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Rusia, Estados Unidos y Europa: ¿una nueva guerra fria?*

Redacción TN by Redacción TN
18 junio, 2014
in Opinion
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Introducción
 
El protagonismo reciente de Rusia parece desmentir lo que se suponía era la estructura del orden mundial de la post Guerra Fría, cuya cúpula estaba encabezada sólo por Estados Unidos, Europa y China. Rusia había sido eliminada. Los conceptos de “destrucción mutua asegurada” y “disuasión” habían caído en desuso en el léxico estratégico habitual.  Pero ahora todo un lenguaje está siendo recuperado. Por ejemplo, un alto general de la OTAN se refirió a Rusia como un adversario, a la vez que un ex comandante británico urgió refuerzos militares en el Rin.
 
 
 
En realidad, hace mucho que se venía preparando el escenario que ahora se presenta a los ojos del gran público. Es verdad que el mundo bipolar de la Guerra Fría desapareció junto con el colapso de la vieja URSS. También es verdad, que bajo el reinado de Boris Yeltsin, el programa de privatizaciones vació y empobreció a Rusia, generando una llamada oligarquía compuesta por una veintena de multibillonarios.
 
 
 
Pero las privatizaciones no sólo enriquecieron a estos personajes y a los bancos occidentales que intermediaron en las operaciones. También fueron aprovechadas por los servicios rusos de inteligencia y seguridad. Éstos no sólo sobrevivieron a la disolución de la Unión Soviética sino que se hicieron suficientemente ricos como para competir con los “oligarcas”.
 
 
 
Es así como en Rusia sobrevivió un núcleo poderoso y patriótico que, con el fin del reinado de Yeltsin en 2000, sería dominado por Vladimir Putin. El nuevo zar subordinó a los oligarcas, castigando a algunos de manera ejemplar; redujo las libertades cívicas, regresando a un orden más autoritario, y se lanzó a re-estatizar los cuantiosos recursos rusos de hidrocarburos. Así, reconstruyó el poder de Moscú. Es por eso que, en el libro que publiqué el año pasado con Macarena Sabio, decía que la verdadera primavera era rusa, no árabe (Radiografía universal de la infamia, Ed. Lumière, 2013).
 
 
 
Para comprender lo ocurrido hay que tener en cuenta que los rusos sienten que, desde el final de la Guerra Fría, han sido víctimas de reiterados agravios por parte de Occidente. Aunque los presidentes George Bush (padre) y Bill Clinton prometieron no expandir los intereses de seguridad de su país en el ex imperio soviético, muy pronto la mayor parte de los países del viejo Pacto de Varsovia fueron incorporados a la OTAN. Luego se sumaron los países bálticos, que habían sido parte de la mismísima Unión Soviética. Y cuando en 2007 se precipitó la crisis de Kosovo, se estudiaba la incorporación de Georgia y Ucrania a la OTAN.
 
 
 
Ya entonces, hace siete años, Sergei Glazyev, el experto en Ucrania de Putin, declaraba que un avance occidental hacia Ucrania implicaría el caos. No obstante, la OTAN continuó tentando a Kiev. Llegada la crisis de Crimea en marzo de 2014, el internacionalista John Mearsheimer se lamentaba que Occidente hubiera cometido el error de apoyar las protestas de Kiev que voltearon al gobierno pro ruso. Si alguna vez fue necesario un Estado tapón entre Occidente y Rusia, dijo el profesor de Chicago, ese país era Ucrania. Además, como reconoció la experta en Rusia Susan Richards en el último número de Foreign Affairs, Crimea es el más potente de los símbolos rusos después de Moscú y San Petersburgo. Fue fuente de inspiración para Pushkin, Tolstoi y Chekhov. Su caprichosa incorporación a Ucrania, en 1954, no podía durar (“Crimea in Context: Life in Russia’s Back Yard”, 16 de marzo de 2014).
 
 
 
La primavera rusa[1]
 
 
 
Lo dicho cobra más fuerza si consideramos que, desde la llegada de Putin al poder en 2000, el balance de poder regional se fue modificando sistemáticamente a favor de Rusia. Por un lado, el fracaso estratégico de Estados Unidos en Irak y Afganistán tuvo su impacto. Impulsados por la imprevisible emergencia del 11 de septiembre de 2001, los norteamericanos comprometieron sus efectivos terrestres en demasía, quedándose sin reservas de tropas para participar en otros teatros de operaciones.
 
 
 
A la vez, con el aumento del precio del petróleo, Rusia obtuvo  la liquidez necesaria para modernizar sus fuerzas armadas. Imperceptiblemente, cambió la relación de fuerzas entre Rusia y Estados Unidos en el ámbito de los países que constituyeron la ex Unión Soviética.
 
 
 
No obstante, Occidente pareció no darse cuenta, y en febrero de 2008 cometió la imprudencia de reconocer la independencia de Kosovo, incumpliendo con una promesa previa de que respetaría la integridad territorial de Serbia, un aliado histórico de Rusia.
 
 
 
La respuesta del Kremlin fue fulminante: intervino en Georgia, apoyando las aspiraciones secesionistas de dos provincias pro-rusas. Rusia doblegó a los aliados norteamericanos en el Cáucaso (como hiciera la OTAN en Serbia con los aliados rusos) y reconoció la independencia de Osetia del Sur y Abjasia (como hizo Occidente con Kosovo). Estados Unidos nada pudo hacer (como tampoco Rusia frente a Kosovo). Ni pudo Europa, dada su monumental dependencia energética de Rusia.
 
 
 
Al obrar así, Moscú demostró que nuevamente hay una esfera de influencia rusa en la que es aconsejable que Occidente no intervenga. Esta esfera fue perdida con el colapso soviético de 1991, pero sucesivas torpezas norteamericanas le permitieron a Rusia recuperarla.
 
 
 
Alemania, el mayor cliente mundial del gigante gasífero ruso Gazprom, rápidamente entendió el mensaje y quitó su apoyo al proyecto norteamericano de incorporar a Ucrania a la OTAN. En varias ocasiones se había interrumpido el flujo de combustible, cuando surgieron discrepancias entre Rusia y los Estados de tránsito, Bielorrusia y Ucrania. Esos “accidentes políticos” que nada tenían que ver con Alemania también sirvieron para domar a Berlín.
 
 
 
Dadas esas circunstancias, sólo faltaba una “primavera árabe” para consolidar la verdadera primavera, que era la rusa. El aumento del precio del petróleo debido a las disrupciones generadas por las revueltas no benefició a los países árabes, que están sujetos a los límites de producción impuestos por la OPEP. Pero favoreció a Rusia, que no está sometida a los límites de esa organización y es el segundo exportador de petróleo del mundo.
 
 
 
Y Moscú también se benefició del corte del flujo de gas natural libio. Normalmente, éste se transporta a Italia a través del gasoducto Greenstream, operado por el gigante petrolífero italiano ENI. Italia es la tercera consumidora de gas natural de Europa y en las circunstancias de la guerra civil libia se vio forzada a comprarle a Rusia.
 
 
 
Como si con esto no bastara, también los japoneses debieron recurrir a Rusia para realizar grandes compras de gas natural líquido. En su caso, el combustible ruso remplaza parte de la energía de los reactores nucleares de Fukushima, devastados por el terremoto de abril de 2011. Y para colmo, respondiendo a demandas populares, Alemania optó por cerrar paulatinamente sus reactores nucleares y remplazar esa energía con mayores compras de gas natural ruso.
 
 
 
Por cierto, lo que fue catástrofe para Japón y para el mundo entero resultó bonanza para el Kremlin, no por una perversión intrínseca sino por las paradojas de la condición humana. Como consecuencia, ya hacia fines de marzo de 2011, y por primera vez desde que la crisis financiera mundial le pegó duro en 2008, las reservas internacionales de Rusia superaron los quinientos mil millones de dólares.
 
 
 
Pero Moscú no sólo ganó dinero con estos avatares. También aumentó su poder, ya que los daños que podría infligirle a varios países claves si les cortaba el suministro de gas natural eran cada vez mayores. Europa en especial depende de Rusia en forma creciente, y este es un hecho con consecuencias geopolíticas.
 
 
 
En verdad, circunstancias casuales le regalaron a Rusia una gran oportunidad. La demanda popular de remplazar la energía nuclear por fuentes más seguras deja con pocas alternativas a muchos países. En lo inmediato, energías renovables como la solar y la eólica no están suficientemente desarrolladas como para que puedan ser la solución principal. Se necesitan años de investigación y desarrollo para que puedan remplazar eficientemente a las fuentes de energía más contaminantes y peligrosas. Por otra parte, el potencial hidroeléctrico de Europa está colmado. Y los europeos tampoco pueden invertir en nuevas centrales eléctricas alimentadas por carbón, debido a las emisiones de dióxido de carbono, que son causantes del efecto invernadero que sus Estados se juramentaron a controlar. Por lo menos hasta que se materialicen las posibilidades brindadas por la explotación del gas y petróleo de esquistos bituminosos, la única alternativa restante es el gas natural, y Rusia es su primer exportador mundial. Además, tiene las mayores reservas comprobadas del planeta.
 
 
 
Aunque está lejos de ser una superpotencia capaz de disputar el predominio mundial como lo era en tiempos soviéticos, Moscú vive un momento de auge. A pesar de su autoritarismo, su régimen goza de popularidad interna, y por ahora no teme rebeliones como las que asolan a los despotismos árabes. Tampoco enfrenta invasiones de inmigrantes no deseados, como las que padecen los países de la Unión Europea.
 
 
 
Más importante aún es el hecho de que no está involucrada en conflictos internacionales que comprometan su estabilidad y recursos. No comparte el predicamento de Estados Unidos, que tiene casi 900 costosas bases militares esparcidas por el mundo. Parte de su táctica ha consistido en incitar a Estados Unidos a involucrarse militarmente en el Medio Oriente y el Sur de Asia, para de esa manera licuar su poder.
 
 
 
Por cierto, el fin de la guerra en Irak y Afganistán no fue bueno para Rusia, y es por eso que, apoyando al gobierno sirio, pone anzuelos que Washington todavía no ha mordido. Nada le convendría más al Kremlin que un fuerte compromiso militar de la Casa Blanca con los rebeldes sirios, algo que seguramente no se producirá porque Estados Unidos ya ha asimilado duras lecciones.
 
 
 
No obstante, Estados Unidos está demasiado involucrado militarmente en el resto del mundo como para poder actuar de un modo convincente en la recuperada zona de influencia de Rusia. Los sucesos de Georgia en 2008 y Crimea en 2014 lo demuestran.
 
 
 
Rusia sale de compras[2]
 
 
 
Todos estos procesos, sumados a la crisis económica de 2008, coadyuvaron a engendrar un expansionismo comercial ruso.
 
 
 
En principio, la crisis no fue buena para Rusia, ya que Europa representa el 47% de su comercio exterior y el 75% de las inversiones extranjeras directas que recibe. Cada fluctuación económica y financiera europea ha pegado fuertemente sobre el rublo y la bolsa rusa.
 
 
 
Pero como recordaba en mi libro de2013, la bolsa y el rublo son indicadores secundarios del estado de la economía rusa. Más significativo es el hecho de que, gracias a los altos precios de los hidrocarburos, el PBI continuó creciendo, a la vez que la inflación es la más baja desde que cayó la URSS. Y las reservas se encuentran en un nivel saludable: según datos del Banco de Rusia, suman unos 500 mil millones de dólares, a los que hay que agregar unos 180 mil millones de fondos de emergencia, y aproximadamente 600 mil millones más, que están debajo de colchones privados.
 
En estas circunstancias, no es extraño que a partir de 2008 los rusos hayan salido de compras por Europa. Su objetivo fue adquirir activos, principalmente energéticos, que fortalecieran su posición. Por cierto, aunque Europa depende de Alemania financieramente, en Europa hasta Alemania depende del gas ruso. ¿Qué mejor que agudizar esta dependencia?
 
 
 
Una compra rusa reciente ha sido la de Ruhr Oel GmbH, una empresa con sede en Gelsenkirchen, Alemania, dedicada al refinamiento de petróleo crudo. Lo más interesante del caso de Ruhr Oel es que nos remite a nuestra región, ya que ilustra simultáneamente la crisis europea y la decadencia venezolana.
 
 
 
Por cierto, Ruhr Oel solía ser un joint venture de Petróleos de Venezuela S.A. (PEDEVESA), que poseía el 50%, y de Deutsche BP AG. Pero desde el 5 de mayo de 2011, Ruhr Oel opera como subsidiaria de Rosneft. Ésta es una empresa cuyo capital es mayoritariamente del gobierno moscovita, siendo actualmente la más importante compañía rusa de extracción y refinamiento de petróleo, después de su adquisición de importantes activos que antes pertenecían al otrora gigante Yukos, también ruso.
 
 
 
El fortalecimiento de Rosneft respondió cabalmente a las pulsiones estratégicas de la era Putin. Éste es una suerte de súper-Kirchner ruso: exitosamente neutralizó las fraudulentas privatizaciones de empresas de hidrocarburos, perpetradas durante la era Yeltsin, que fue el súper-Menem ruso. Hasta 2003, Yukos fue controlada por el oligarca Mikhail Khodorkovsky, entonces el hombre más rico de Rusia. Cuando Yukos quebró por multimillonarias deudas al fisco, Khodorkovsky fue a la cárcel, de donde salió recién en 2013 bajo perdón presidencial.
 
Yukos fue desguazada, y la mayor parte de sus activos fueron comprados por empresas pertenecientes al Estado, la más importante de las cuales es Rosneft.
 
 
 
La compra de Ruhr Oel por parte de Rosneft fue, para Rusia, una cuestión de Estado. La transacción inicial con PEDEVESA tuvo lugar en el Kremlin, en presencia del presidente ruso Dmitry Medvedev y del inefable venezolano Hugo Chávez. Comentando el hecho, el presidente de la empresa, Eduard Khudainatov, dijo:
 
 
 
“Este es un paso hacia el fortalecimiento de nuestra posición en mercados extranjeros. La adquisición implica que alrededor del 18% de nuestra capacidad de refinamiento se encontrará en el corazón industrial de Europa, facilitándole a Rosneft el acceso a los mercados centroeuropeos de productos petroleros y petroquímicos. Rosneft tiene pensado fortalecer a Ruhr Oel, suministrándole nuestro propio crudo, y a la vez nuestra empresa se nutrirá de la adquisición de la experiencia europea más reciente”.
 
 
 
En otras palabras, el control de esta empresa alemana es parte de una interesante estrategia mercantilista liderada por el Estado ruso, que busca penetrar en el corazón de Europa.
 
Pero la movida no termina aquí. El 7 de diciembre de 2011, el entonces presidente ruso Dmitri Medvedev viajó a Praga invitado por su par checo Václav Klaus, para conversar sobre la aspiración rusa de ganar una licitación para completar la planta de energía nuclear de Temelín, en Bohemia del Sur. Allí, el monopolio ruso Atomstroyexport (que dicho sea de paso, construirá la primera central nuclear de Bielorrusia) compite con la norteamericana Westinghouse y la francesa Areva, por un contrato de alrededor de 20.000 millones de dólares. La licitación, que en enero de 2014 todavía no estaba resuelta por demoras diversas, fue abierta por el Grupo CEZ, un conglomerado de 96 empresas, 72 de las cuales están en la República Checa.
 
 
 
Y hay más novedades en este frente. El 9 de septiembre de 2011 se anunció otro acuerdo entre Rusia y la República Checa. En este caso el principal protagonista es el gigante estatal ruso Gazprom, que es la empresa gasífera más grande del mundo. Gazprom compró el 51% de la empresa checa RSP Energy,  y a partir de entonces vende gas natural y electricidad a la población checa en forma directa. En este caso, la empresa comprada es relativamente chica, pero los analistas señalan que se trata de un paso más en el posicionamiento que Gazprom está adquiriendo en los mercados energéticos de Bulgaria, Austria, Francia, Italia y Gran Bretaña.
 
 
 
Y ya que de Gazprom hablamos, es interesante recordar su acuerdo con la dinamarquesa DONG, también en 2011. DONG es una de las principales empresas de energía de Europa del Norte, y es propiedad en un 73% del Reino de Dinamarca. Opera en Noruega, Dinamarca, Groenlandia, las Islas Feroe y las británicas Islas Shetland del Norte. Según el acuerdo de 2011, ambas empresas darán prioridad al gas natural sobre otras fuentes más sucias de energía. Ésto implica potenciar el compromiso, ya contraído por DONG, de comprarle a Gazprom por lo menos dos mil millones de metros cúbicos anuales de gas durante los próximos 18 años.
 
 
 
Entre operaciones grandes y chicas, en el presente pueden contabilizarse alrededor de una veintena de negociaciones en las que Rusia consolida su presencia en los mercados europeos, comprando empresas o estableciendo relaciones contractuales de largo plazo para la provisión de hidrocarburos.
 
 
 
Es una manera inteligente de sacarle provecho a la crisis, y también nos ayuda a vislumbrar cómo la decadencia del Viejo Continente está modificando el orden mundial.
 
 
 
La pequeña guerra fría
 
 
 
Estos con los cimientos económicos de la nueva pero atenuada guerra fría. La Rusia actual está lejos del poderío de la vieja Unión Soviética, pero ya no es la Rusia humillada de los tiempos de Yeltsin. Aunque está a años luz del poder de Washington, Moscú compite siempre que puede y no queda mal parada.
 
 
 
El asunto Snowden es un caso ilustrativo. El Kremlin le dio asilo a este personaje que se ganó estatus de héroe cívico entre muchos libertarios porque desenmascaró los más masivos espionajes de la historia humana. Rusia no es un defensor de los derechos humanos. La represión de grupos de protesta como Pussy Riot y la intolerancia homofóbica de su régimen lo demuestra. Pero Snowden le sirve a Rusia para crear una equivalencia moral con Estados Unidos.
 
 
 
A la vez, el asunto Snowden parece también una represalia magistral frente al asilo otorgado en 2000 por Gran Bretaña a Alexander Litvinenko, un funcionario de la ex KGB que conocía importantes secretos rusos y era acérrimo enemigo de Putin.
 
 
 
Una vez en el Reino Unido, Litvinenko trabajó para MI-6 hasta que, en 2006, fue envenenado con polonio 210, un sofisticado isótopo radioactivo que se depositó en su taza mientras tomaba el té en un hotel londinense.
 
 
 
Desde entonces, su viuda lucha inútilmente, obteniendo sólo obstruccionismo de parte de la justicia británica, que no quiere investigar cuestiones que involucren la “seguridad nacional”. Los abogados de la viuda trabajan pro bono, pero las costas que le pasa el Estado cada vez que fracasa una de sus demandas de transparencia son altísimas.
 
 
 
Hasta 2013, esas costas eran pagadas por el oligarca Boris Berezovsky, aliado de Litvinenko. Pero en marzo de ese año Berezovsky apareció ahorcado en Inglaterra. Nadie sabe quién lo mató y la justicia británica no está demasiado interesada en averiguarlo. Esa, por lo menos, es la opinión de The New York Times del 10 de octubre de 2013.
 
 
 
La opinión es compartida por Donald Anderson, un legislador británico del Partido Laborista que declaró en marzo que, después de la anexión de Crimea, el Reino Unido debería dejar de encubrir los crímenes de Rusia en el caso Litvinenko.
 
 
 
Parece, en verdad, una historieta de la verdadera Guerra Fría.
 
 
 
La cuestión militar
 
 
 
Pero algo falta para que esta nueva guerra fría sea equiparable a la anterior. Tienen razón los rusos cuando reprochan a Occidente que, después del colapso de la Unión Soviética, fueron acorralados por la OTAN, que incorporó a cada vez más países de Europa oriental a la Alianza Atlántica. Pero lo que esta reflexión esconde es que esta OTAN, que tiene cada vez más países, tiene cada vez menos soldados.
 
 
 
La cantidad de tropas norteamericanas en Europa se ha reducido de 400.000 soldados en 1962, a apenas 67.000 en la actualidad, de los cuales 40.000 están en Alemania. La Fuerza Aérea tenía 800 aviones en Europa a principios de los ’90, y ahora tiene sólo 130 cazas, 13 aviones para recargar combustible y otros 30 de carga. A su vez, la marina norteamericana en Europa se redujo de 40.000 marineros distribuidos en nueve bases navales importantes, a sólo 7000. Ya no hay portaaviones norteamericanos en el Mediterráneo; la marina sólo dispone de un destructor basado en Cádiz.
 
 
 
Según datos suministrados a The New York Times por un funcionario del Comando Europeo bajo condiciones de no atribución, la presencia militar norteamericana actual en Europa es un 85% más chica que en 1989. Estados Unidos se ha despojado de cientos de bases, radios y radares cuya misión era, durante la verdadera Guerra Fría, defender a Europa de la URSS.
 
 
 
Algo similar ocurre con las fuerzas británicas. En Alemania quedan sólo 20.000 soldados de ese origen, de los 50.000 que hubo durante la Guerra Fría, y el contingente actual se reducirá fuertemente en 2015 hasta desaparecer en 2020. Por otra parte, aunque los miembros de la OTAN se han comprometido a gastar el 2% de su PBI en defensa, pocos lo hacen, y el promedio está en 1,6%. Más aún, el desarme británico alcanza a su propio territorio, donde se calcula que en 2018 las fuerzas armadas tendrán el número de soldados más bajo desde la Batalla de Waterloo, en 1815.
 
 
 
Debe ser por eso, razona el periódico norteamericano, que de todos los dirigentes europeos, Ángela Merkel ha sido la más cautelosa a la hora de condenar la política de Putin. Alemania, una superpotencia económica que todavía está ocupada por tropas aliadas pero extranjeras, es muy sensible a su vulnerabilidad militar.
 
 
 
A su vez, fuentes norteamericanas dijeron el 25 de marzo, también en forma anónima, que aunque Rusia avanzara más sobre territorio ucraniano, las fuerzas de la OTAN no saldrían a defenderla.
 
 
 
Para colmo, la movilización de tropas rusas en Crimea y en las zonas fronterizas entre Rusia y Ucrania ha sido una gran oportunidad para desplegar la modernización de las fuerzas convencionales rusas. En ocasión de la guerra de Georgia de 2008, las triunfantes fuerzas rusas estaban en un estado lamentable. El armamento era obsoleto, los tanques se descomponían en los caminos, gran cantidad de soldados estaban borrachos, y resultaba evidente que las fuerzas padecían de un pésimo entrenamiento.
 
 
 
Pero el contraste con la situación actual es impresionante, produciendo comentarios preocupados por parte de funcionarios tan representativos como el comandante de la OTAN, Gral. Philip M. Breedlove, que el 1 de abril se refirió a la velocidad con que los rusos son ahora capaces de movilizarse.
 
 
 
Y el 2 de abril The New York Times se refirió al notable entrenamiento, disciplina y sobriedad demostrados por las fuerzas rusas desplegadas en Crimea, que además están equipadas con una tecnología muy avanzada. Hasta los soldados rasos portan radios encriptadas. Los cascos, las gafas balísticas, las vestimentas anti balas, las rodilleras, son todas de la más reciente tecnología.  Más aún, la OTAN pudo comprobar que las tropas rusas que se desplazaban estaban equipadas con plataformas para la guerra electrónica, con capacidad para neutralizar GPS y teléfonos satelitales.
 
 
 
Estas mejoras son el producto de una política adoptada por Putin a partir de 2009. El presupuesto dedicado a las fuerzas armadas aumentó sideralmente. Más aún, desde 2012 hasta 2014 los sueldos militares se triplicaron. En febrero de 2014 Putin declaró que siempre pensó que un militar debe ganar más que un economista, y que ésta es, además, la tradición rusa.
 
 
 
Asimismo, en su papel de comandante en jefe, en 2013 Putin presidió ejercicios militares de una magnitud sin precedentes en el extremo oriente y occidente del enorme territorio ruso.
 
Aleksandr Golts, un analista que trabaja en Moscú, explicó que el desarrollo militar ruso actual se basa en dos esfuerzos complementarios: primero, el fortalecimiento de las fuerzas nucleares estratégicas, para asegurarse que ningún país del mundo se animará a atacar a Rusia; y segundo, el desarrollo de fuerzas de despliegue rápido como la que actuó en Crimea, para lidiar con conflictos locales como el de Georgia en 2008 y el de Crimea en 2014. Agregó que como resultado de estas reformas, Rusia ahora tiene superioridad militar absoluta sobre el espacio post-soviético.
 
 
 
Y por si todo lo dicho fuera poco, la fuerza naval rusa en el Mar Negro se incrementará gracias a la venta de dos buques de guerra franceses clase Mistral. Esta venta está muy objetada por Estados Unidos porque, según el Departamento de Estado, le da a los rusos “señales equivocadas”, pero los franceses no pueden perderse este negocio, ni tampoco futuras ventas de buques de guerra.
 
Algo similar ocurre con infinidad de negocios entre países europeos y Rusia, que reducen la posibilidad de que las sanciones aplicadas contra Moscú sean más que retórica. El principal de estos negocios es el gasoducto South Stream, cuya construcción obedece al deseo de evitar a Ucrania como país de paso, de modo que posibles sanciones rusas a Ucrania no afecten a países de Europa Central.
 
 
 
Por cierto, el único daño económico significativo que está sufriendo Rusia como consecuencia de la situación actual no proviene de las sanciones, sino de la fuga de capitales. Ésta no es menor: a la fecha supera los 50.000 millones de dólares, o sea un 2,5% del PBI ruso. Pero las reservas públicas y privadas rusas son más de veinte veces superiores a este monto, así que por ahora este factor no va a ser un determinante de la geopolítica del Kremlin.
 
 
 
Occidente no puede ponerse de acuerdo respecto de hasta donde llegar en la imposición de sanciones que podrían costarle mucho más a algunos países europeos que a la misma Rusia. No sólo esto: ni siquiera existe el fraternal consenso de no espiarse mutuamente. Hace pocos días, colapsaron las conversaciones norteamericano-alemanas al respecto, porque Estados Unidos no acepta comprometerse a no espiar a Alemania ni a ningún otro país europeo.
 
 
 
Como consecuencia, el mundo cambia y tiembla. Estados Unidos no inspira confianza, pero sin su apoyo hay aún más riesgo e incertidumbre. Como consecuencia, Finlandia y Suecia, que se preciaban de no ser parte del bloque militar de Estados Unidos, estudian su incorporación a la OTAN para tener el derecho a ser defendidos en el caso de que las tensiones crezcan aún más.
 
 
 
Y Japón está activo reinventando sus Fuerzas Armadas. Esto implica una reinterpretación de la cláusula constitucional que le impide tener fuerzas armadas que no estén volcadas exclusivamente hacia la defensa, una restricción que proviene de la derrota en la Segunda Guerra Mundial. La nueva doctrina es que para preservar la paz hay que prepararse para la guerra. Aunque no incluye arsenales nucleares, el rearme japonés ya es un hecho.
 
 
 
A la vez, Moscú se acerca a Beijing para asegurarse un mercado de hidrocarburos para la eventualidad de que Europa consiga quebrar su dependencia. El 20 de mayo, es decir antes de ayer, firmaron un contrato para la venta de gas natural ruso a China. Se incluye la construcción de un gasoducto que será financiado por Moscú en territorio ruso y por Beijing en territorio chino.
 
 
 
No obstante, la República Popular China evita involucrarse en las tensiones geopolíticas engendradas por el Kremlin y sigue desplegando el sabio realismo periférico acuñado por Deng Xiao Ping, conocido como el “Principio directriz de los veinticuatro caracteres”. China quiere seguir creciendo y sabe que las aventuras geopolíticas de un país que, en muchos sentidos, todavía es subdesarrollado, sólo engendran costos perjudiciales para su construcción de poder.
 
 
 
El recurso del método
 
 
 
Dichas estas palabras acerca de las consecuencias geopolíticas disparadas por las acciones de Rusia en Ucrania, corresponde ahora echar un vistazo al método con que ha procedido Moscú para animar los fuegos secesionistas de Crimea, Donetsk y Lugansk.
 
 
 
Estamos frente a un método para desestabilizar aplicado tanto por Rusia como por Occidente. En Ucrania, el gobierno pro ruso de Víctor Yanucovich no estaba dispuesto a avanzar en la integración con la UE. Los ucranianos occidentalistas protestaron, la UE verificó que había un potencial de rebelión, y ONGs occidentales alimentaron ese potencial con abundantes recursos. Finalmente, el régimen pro ruso cayó, en febrero de este año.
 
 
 
Frente a esta pérdida de Ucrania, Rusia reaccionó de manera similar, estudiando el clima pro ruso de Crimea. Establecido el potencial de rebelión, que en este caso estaba acrecentado por las fuerzas rusas previamente establecidas en Crimea, Moscú  apoyó a manifestantes contra el nuevo régimen de Kiev.
 
 
 
Se agitaron banderas rusas y se cantaron eslóganes pro rusos. Se distribuyeron pasaportes rusos y se aceleraron los trámites para otorgar a miles de pro rusos locales su ciudadanía rusa. De tal modo, si no tenía más remedio que intervenir militarmente, Rusia podría refugiarse en la excusa de que el gobierno de Kiev estaba tratando mal a ciudadanos rusos.
 
 
 
 
 
El siguiente paso fue reconocer un nuevo liderazgo en Crimea, encabezado por gente de etnia rusa. A partir de ese momento, hombres armados pero sin insignias comenzaron a tomar edificios del gobierno. Estos grupos fueron llamados “de auto defensa”, como había ocurrido con los que habían participado en Kiev cuando se derribó al pro ruso Viktor Yanukovich. Y después vino el referendo que dio legitimidad a la separación y anexión.
 
 
 
Pero nada de esto es nuevo. En tiempos de Gorbachov por ejemplo, surgió un fuerte nacionalismo lingüístico en Moldavia, facilitado por el glásnost y la perestroika. Los moldavos querían declarar oficial a su lengua, desplazando al ruso, y eventualmente declarar su independencia. Grupos nacionalistas como el Frente Popular de Moldavia comenzaron a clamar por la expulsión de minorías como los eslavos y los gagauzos. A su vez, los eslavos crearon movimientos de resistencia contra la adopción de las nuevas leyes lingüísticas, pidiendo ayuda a Moscú.
 
 
 
En agosto de 1989 Moldavia adopto el moldavo como única lengua oficial, desafiando a Rusia. Pero en la región pro rusa de Transnistria se organizaron “grupos de autodefensa” y se llevó a cabo un referendo para optar por la autonomía. Los separatistas ganaron el 96% del voto.
 
 
 
Así comenzó la Guerra de Transnistria, muy poco conocida entre nosotros. Grupos de trabajadores se armaron con armas soviéticas y comenzaron a tomar comisarías y edificios del gobierno. Se produjeron choques armados entre los transnistrios y los moldavos, en los que prevalecieron los separatistas gracias a los rusos.
 
 
 
Desde 1992, Transnistria es una república independiente de facto. Ningún país la reconoce, ni siquiera Rusia, pero está defendida por fuerzas militares rusas que se han enquistado en la frontera entre Moldavia y Rumania desde 1991. Se autotitula República Moldava Pridnestoriana, o RMP.
 
 
 
El caso de Gagauzia, en el oeste de Moldavia, difiere del de Transnistria, pero representa otro ejemplo de una población mayoritariamente pro rusa en territorio moldavo, que eventualmente puede convertirse en secesionista. Ya está establecido que Gagauzia será independiente si Moldavia opta por unirse a la Unión Europea. Un referendo de febrero de 2014 mostró que la amplia mayoría de la población prefiere un vínculo intenso con Rusia que con Occidente.
 
 
 
Si Rusia optara por orquestar el separatismo de regiones del suroeste de Ucrania, como Odesa, seguramente se apoyaría en Transnistria, donde ya tiene tropas, y es probable que alentaría también a los gagauzos separatistas de Moldavia, para ampliar el territorio de la Nueva Rusia, extendiéndolo también a las regiones de la Moldavia pobladas por gentes de habla rusa. No olvidemos que en Odesa la lengua que se habla en la calle es mayoritariamente rusa, no ucraniana.
 
 
 
Pero una cosa es alentar el separatismo y otra cosa es la anexión, que acarrea muchos más riesgos. Para anexar hay que estar doblemente seguro de la voluntad popular, porque a Rusia no le conviene tener guerras civiles en su propio país. Y es por eso que es muy probable que Moscú se satisfaga con crear republiquetas en Donetsk y Lugansk, donde ganó el plebiscito, y quizás también en regiones del sur de Ucrania donde la mayoría es de habla rusa, pero sin llegar a la anexión.
 
 
 
Nada de esto es improvisado. Rusia tiene cada vez más experiencia en estas operaciones. Y el “recurso del método”, recordando a Alejo Carpentier, se aplica implacablemente. La última novedad de esta historieta es del 18 de mayo, cuando nos enteramos que el nuevo primer ministro de la auto proclamada república de Donetsk es un ruso y apura una anexión a Moscú. Se llama Alexander Borodai, es ciudadano ruso, tiene su casa en ese país, estudió en la Universidad del Estado de Moscú y se autodefine como un consultor profesional. Fue el arquitecto de la anexión de Crimea, y cuando terminó su trabajo allí, pasó a Donetsk.
 
 
 
Su nombramiento es interpretado de diversas maneras, en el escenario de una República de Donetsk que está muy fragmentada, al punto de que tiene tres copresidentes. Por cierto, para algunos analistas el verdadero hombre fuerte no es Borodai sino Igor Strelkov, el nuevo ministro de Defensa y comandante de las fuerzas pro rusas de la asediada localidad de Slaviansk.
 
Strelkov también es conocido como Igor Girkin, y se presume que él también es ciudadano ruso. Es el creador del grupo paramilitar de las Milicias del Pueblo de Donbas, que es la amplia región industrial del este ucraniano que incluye a Donetsk y Lugansk. Al igual que Borodai, Strelkov busca la incorporación del este de Ucrania a Rusia.
 
 
 
Con estos peones a su disposición, desde el Kremlin, Vladimir Putin decidirá qué es lo que más le conviene a la Madre Rusia. Pero hay una pieza más en el complejo tablero: los oligarcas ucranianos. A diferencia de los oligarcas rusos, éstos no han sido disciplinados y conservan mucho poder local. Y desde el día de ayer sabemos que el más poderoso de éstos, Rinat Akhmetov, se ha volcado contra los separatistas, porque sus empresas probablemente serían muy perjudicadas si se concretara la secesión de Donetsk y Lugansk, convirtiendo a la región en un territorio aislado y castigado por Occidente. Para evitarlo, ya existen fuerzas parapoliciales que responden a Akhmetov, especialmente en la ciudad portuaria de Mariupol, sobre el Mar de Azov.
 
 
 
Pero Akhmetov y otros oligarcas también tienen negocios importantes con Rusia, y por eso lo que les interesa es mantener el estatus quo, evitando tanto el separatismo como una integración a la UE por parte de Ucrania.
 
 
 
Por otra parte, Akhmetov no puede enfrentarse a las tropas rusas. Además, existe información a los efectos de que muchos de sus propios trabajadores no acuden a sus convocatorias contra los rebeldes pro rusos.
 
 
 
Si Putin opta por retirarse de la frontera con Ucrania, como dice haber hecho, entonces es probable que Akhmetov intente vetar el secesionismo de la región oriental. Pero seguramente no habrá una solución estable sin negociaciones secretas entre los oligarcas ucranianos y Moscú.
 
 
 
El nuevo nacionalismo ruso
 
 
 
Finalmente, el último tema que quiero tocar es el del nuevo nacionalismo ruso. Los acontecimientos que nos ocupan han venido acompañados de cambios importantes en la cultura política rusa. Después de un período de auge liberal, que culminó con el desastre de las privatizaciones de Yeltsin, el nacionalismo resurge con cierta fuerza y mucho apoyo estatal.
 
Acontecimientos de la historia reciente contribuyeron a desatar una histeria antioccidental, entre ellos, los bombardeos de Serbia realizados por la OTAN en 1999; la invasión norteamericana de
 
Irak, en 2003, y la Guerra Ruso-Georgiana de Cinco Días, en 2008.
 
 
 
Algunos de los grupos nacionalistas son también contrarios a Putin, pero la mayoría apoya al gobierno, a la vez que reciben apoyo de agencias gubernamentales, y son publicitados por canales televisivos controlados por el Kremlin. Los occidentales no los consideran ONGs sino GONGOs, o sea organizaciones-no-gubernamentales-organizadas-por-el-gobierno. [GONGOS – Government Organized Non Governmental Organizations].
 
 
 
Una de las formas típicas de organización de los nacionalistas es a través de “clubes” político-ideológicos que están interconectados entre sí y que se proponen objetivos complementarios. Uno de ellos es el “Comité Anti-Naranja de Kurginyan”. Liderado por Sergey Kurginyan, que es un activo propagandista del restablecimiento de la Unión Soviética, el Comité adoptó su nombre en referencia a la Revolución Naranja ucraniana de 2004, a la que consideran una conspiración liderada por la CIA.
 
 
 
Aunque es difícil saber en qué medida esa pueblada fue orquestada por fuerzas occidentales, el especialista ucraniano Andreas Umland recuerda que, cuando se precipitaron las turbulencias de 2004, fluyeron hacia Ucrania los emigrados ucranianos de Norteamérica, dominados por la Sección Bandera de los nacionalistas ucranianos, fascistas que durante la Segunda Guerra Mundial habían apoyado en forma clandestina a Alemania. El documental de propaganda titulado “Los Hijos Naranja del Tercer Reich”, de 2010, está inspirado en esos hechos (“New Extreme Right-Wing Intellectual Circles in Russia: The Anti-Orange Committee, the Isborsk Club and the Florian Geyer Club”, Russian Analytical Digest No. 135, 5 de agosto de 2013).
 
 
 
La más extraña de las nuevas organizaciones es el “Club Florian Geyer”, fundado por el islamista antioccidental Geidar Dzhemal. El nombre del club tiene una tenebrosa ambigüedad, porque  Florian Geyer fue una figura importante en la Guerra de los Campesinos Alemanes del siglo XVI, a la vez que en el Tercer Reich fue el nombre de la 8va División de Caballería de las SS. Uno de los protagonistas de este club es Aleksandr Dugin, un influyente pensador ultranacionalista que clama por una Rusia de “un fascismo tan ilimitado como nuestra tierra y tan rojo como nuestra sangre”. Aunque sus miembros niegan que el nazismo esté relacionado con el nombre adoptado para el club, desde 1980 hasta 1990, Dzhemal y Dugin fueron miembros de un pequeño círculo oculto moscovita autotitulado “La Orden Negra de las SS”.
 
 
 
Dugin alienta una nueva Revolución Rusa que combine una economía de izquierda con un tradicionalismo cultural de derecha. Es virulentamente antinorteamericano, antiliberal, y aspira a la creación de un imperio euroasiático contra el enemigo común, que es el atlanticismo, los valores liberales, y el control geopolítico de los Estados Unidos.
 
 
 
Probablemente encuentre dificultades reconciliando su ideología con una nueva ley promulgada por Putin la semana pasada, que impone cinco años de prisión a cualquiera que rehabilite al nazismo. La ley fue necesaria porque algunas voces en Rusia señalaron los paralelos entre la anexión de Crimea, justificada por afinidades lingüísticas, y la anexión nazi de Austria y los sudetes, justificada por las mismas razones.[3]
 
 
 
La última de las organizaciones de la nueva Rusia que voy a mencionar, que es quizás la más influyente, es el “Cub Isborsk de Prokhanov”, vinculado de cerca al Kremlin, al punto de que el Ministro de Cultura de la Federación Rusa dijo presente en su acto inaugural, en septiembre de 2012 en la ciudad de Isborsk. Según Umland, tiene buena financiación.
 
 
 
Este club está dirigido por Aleksandr Prokhanov, considerado el “decano” y el “gran señor” de los nacionalistas rusos. Fue el maestro de Dugin, que también es miembro de este club.
 
 
 
Prokhanov, que como Dugin milita asimismo en el Comité Anti-Naranja, es un estalinista que declara su interés personal en el desencadenamiento de una nueva guerra fría con Occidente. Sus novelas, enmarcadas en las batallas de la verdadera Guerra Fría, le ganaron el apodo del Rudyard Kipling del imperio soviético. Cree que la Unión Soviética debe ser restaurada, por la fuerza si fuera necesario. Sostiene que Estados Unidos “se come” país tras país, y que Rusia corre peligro. En un programa reciente de la televisión estatal dijo: “Fui muy paciente. Esperé durante 20 años para que esta guerra pudiera comenzar”.
 
 
 
Prokhanov tiene la pureza de los fundamentalistas. Los periodistas occidentales que lo entrevistaron atestiguan sobre la modestia de su modo de vida y oficina, donde se redacta su periódico extremista, Zavtra (que significa Mañana). En tiempos soviéticos  Prokhanov fue prestigioso. Por sus escritos sobre la invasión soviética de Afganistán, era conocido como “el ruiseñor del Estado Mayor”. En 1991 fue uno de los redactores de un manifiesto de apoyo a los comunistas que intentaron derrocar a Gorbachov. Durante la época de Yeltsin se convirtió en un monstruo. En 2003 fue advertido por el gobierno del propio Putin que su periódico publicaba material considerado “extremista”. Pero ahora, ya en la nueva presidencia de Putin, es otra vez una autoridad consultada por el Kremlin.
 
 
 
Putin no se involucra personalmente con grupos ideológicos, pero la influencia actual de Prokhanov y otros como él está clara. El círculo de asesores que rodea a Putin considera que el aislamiento de Rusia frente a Occidente ES BUENO, y éste es el pensamiento de Prokhanov. Creen que la confrontación con Occidente limpiará a la élite y organizará a la nación. Creen que las sanciones de Estados Unidos purificarán a Rusia.
 
 
 
Curiosamente, éste es un pensamiento compartido por algunos ejecutivos como Vladimir Yakuni, presidente del monopolio de los Ferrocarriles Rusos. Entrevistado por el Financial Times a principios de marzo, dijo que Rusia lucha contra una oligarquía financiera global encabezada por Estados Unidos, que busca destruirla. El último episodio habría sido la revolución de febrero en Ucrania, que apuntaría a poner a ese país en la órbita de la UE y la OTAN. Yakuni señaló que Occidente había violado reiteradamente su promesa de 1991 de no acorralar a Rusia. Dijo:
 
 
 
“Brzezinski afirmó en 1996 que, con Ucrania, Rusia es una gran potencia, y que sin ella no lo es. La idea no es nueva. Hace más de cuarenta años la CIA desarrolló planes para destruir a la Unión Soviética, y los documentos de la CIA dicen que esto debería venir acompañado por la separación de Ucrania de Rusia.”
 
 
 
Según Yakuni, lo que está en juego es: “Un pueblo que ha tenido una civilización desde que el hombre escribe libros de historia”, refiriéndose a los vínculos entre la tribu de los rus de Kiev, de hace mil años, y el Estado ruso moderno. Enfatizó: “Rusia no podía dejar de reaccionar. El presidente no podía dejar de reaccionar. Su pueblo jamás se lo perdonaría”.
 
 
 
Yakuni también desestimó las sanciones de Occidente contra Rusia como irrelevantes, y presentó planes para un mega proyecto para desarrollar transportes e infraestrutura en Siberia dentro de una matriz a la que llamó “una economía de tipo espiritual”. Comparó el proyecto con grandes epopeyas del pasado, como la adopción del cristianismo por la tribu del rus, la conquista de Siberia, la electrificación de la Unión Soviética y el programa espacial soviético.
 
 
 
Cuenta Ellen Barry, jefa del bureau de Moscú de The New York Times, que cuando Putin estaba por comenzar su presidencia actual, aspiraba a equilibrar a los liberales pro mercado (entre ellos los oligarcas) con los nacionalistas defensores de un Estado fuerte. Pero en diciembre de 2011 se encontró con que decenas de miles de liberales enojados protestaron alegando fraude electoral en la plaza central de la ciudad de Bolotnaya, gritando “¡Putin es un ladrón!” y “¡Rusia sin Putin!” Putin estaba presente y sintió miedo. Además, se sintió traicionado por una clase que él mismo había contribuido a crear, y a partir de ese momento se volcó a los nacionalistas.
 
 
 
Como dije, estos nacionalistas representan un continuo ideológico con matices bastante diversos. Una eventual alianza con China es un objetivo estratégico de la mayoría de ellos, que creen que Putin es un pragmático que comprende que el nacionalismo ruso es más popular que las doctrinas liberales. Además, consideran que Putin ha reaccionado contra el presunto apoyo occidental a las protestas antigubernamentales que voltearon al gobierno pro ruso en Ucrania en febrero. Llegada la crisis de Crimea, dice Dugin, el grupo de liberales que también asesoraba a Putin no tiene más remedio que callarse la boca o hacer sus valijas e irse de Rusia.
 
 
 
No hay duda de que, con sus políticas equivocadas, Occidente alimentó este nacionalismo ruso. George Friedman, presidente y fundador de la agencia de inteligencia privada Stratfor, que más pronorteamericana no podría ser, reconoce que muchas organizaciones financiadas con dinero estadounidense y europeo estaban operando en Kiev cuando, en noviembre pasado, se desataron las protestas conducentes a la caída del gobierno pro ruso, este 22 de febrero.
 
 
 
Si esta nueva revolución prooccidental hubiera o no tenido lugar sin apoyo occidental es un contrafáctico que no puede resolverse. Lo que está claro es que lo que hizo Occidente en Kiev, alentando la revuelta, es muy similar a lo que hizo Rusia en Crimea, Donetsk, Slovyansk y Lugansk.[4]
 
Tampoco puede negarse que, desde la caída de la Unión Soviética, Occidente ha intentado rodear a Rusia. Y eso hace comprensible la paranoia de nacionalistas que denuncian que Occidente conspira para destruir a Rusia.
 
 
 
Seguramente este no es el caso. Occidente sólo aspira a que Rusia sea un país más, como Italia. La Casa Blanca aspira a que el Kremlin nunca más pueda competir con ella por el poder mundial. Y esto es claramente inaceptable para un nacionalista ruso, cuya pasión imperialista es fogueada incluso por clérigos ortodoxos.
 
 
 
En febrero, por ejemplo, se televisó en Rusia un nuevo documental titulado “Caída de un imperio”, narrado por el abad Tikhon Shevkunod, supuesto confesor de Putin. Trata de la caída de Bizancio, pero como dice el experto australiano Robert Horvath, en realidad es una alegoría acerca de la Rusia de Putin, una advertencia acerca de la subversión occidental y los traidores internos, a la vez que una celebración del imperio (“Beware the Rise of Russia’s New Imperialism”, The Age, 21 de agosto de 2008).
 
 
 
Rusia ya no puede aspirar a la hegemonía mundial. Pero es imperialista. Y dentro de su zona de influencia probablemente tendrá su imperio. Eso es más valorado, por muchos rusos, que el bienestar material y las libertades occidentales.
 
 
 
Mientras tanto, en Europa occidental la derecha extrema tiene su fiesta. Marine Le Pen, del Frente Nacional francés, hija del legendario Jean-Marie Le Pen, ya ha expresado su admiración por el patriotismo de Putin, a la vez que crece su oposición a la Unión Europea. Y en el momento en que preparaba esta charla, su partido xenófobo encabezaba las encuestas en Francia.
 
 
 
A la vez, los referentes de varios otros partidos de ultra derecha han manifestado su admiración por Putin y su beneplácito por que Rusia se convierta en un contrapeso a Estados Unidos. Entre estos partidos se encuentra el Jobbik húngaro, el Partido por la Independencia del Reino Unido, el Parido de la Libertad austríaco, y un partido flamenco en Bélgica. Además, hay dirigentes que no pertenecen a los extremos marginales del espectro político pero que apoyan a Putin. El más notable es el ex canciller alemán Gehrard Schröeder, al quien se suma el alicaído Silvio Berlusconi.
 
 
 
Las elecciones europeas se llevan a cabo en estos días. Todavía no conocemos los resultados. Pero el mundo se mueve hacia una mayor tensión y cierta derechización. Esto no necesariamente quiere decir una mayor militarización, porque el hedonismo occidental impide por ahora un aumento fuerte en el gasto militar.
 
 
 
Pero no caben dudas de que el renacido nacionalismo ruso le ha impuesto una suerte de guerra fría de corte menor. El mundo no corre peligro inminente, como ocurrió en ocasión de la crisis de los misiles de Cuba de 1962, cuando durante trece días pareció que nos encaminábamos a la tercera guerra mundial. Pero hemos retrocedido a un vocabulario que remite a aquellos tiempos. Los rusos nos han recordado que, aunque sea mucho menos poderosa que Washington, Moscú tiene el poder de convertir a Estados Unidos en polvo radioactivo. Con eso basta para hablar de guerra fría.
 
º
 
 
 
** Investigador Principal del CONICET y director del Centro de Estudios de Religión, Estado y Sociedad (CERES) del Seminario Rabínico Latinoamericano ‘Marshall T. Meyer’. Ph.D., Yale 1981.
 
[1] Esta sección está basada en gran medida en notas que publiqué en el semanario porteñoEl Guardián, especialmente “La inesperada primavera rusa” (N° 18, 16 de junio de 2011), y “Rusia, elecciones y mucho más” (N° 45, 22 de diciembre de 2011). Posteriormente, estos materiales fueron aportados a C. Escudé y M. Sabio Mioni, Radiografía universal de la infamia: viñetas sobre el estado del mndo en nuestro tiempo, Buenos Aires: Lumière 2013.
 
[2] Está sección está basada en gran medida en mi nota “Rusia tras el remate de Europa”, publicada en el N° 50 de El Guardián el 26 de enero de 2012. Posteriormente, este material fue aportado a C. Escudé y M. Sabio Mioni, op. cit.
 
[3] Neil MacFarquhar, “Russia Revisits its History to Nail Down Its Future”, The New York Times, 11 de mayo de 2014.
 
[4] “Putting Russia’s Crimean Intervention in Context”, Stratfor, 12 de abril de 2014
Tags: Estados Unidos y Europa: ¿una nueva guerra fría?*Opiniónrusia
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