El presidente Mujica atesora una historia de entrega revolucionaria y dolor por la cárcel que pocos pueden emular. De esa atroz experiencia surge una admirable sabiduría, una conciencia capaz de contener y expresar a la mayoría de su sociedad y proponer un futuro de paz.
La entrega y el dolor fueron de tal dimensión que desde ese lugar puede perdonar y comprender sin que nadie se sienta con derecho a cuestionarlo. El testimonio de su vida convoca la admiración y el respeto de todos.
Nosotros los argentinos transitamos por el camino inverso. Sobraba valentía en aquellos militantes de los 70 en la misma medida en que faltaban ideas.
La democracia no era, como creían, el reformismo y la violencia, la revolución; la democracia era el único camino hacia un futuro más digno.
Reivindicar la guerrilla en plena democracia implica cuestionar la libertad; aquello fue un intento de revolución pero sirvió también como excusa a los golpistas. Pareciera que el pasado sólo es digno para los oficialistas y culposo para los opositores.
Demasiados personajes que no se jugaron nunca, abogados que no firmaron un hábeas corpus, políticos, empresarios y sindicalistas más cercanos al colaboracionismo que a la dignidad; demasiados de esos adquieren un nuevo pasado con la sola conversión al aplauso oficialista.
Un pasado utilizado como bandera política y que nos impide ingresar al futuro.
Una memoria más asentada en el resentimiento que en la autocrítica, que nos intenta ubicar sólo en el lugar del héroe cuando demasiados transitaron además el de villano.
Un pasado que imagina que el único enemigo está en el otro, que sólo el genocida estaba equivocado, que sólo los revolucionarios merecen el respeto de sus muertos. El resentimiento termina siempre dividiendo a los mismos que intentan reivindicarlo.
La distancia con el presidente del Uruguay es la misma que si pensamos en el mensaje de Nelson Mandela o más cerca, si recordamos y comprendemos al último Perón.
El conflicto y la confrontación pueden signar una etapa de la historia, nunca convertirse en una forma de vida. Si recordar el golpe es tan sólo condenar a sus gestores, estaremos perdiendo la posibilidad de aprender del dolor. No habrá habido dos demonios, pero tampoco un genocida y un iluminado. Hubo errores y falta de comprensión de la coyuntura histórica, honrar a los muertos es también ser capaces de revisar sus propuestas. Es tanto un derecho como una obligación. Carl Jung habla de aprender lo que enseña el drama de lo sucedido: “Lo que niegas te somete, lo que aceptas te transforma”. Todavía es mucho lo que nos falta aceptar