las enfermedades de los más pobres y necesitados.
Ellos gozan de toda impunidad, y así exhiben fastuosas fiestas, viajes exóticos, con el producto de la evasión, del lavado de dinero (cada vez mas grotesco y obsceno), con la ayuda de prolijos contadores, abogados sagaces, ingenieros que certifican obras con materiales deficientes o desvían su mirada ante toneladas de desechos que se vierten en curso de agua. Son esos mismos profesionales que condenan a morir cada año a miles de compatriotas en las entrañas de las montañas, donde la voracidad de las mineras arrasa con toda forma de vida.
Hay también toda una sociedad de “destacados ciudadanos” que como gérmenes patógenos carcomen a su prójimo, aunque se encuentre débil y moribundo. Carroñeros serviles de los oscuros poderes, capaces de asesinar, difamar, o de recurrir a cualquier mecanismo de extorsión para lograr satisfacer a sus amos. En una sociedad agonizante, y paralizada por la calumnia, la injuria, la incertidumbre y el desprestigio, la esperanza misma que merma en el corazón de la gente, resiste el más duro golpe que estos personeros logran asestar a diario.
En esta Argentina empobrecida por la corrupción, el narcotráfico, la trata de personas, la esclavitud infantil, las muertes por encargo, hay muchos compatriotas que luchan de manera desesperada por sobrevivir. Algunos lo hacen hundidos en un mundo de marginalidad, abandono y soledad, otros desconocen por completo la posibilidad de estar mejor y solo viven la inmediatez de lograr un lugar seguro donde pasar la noche, algo para comer y no ser victima de abusos de todo tipo. Una masa de ambulatorios, en “situación de calle”, la caminan penosamente, mientras muchos otros lo hacen por rutas, montes, costa y selva; toda geografía les resulta agresiva y dolorosa, nada es suave y dulce, todo es amargo y maloliente.
Ese es el mundo que estos hombres del poder han construido para ellos, para encerrarlos a costa de sangre y dolor, donde generaciones de jóvenes serán arrojados y condenados a la invisibilidad de la pobreza y la miseria sin que nada puedan hacer al respecto, porque después de todo, recordemos que Argentina se ha convertido en el país del “no pasa nada…”
Lic.Hugo Díaz
Foro de Estudios Contemporáneos -FAPEDEC-