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Esperando a Maduro

Redacción TN by Redacción TN
2 marzo, 2014
in Jorge Raventos
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Por entonces, Miguel Galuccio trabajaba discretamente para cerrar el contencioso abierto con  la confiscación de las acciones de Repsol en YPF, algo que  finalmente se consumó esta semana con una indemnización de 5.000 millones de dólares garantizada de acuerdo a las exigencias de la transnacional  de origen español. El acuerdo suscripto con  la petrolera estadounidense Chevron para explotar una parte de los yacimientos de Vaca Muerta era otra señal del nuevo rumbo. Había que sumar más evidencias, que en este espacio se  enumeraron en noviembre: “…la decisión de pagar juicios perdidos en el CIADI, el tribunal de arbitraje del Banco Mundial, que hoy están en manos de fondos buitre representa todo un giro, que se aleja del  rígido relato de los últimos años, lo mismo que la búsqueda de un arreglo con el Club de Paris.
 
 La realidad y el fracaso de los caminos que venía intentando, fuerzan al gobierno a buscar financiamiento en el mercado”. Habría más señales: el nuevo índice de inflación del INDEC (una aproximación a los reclamos de verdad numérica del Fondo Monetario Internacional); la abrupta devaluación; el incremento del costo del crédito; la revisión de algunos subsidios, la insistencia en contener los aumentos salariales por debajo de la  inflación pasada (y, mucho más, de la inflación prevista).
 
El discurso con el que la Presidente inauguró las sesiones ordinarias del Congreso el primero de marzo no pivoteó, sin embargo, sobre  esos notables virajes. Más bien al contrario, la señora, cuando no evitó de esos temas, reincidió  en capítulos clásicos  del relato oficialista y, más allá de cualquier promesa de  veracidad estadística o reforma del INDEC, apeló a cifras  que surgen  de la misma fábrica de embelecos que puso en marcha Guillermo Moreno; por caso, cuando  habló de la “histórica” caída de la desocupación  o de  la  “calidad del trabajo” alcanzada en esta década. Los estudios rigurosos  demuestran que  el empleo  privado está estancado desde hace largos meses (y en los últimos tiempos, con propensión a la caída), que las cifras de ocupación se embellecen merced al crecimiento del empleo público  y del registro de los receptores de subsidios como personal  empleado; que  uno de cada tres ocupados trabaja en negro (es decir, sin coberturas sociales).  Es decir: ni cantidad, ni calidad.
 
La señora reivindicó al Estado como “mejor  empresario” que los privados, y para probarlo  ¡citó el caso de Aerolíneas Argentinas! La empresa aérea que administran los pupilos de La Cámpora vive del subsidio público; el déficit de sus cuentas es maquillado con aportes de  los jubilados que cobran prestaciones mínimas inferiores al ya jibarizado salario mínimo vital y movil; los vuelos  al exterior son en parte  financiados por  argentinos que no sólo difícilmente puedan subirse alguna vez  a un avión, sino que  diariamente  viajan  con riesgo  de vida en  el transporte público  urbano.
 
Al insistir en un discurso refutado ya no sólo por  la realidad  sino por  sus propias  decisiones, la Presidente bordea peligrosamente la inconsistencia: hechos y palabras  corren en direcciones  diferentes (a veces opuestas). Si hasta hace poco  prevalecía en ella una coherencia ostensible (la apología del  intervencionismo era acompañada por  actos de intervención y hasta  de expropiación o confiscación), ahora se puede al mismo tiempo convocar a Chevron, indemnizar a Repsol  y seguir  de todos modos con la vieja cantilena.
 
 Hace una década, Néstor Kirschner  les  aconsejó a un distinguido grupo de empresarios españoles: “No se fijen en lo que digo, sino en lo que hago”.La señora, en cambio, quiere que se fijen en lo que dice, no en lo que hace  impulsada  por  las circunstancias (o,según ella y sus lenguaraces, forzada por las” acciones destituyentes”  de  “interés concentrados”). Ella quiere asentar su coherencia en el relato, aunque  este  se vea cada vez más desflecado por la realidad.
 
Es preciso partir de estos  hechos para  entender mejor lo que, aun en el marco de una retirada inevitable y de la centrifugación de  la coalición en que su esposo y ella supieron apoyarse, puede  considerarse  el diseño estratégico  presidencial. Ese  diseño, que  ya ha incorporado como  dato el fin de la rereelección, no admite en cambio (al menos hasta ahora)  la resignación a una derrota  catastrófica, a un eclipse  total del kirchnerismo cuando llegue el fin de esta presidencia.
 
A los ojos de la  señora  lo que  perdure  tras el fin de  su presidencia, lo hará no en virtud de los  gestos de  realismo que  (a menudo  a disgusto)  produce su gobierno por estos tiempos para  evitarse  males mayores, sino por  la solidez que  muestre el discurso  ideológico característico.  Para decirlo de uno modo extremadamente simplificador: no por Galuccio, sino por la proximidad  con  el chavismo  venezolano;  no por  la  indemnización a Repsol, sino por la confiscación de sus acciones. La señora se prepara  para un futuro reagrupamiento de  sus fuerzas en torno  a ese  núcleo de  significaciones, aunque en el  tránsito necesite  maniobrar y hacer concesiones.
 
Parece obvio que, finalizado que sea el capítulo de su gobierno, sus vínculos con el peronismo  (salvo con  u n pequeño núcleo “setentista”  y otro  grupo  al  que le resultará difícil despegarse  por  efecto de compromisos y digamos, complicidades) quedarán muy diluidos.
 
 
 Ni la Presidente ni el círculo  de afectos y afinidades  de  que ella  se rodea  admite  que  Daniel Scioli  pueda recibir el  testimonio de la escudería  K  de manos de  ella. Cuando llegue la hora de  las PASO, la simpatía  de la Casa Rosada  estará con el rival  justicialista que pueda derrotarlo,  se trate de Florencio  Randazzo, Julián Domínguez, Juan Manuel Urtubey  o Sergio Uribarri. Es probable que ninguno  de ellos pueda y que  Scioli termine  enfrentando en la elección general a  Sergio Massa  (que no participará de una  interna del PJ y mantendrá la  autonomía de su Frente Renovador)  y a otros candidatos: Mauricio Macri por el Pro, Ernesto Sanz, Julio Cobos o Hermes Binner por  la coalición  de centroizquierda, alguna fórmula frentista de izquierda…Para el momento de la elección general  el  voto kirchnerista  (se imagina en la Casa Rosada) podría  reagruparse  alrededor de alguna candidatura  K  no peronista (¿el juez Eugenio Zaffaroni?), con posibilidades de  alcanzar  un porcentaje  digno en el marco de una elección  de baja polarización  y cosechar  un refresco  parlamentario que se sume a la tropa  que sobreviviría en el Congreso.
 
 Naipes importantes, se supone, para  resguardar, en principio,  a  la cúpula K  de  las previsibles cuentas a rendir que presentaría  el sistema político renovado tras  el mandato de las urnas.
 
Es  en función de esa mirada de  más largo plazo que  el  oficialismo  defiende su narración y su  esquema ideológico  más allá de que  deba contradecirlo en la práctica  con  políticas de ajustedo. El kirchnerismo  pretende hacer del relato su  documento de  identidad , para  reagruparse  en  tiempos distintos.
 
Claro que al futuro hay que llegar  transitando las incomodidades que  ofrecen los sucesivos presentes. El gobierno  debe convivir por  tanto tiempo como el que fijen el almanaque electoral o la realidad con un ánimo público  cada vez más violento, desordenado e  irascible . Cada día  el país  asiste  a nuevas manifestaciones de acción  directa, que  van de los piquetes a los escraches, a las tomas de predios, las  usurpaciones de   viviendas o  las reacciones vandálicas, como las que  se vieron durante la madrugada del  sábado  1  en el barrio porteño de Saavedra. El Estado se  muestra adormecido y falto de reflejos para  restablecer el  orden.
 
  Síntoma de la frazada corta  que queda después de años de  desvalorización de los  temas de seguridad y  de defensa y de una  mirada condescendiente con  la circulación de la  droga, ahora  el gobierno central advierte a las provincias que retirará  gendarmes de las grandes ciudades  para  devolverlos  a sus tareas específica en las fronteras.  Resultado: estados provinciales  con  recursos enflaquecidos  deberán afrontar  a como dé lugar un crecimiento del delito y de la acción directa.
 
Hay que atravesar ese  paisaje.
 
La decisión de  recibir  la visita de Nicolás Maduro dentro de  dos semanas  hay que sumarla a ese panorama como un nuevo desafío. El presidente venezolano, en quien ya  no confía ni siquiera buena parte del propio chavismo (no hablemos de la oposición), es  un símbolo  que el el oficialismo se empeña en  reivindicar. Pero ese símbolo es el de una nación dividida, destruida por la inflación, el desabastecimiento,  la intolerancia y el delito. Habrá que ver si los argentinos  aplauden o repudian esa visita.
 
Tags: Esperando a MaduroJorge RaventosOpinión
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