… incluso una entidad cuantificable, cuando pertenece al vocabulario de la informática, la biología o las telecomunicaciones (como conjunto de signos codificados). La información será comprendida aquí, entonces, como un almacenamiento de datos (mensajes, signos, símbolos) transformado por el proceso de comunicación. Esta comunicación permite al ser humano crear significados nuevos, interpretar los mensajes y transformar las ideas y los conocimientos dialogando con el prójimo.
Se trata entonces de estudiar la función de la información en el seno de las Relaciones Internacionales a fin de comprender cuál es su dimensión estratégica. Para ello conviene analizar, en primer lugar, lo que permite postular la existencia de una función estratégica de la información. Luego, podremos determinar por medio de qué procedimientos la información puede llegar a ser estratégica en las relaciones internacionales, es decir, la cuestión de su transformación y de su utilización. Por último, en esta fase podremos evaluar claramente las consecuencias de un valor estratégico sobre las Relaciones Internacionales.
La primera pregunta que se plantea ante cualquier análisis de las implicaciones estratégicas de la información es: ¿Tiene la información una función estratégica?
Para responder a esta pregunta hay que estudiar la eventual relación entre la estrategia y la información. La estrategia remite al arte de dirigir un conjunto coordinado de acciones racionales que apuntan a un objetivo. Para alcanzar su fin, este conjunto de acciones debe ser substituido por un amplio conocimiento de las consecuencias de estas acciones. La efectividad de una estrategia depende de un perfecto conocimiento del objetivo a alcanzar y de la facultad para anticipar las reacciones del adversario. Se deduce directamente la función esencial que desempeña la estrategia en la conducta de las Relaciones Internacionales ya sea en tiempos de paz o de guerra. En efecto, un Estado para hacer valer sus intereses diplomáticos o militares debe poder anticipar las reacciones de los demás Estados. Ahora bien, para anticipar las reacciones del prójimo es necesario conocer sus objetivos. Robert Dahl (01) definía el poder como la capacidad de actuar sobre la probabilidad de los resultados de una situación determinada. El conocimiento y el saber aparecen entonces como los fundamentos del poder.
Las Relaciones Internacionales definen esas relaciones de poder entre los Estados, que son dependientes de lo que saben o no saben. La información toma entonces todo su sentido puesto que se vuelve la materia prima de la estrategia. La información es un medio esencial para la conducta de una estrategia. El desarrollo de las Nuevas Tecnologías de la Información y de la Comunicación (NTIC) reforzó notablemente el lazo entre la información y la estrategia. Los sistemas de informaciones poseían en cierta manera el monopolio de la información pero la revolución tecnológica no sólo desmultiplicó los medios de esos servicios, como lo analizaremos, sino también los de los individuos.
En lo sucesivo, el desplazamiento casi simultáneo de los datos sobre los cinco continentes crea la era de la instantaneidad donde nuestras referencias espacio-temporales son cambiadas. Se trata de una verdadera revolución de la información, comparable a la de la industrialización. Aunque no estemos capacitados aún para medir todos sus efectos a largo plazo, algunos aparecen ya al alcance de la comunicación. La tecnología hizo posible la libre circulación de la información gracias a los múltiples soportes que representan la televisión, la radio y sobre todo Internet. El ámbito de la información ya no está reservado a los profesionales, sino que permite a un vasto público anónimo intercambiar todo tipo de datos sobre una infinidad de temas.
Sin embargo, la información no es estratégica en sí misma. Es la materia esencial de un proyecto estratégico, pero no es nada sin la actitud reflexiva que permite conducir la estrategia. Es un medio de coordinación de la estrategia en el sentido que puede guiar su orientación, pero nunca substituirla. Michel Foucault (02) define la estrategia insistiendo sobre la necesaria articulación racional de los medios: “La palabra estrategia es empleada […] en primer lugar, para designar la elección de los medios empleados para llegar a un fin: se trata de la racionalidad puesta en práctica para alcanzar un objetivo”. La información parece pues tener una función estratégica en su lazo directo con el conocimiento y el saber, y en su lazo indirecto con el poder.
La información se revela estratégica cuando hace posible la anticipación, la prevención, es decir, cuando concuerda con el carácter totalizador de la estrategia. En efecto, la estrategia tiene vocación para afirmar una competencia en el conjunto de las conductas humanas, sobre la integralidad de las reacciones psicológicas, de las construcciones ideológicas y de las disposiciones sociales. Habrá que analizar pues de qué manera la información cumple esta función de la estrategia o cómo participa en el cumplimiento de esta última dentro de las Relaciones Internacionales.
Ahora bien, el concepto de anticipación muestra perfectamente el concepto de inteligencia estratégica que define la capacidad de un actor para conocer, comprender, analizar y explotar las informaciones que permiten al Estado comprender mejor el orden internacional. La información posee entonces una función estratégica precisa ya que ofrece la posibilidad al estratega de situarse claramente en el mundo. Esta actividad de inteligencia estratégica pone el acento en la utilización meditada de la información. Para que sea estratégica, la información debe ser tratada, jerarquizada, clasificada. Necesita las facultades de análisis y prospectiva, para dotarse de una función estratégica. Captamos entonces la función crucial de su utilización, como fundamento de una actitud estratégica. Se plantea, por esto, la pregunta de su uso: ¿cómo la información puede llegar a ser estratégica en las Relaciones Internacionales?
Si bien la función estratégica de la información se sitúa en su utilización, hay que examinar las modalidades de ese uso, lo que nos lleva a comprobar y deducir. La idea de su utilización define una acción precisa sobre la información para hacerla útil en las relaciones de poder entre los Estados. Las Relaciones Internacionales demuestran que esa utilización es esencial y polimorfa. En efecto, la información puede ser creada, manipulada, desviada para llegar a ser estratégica. La utilización de la información en estos procedimientos de creación, de manipulación describe la apuesta del dominio de la información. El que domina la información puede dictar las relaciones de poder entre los Estados ya que puede desviar y manipular a sus adversarios. Ahora bien, la apuesta del dominio debe ser considerada bajo dos ángulos, el de los flujos y el del contenido de la información.
El dominio de los flujos remite más a las tecnologías, así como a los soportes mediáticos. Esto explica la carrera tecnológica entre los Estados y la lucha por el control de los soportes mediáticos (periódicos, canales de televisión, radios, proveedores de acceso a Internet) entre los grupos industriales. Parece evidente que los Estados que poseen satélites, como los Estados Unidos, Japón, China y los países europeos, dominan una fuente de información inconmensurable en relación con sus homólogos.
Por lo tanto, hay que interesarse por la función de las tecnologías de la información en su relación con la estrategia, para comprender los efectos en las Relaciones Internacionales. El primer principio estratégico que reforzaron las tecnologías de la información es el de la “conectividad”. Tradicionalmente, el estratega y sus subordinados comunicaban por estafetas, a pie, a caballo, o en vehículo automóvil. Pero siempre había que informar al estratega de los cambios del entorno. La explotación de las tecnologías de la información representa un salto capital: conectando los elementos permanentemente, en tiempo real, y sobre todo abriéndoles la puerta de una conciencia situacional compartida ininterrumpida. Esas tecnologías hacen posibles operaciones militares fluidas y continuas, sin tiempos de descanso donde quita la iniciativa al adversario. Este concepto de conectividad informacional es una condición necesaria para el éxito de una estrategia.
El segundo principio es el de la “transmisión”, donde el desarrollo de la telefonía móvil por satélites permitió escoltar los flujos de los datos numéricos entre los abonados. El ejemplo de la red Iridum que entró en servicio el 1º de noviembre de 1998 con una constelación de 66 satélites demuestra el cambio de las tecnologías de transmisión.
Las aplicaciones en el ámbito militar son numerosas ya que las fuerzas armadas se vuelven partes integrantes de una red de tipo Internet. El Pentágono construye en este momento la Integrated Information Infrastructure (3 i) que se define como una infraestructura electrónica, informática y de telecomunicaciones que permite transmitir, tratar y utilizar la información que proviene de los sistemas de detección, ya sea hardware, software o humanos. Este sistema es una especie de red neural que absorbe la información que entra y la trata de manera cognoscitiva. Procede al almacenamiento, a la recuperación y a la organización de los datos para proceder a su diseminación por medio de “agentes inteligentes”.
El último principio es el del “tratamiento” y la “representación”, ya que una vez que ingresan en la red los signos numéricos son transformados en información. Esta información es entonces integrada en la estrategia de conjunto y se convierte así en el eje de la acción. Las tecnologías de la información hacen real el dominio de los flujos y su manipulación confiere una función estratégica a la información.
Ahora hay que determinar cuáles son las apuestas del dominio del contenido de la información para captar la globalidad de su dominio. La organización del contenido de una información supone una acción al alcance de su fuente o de su calidad. El contenido es a menudo repartido en tres niveles: información blanca, gris y negra, es decir, desde la información pública accesible a todos, hasta la considerada como secreta. Hay que poder dominar la fuente para validar su fiabilidad y su veracidad, pero la utilización de la información implica también su creación y su manipulación, más frecuentemente comprendida como “desinformación”.
Se trata entonces de analizar qué es la desinformación, a fin de establecer más claramente la importancia del dominio de la información. El concepto de desinformación proviene de la palabra rusa “dezinformatzia” que en la enciclopedia rusa de 1947 significaba “la utilización de la libertad de prensa para manipular las masas”. De hecho, la desinformación remite al uso deliberado de la información con el objetivo de falsear la percepción de la realidad que apunta a un blanco determinado. Durandin (03) justamente explica que se trata de una mentira organizada con la intención de engañar a un blanco, en favor de la política extranjera del emisor. La desinformación se describe según signos, canales y operaciones.
Los signos de la desinformación son lo que va a ser mostrado a un blanco para hacerlo adherir a una representación. Se presentan primero en forma de palabras orales y escritas. El lenguaje y la sintaxis toman aquí todo su sentido, donde la existencia de palabra hace creer en la existencia de cosas. El lenguaje se transforma entonces en el instigador de juicio de existencia y de valor. La finalidad es más bien encontrar palabras que surtan efecto, antes que transmitir datos objetivos. El vocabulario de la OTAN durante su operación en Kosovo es un buen ejemplo: las nociones de “daños colaterales” o de “golpe de los Aliados” hacen alusión a un vocabulario de la Segunda Guerra Mundial y limitan el carácter destructor de los términos “bombardeos” o “abusos”. El lenguaje también puede aparecer doble: Volkov (04) describe la duplicidad del lenguaje que consiste en decir dos cosas diferentes a dos grupos diferentes a propósito de un mismo problema, ya sea aislando los dos destinatarios, o dejando la verdad para los ejecutivos de alto nivel.
Las imágenes también son signos importantes, ya que son muy verosímiles para hacer creer una falsa realidad. Los medios de infografía actual permiten manipular fácilmente todas las películas o fotos. Los falsos documentos pueden ser catalogados como signos de desinformación. Están fundados en el principio de destrucción, substitución y/o falsificación de documentos existentes, e incluso de creación de nuevos documentos. Entonces son difundidos para ser atribuidos al adversario. El hecho es que si varios signos son puestos en correspondencia, el hecho de desinformación aumenta.
Pero para comprender el proceso de desinformación hay que dedicarse a describir los canales y las operaciones. Las operaciones constituyen las diversas maneras de alterar la representación de la realidad. Estas son función de la elección por parte del desinformante de los elementos que hay que mostrar o no mostrar; es decir, en función de su tesis. El desinformante puede elegir reducir los elementos, omitiendo hechos, negándolos, minimizándolos o suprimiendo huellas. También puede poner de relieve algunos elementos por su exageración o su exhibición. Sin embargo, la omisión es la operación más práctica ya que no plantea contradicción. La sobrepresentación es una técnica que da la ilusión de participar en la actividad; la presentación de un máximo de informaciones superfluas (a menudo en directo) da la ilusión de vivir el acontecimiento y oculta las informaciones importantes. Esta técnica fue muy utilizada por CNN durante la Guerra del Golfo.
Los canales son los medios utilizados para transmitir la desinformación. Algunos apuntan a la población en su conjunto como los medios de comunicación de masa, las comunicaciones informales (rumores, conversaciones, supuestos secretos), las organizaciones y los movimientos de masa (ONG, movimientos pacifistas). Otros apuntan a grupos específicos como los periódicos especializados, las organizaciones profesionales o las personas influyentes de un Estado. La desinformación puede ser comprendida como el montaje de acciones psicológicas situadas entre dos extremos: por un lado, la “propaganda”, que se revela por medio de la utilización de medios de masa, y por otro lado las “medidas activas” que Bloom (05) define como medidas en el límite del uso de la fuerza militar y de la acción psicológica. Son operaciones clandestinas que incumben a los agentes de influencia del Estado, tales como infiltraciones de organizaciones, asesinatos, diplomacia coercitiva o sostén financiero. Están comprendidas como acciones psicológicas, ya que apuntan a una modificación de los comportamientos por parte de la opinión. Sin embargo, los medios de comunicación de masa siguen siendo la herramienta privilegiada para llevar a cabo campañas de desinformación. Se trata del tratamiento de la información dentro de la desinformación en cuestión, en el sentido que se integra a la estrategia de los Estados para convertirse en un principio clave del proyecto político global.
La información llega a ser estratégica al nivel de la desinformación, cuando permite una modificación del comportamiento del blanco al que apunta según objetivos determinados. Si el blanco es la opinión, se convierte en el criterio de efectividad del desinformante. La información organizada en hechos puede engañar aún a la opinión por una construcción inteligible desviada en beneficio de cierta representación. El desinformante presenta la posibilidad de un futuro como un hecho para suscitar la esperanza o la angustia (presentar a Irak como la 4º potencia mundial). Los hechos aparecen en un formato científico sin tener contenido científico para argumentar la credibilidad de la opinión desinformando. La afirmación de bases ideológicas sólidas puede servir para dar razón a los actos (la ingerencia en nombre de los derechos del hombre). Así, la desinformación parece ser una técnica esencial para el dominio del contenido de la información. Requiere no sólo un tratamiento del contenido, sino también una anticipación de sus efectos.
Hemos intentado establecer de qué manera la información llega a ser estratégica para la utilización de sus flujos y de sus contenidos. El dominio de los flujos aparece significativo por las vueltas de la tecnología y el dominio del contenido se revela estratégico desde el ángulo de la desinformación. Ahora conviene analizar las consecuencias del valor estratégico de la información en las Relaciones Internacionales.
Si el dominio de la información se convirtió en la apuesta crucial de este siglo, éste debe suscitar necesariamente tensiones, e incluso conflictos, entre las potencias. La desinformación es una faceta de estos conflictos ya que forma parte de un elemento más global, la “guerra de la información” (infowar). Cada Estado se pone de acuerdo para pensar el carácter intrínsecamente estratégico de la información e intenta apropiarse del beneficio de esta última. La “guerra de la información”, o más exactamente la “guerra informacional” se define según Schwartau (06) como todas las formas de acción comprometidas en lograr una superioridad informacional ya sea afectando las informaciones adversas o los sistemas informáticos. Esta guerra tiene pues un carácter totalizador en relación con la desinformación, ya que afecta -como lo veremos- a todos los ámbitos de la actividad estratégica de un Estado.
La guerra informacional puede ser dividida en tres grandes funciones: la que apunta a maximizar la superioridad informacional perjudicando a las capacidades sensoriales, analíticas y comunicacionales del enemigo; la que se enfrenta a las infraestructuras civiles enemigas (guerra electrónica e informática); por último, la que tiende a condicionar al adversario (guerra psicológica).
La primera función tiende a desarrollar la capacidad de un Estado de esclarecer sus objetivos y apocarlos para el adversario. Este principio estratégico tradicional actualmente depende de la modernidad de los sistemas informacionales, de las redes de detección y transmisión de datos de los Estados. Representa el eje, el centro de gravedad de las fuerzas y de la acción de un Estado. La renuncia a la carrera tecnológica de un Estado es sinónimo de debilidad y lo condena a permanecer descubierto. Es cierto que la historia mostró que algunos pueblos podían ganar una guerra frente a una potencia tecnológica importante, pero a cambio de un sacrificio humano considerable. La información, cuando es dominada, permite perturbar, controlar y destruir el aparato de percepción del enemigo,y de substituirla (a la percepción) por una falsa realidad. Su reacción se basará entonces en una percepción aberrante de la realidad. Watts (07), teórico americano de este tipo de guerra, describe el objetivo operacional de la guerra informacional como el de “complicar o dislocar el proceso de decisiones del adversario a tal punto que se torna incapaz de una acción coordinada u ofensiva”.
La segunda función, mucho más técnica, muestra la vulnerabilidad del conjunto de los componentes de un sistema electrónico y/o informático. Los impulsos electromagnéticos (EMP) pueden destruir circuitos eléctricos no protegidos. Se desarrollaron armas miniaturizadas para interceptar, descodificar y paralizar las transmisiones enemigas. Murawiec (08) detalla perfectamente este tipo de armas donde los virus destruyen los códigos de los sistemas de explotación y softwares por medio de “bombas lógicas” desencadenables por una señal emitida desde el exterior. Esta función de la guerra informacional es un juego de ocupación del terreno y de control del medio, en el seno del cual se operan las percepciones. El objetivo siempre es desincronizar las operaciones del enemigo para volverlas contra él.
La última función remite a una guerra psicológica tradicional, pero adornada por los progresos técnicos actuales. Siempre se trata de controlar las percepciones a fin de determinar el control de las representaciones pero con la eficacia y los instrumentos de la guerra informacional, tales como los satélites de difusión directa que destruyen los monopolios del Estado y no le permiten cortar los flujos de imágenes que provienen del extranjero. La información se convierte en un arma de un poder capital cuando es relevada a través de medios técnicos y políticos determinados.
Hemos visto de qué manera la guerra informacional penetra en las diferentes esferas del poder político y militar. Sin embargo, penetra también en la esfera de la economía, que se puede considerar como un elemento importante del poder de un Estado. El poder económico subsiste como un motor del crecimiento de un Estado para desarrollar los progresos tecnológicos. La guerra de la información se aplica también sobre los mercados. La capacidad de una actor económico para obtener información sobre sus competidores forma parte integrante de los métodos de competencia actuales. El concepto de inteligencia económica primero se desarrolló en Estados Unidos y en Japón antes de llegar a Europa y tardíamente a Francia. Según la definición de la Comisaría General del Plan, la inteligencia económica “puede ser definida como el conjunto de las acciones coordinadas de investigación, tratamiento y distribución en vista de su explotación, de información útil a los actores económicos”. La definición completa insiste en el carácter legal de esta acción. Sin embargo, el fin de la guerra fría dejó a varios funcionarios de información desocupados en los Estados Unidos y en la URSS, que se readaptaron a este tipo de actividad.
Las actividades de búsqueda estratégica de información se desarrollaron ampliamente para convertirse en elementos ineludibles de la esfera económica. Múltiples métodos de investigación y prospectiva, a menudo materializados por medio de los programas de análisis y de las técnicas de investigación analógicas, emergieron para corroborar el procedimiento estratégico clásico. La información queda en el centro de sus métodos para convertirse en la herramienta indispensable de las empresas. Si bien las empresas francesas intentan conocer los métodos y los objetivos de sus competidores, es más la relación entre grupos industriales extranjeros lo que se trata de analizar.
En efecto, la inteligencia económica sigue siendo una actividad relacionada con los organismos de Estado donde cada uno colabora con sus empresas nacionales para aumentar su peso en la escena internacional. El ejemplo de la red Echelon es el más mediático pero también el más impresionante. Esta red concebida y administrada por los Estados Unidos es capaz de interceptar varios millones de datos y, por esto, provee una mina de información para el gobierno americano pero sobre todo para las empresas. Los ejemplos de esta “gigantesca oreja” no faltan para hacer estremecer a todos los industriales extranjeros.
Sin embargo, el ejemplo de esta red no permite captar completamente la actividad de inteligencia económica que puede ser efectuada legalmente, gracias a una jerarquización precisa de la información que puede llevar a una desinformación. Jean Guisnel (09) detalla el ejemplo de la compañía francesa Airbus que fue atacada violentamente después del accidente del A-320 de Absheim por la difusión de un informe donde las partes con acusaciones al constructor de aviones habían sido misteriosamente disimuladas. Además, newsgroups habían sido creados, llenando la mensajería de Aerospatiale con mensajes descorteses. Cuando se intentó volver a encontrar la huella de los internautas mediante los lazos de conexión, las identidades y direcciones eran falsas. Se puede sospechar que Boeing llevó a cabo esta campaña para perjudicar la imagen de su competidor. Los ejemplos en el dominio económico no faltan y el espionaje industrial por vías directas o indirectas permanece muy activo.
Si bien Estados Unidos parece muy competitivo en este ámbito, Japón posee una tradición y una reputación lejos de ser usurpada. Este país se especializó durante mucho tiempo en la recolección meticulosa, general y organizada de la información publicada en el conjunto de los países industrializados. El fruto de este éxito no sólo se debe a una vigilancia sistemática de la información además de una explotación racional, sino también a la cooperación entre las empresas nacionales. Todas están unidas a la Oficina de Investigación del Gabinete del Primer Ministro (Naikaku Chosa Shitsu) y al centro de Información de las empresas (JETRO). Esta cooperación hizo posible un verdadero dominio de la información económica y de su funcionamiento. Christian Harbulot (10) explica, con justa razón, que asegurando la circulación de la información y utilizando estratégicamente la difusión de su contenido, Japón está modificando en su beneficio las reglas de la guerra económica.
Se trata pues de una “guerra” cuyo problema es entre las potencias, en el sentido que la economía mundial, entrando en la era de la revolución de la información, afecta profundamente las Relaciones Internacionales. La mundialización de la economía, conjugada con la mundialización de la información, modifica el equilibrio de la potencia entre las naciones. El valor estratégico de la información influye por esto en la configuración del equilibrio mundial. Los Estados que tienen la capacidad de integrar el dominio de la información en el seno de su estrategia global garantizan a su nación cierta forma de poder, incluso de leadership.
Sin embargo, esta guerra económica e informacional refuerza los desequilibrios entre los Estados. La brecha Norte-Sur no dejó de profundizarse desde la descolonización y la configuración de la economía del mercado no parece reabsorber las fracturas. Los países del sur intentan difícilmente su transición hacia la economía de mercado (como los antiguos satélites de la Unión Soviética), sin por ello poder participar en esta última. Es lo mismo en lo que respecta a la carrera tecnológica de los Estados, donde el Sur parece excluido en razón de su falta de infraestructuras y de desarrollo. El bajo costo de la mano de obra ya no es un argumento suficiente para atraer a los inversores, que prefieren una deslocalización en un país que posee un mínimo de infraestructuras técnicas y tecnológicas.
Uno de los desafíos estratégicos de este siglo será permitir a esos países entrar en la era de la información. Una dominación unilateral de los países del Norte no puede ser una garantía de paz o estabilidad para los países del Sur. Así, el valor estratégico de la información contribuye a modificar el conjunto de las esferas de las Relaciones Internacionales, como la política, la económica y la militar, subrayando sus interacciones.
Por último, conviene colocar de nuevo a la función estratégica de la información en una reflexión crítica, a fin de mostrar sus límites. Si bien la información sigue siendo el eje de la estrategia, está sin embargo ligada a la organización racional del proyecto global. La tecnología no puede bastarse a sí misma para expresar el poder de un Estado. El siglo XXI aparece patrocinado por una “tecnomanía”, que remite a una forma de obsesión tecnológica por la información. Ese fetichismo tecnológico toma la forma de una fe a menudo ilimitada en la capacidad de organización y de logística a pautar. Los problemas estratégicos fundamentales de la adecuación de los medios a los fines (problema político) y la de los medios a la situación (problema militar) se deben a que se plantean permanentemente. La superioridad tecnológica no es un criterio de invencibilidad como lo demostró la guerra de Vietnam. Los americanos habían subestimado intelectual y culturalmente a un enemigo en razón de su inferioridad tecnológica. Así mismo, no supieron afrontar los ataques de los terroristas islámicos preparados para sacrificar todo en nombre de una ética religiosa. Atemorizados ante la idea de sufrir pérdidas humanas, renunciando a las formas clásicas de guerra en beneficio de un ejército lleno de guerreros de la información, los americanos fueron incapaces de oponerse a ese tipo de violencia.
La evolución de los conflictos internacionales no puede ser comprendida como un sistema mecánico sometido a esquemas de sincronización centralizados. Hay que interpretar más los conflictos por medio de sistemas biológicos utilizados en las ciencias no lineales. Para combatir eficazmente, desde el punto de vista de estas ciencias, hay que encontrar el “punto de equilibrio” donde desembocan todos los elementos y componentes independientes, sin que hayan aún adquirido una posición definitiva. La tecnología ofrece la capacidad, pero no está autodeterminada y no hay buena estrategia sin buena política. Las ilusiones de guerra con cero muerte van a la par del fetichismo tecnológico.
La estrategia apta para captar la diversidad de las Relaciones Internacionales presupone una buena antropología, en el sentido que el amigo y el enemigo deben ser comprendidos en su diferencia fundamental. La sobreevaluación de los medios tecnológicos puede conducir al estratega a subestimar el carácter dinámico y activo del adversario, su espíritu de iniciativa. El análisis intelectual y cultural de las relaciones de fuerza nunca podrá ser reemplazado por la información electrónica, que le está subordinada.
Se trataba de analizar la importancia de la información en las Relaciones Internacionales. Por lo tanto, hemos determinado primero la efectividad de un criterio estratégico de la información por su lazo intrínseco a los corolarios del poder, es decir el saber y el conocimiento. Luego, se planteó el problema de la transformación de la información en materia estratégica. El problema de la utilización de la información nos guió hacia la apuesta de su dominio, tanto en el nivel de los flujos como de su contenido. El dominio de los flujos ha sido analizado en función del criterio tecnológico y el dominio del contenido bajo el ángulo de la desinformación. Así, había que determinar las consecuencias de estas apuestas en las Relaciones Internacionales. Estas revelaron el concepto de guerra informacional, aplicándose a las más importantes esferas de actividades de los Estados: la política, la económica y la militar. Además, esta “guerra” tiende a reforzar los desequilibrios entre los países del Norte y los de Sur, que parecen excluidos de esta revolución de la información.
Por último, necesitábamos relativizar el punto de vista tecnológico de la información, para llevar a cabo una reflexión crítica sobre su función estratégica efectiva. La información subsiste como elemento fundamental para la puesta en funcionamiento de una estrategia, pero no puede en ningún caso reemplazar las cualidades de análisis y de organización racional del estratega. La información es el complemento y la materia indispensable para la comprensión del nuevo orden mundial, pero la estrategia debe poder tener en cuenta datos culturales e individuales de los Estados. La creencia en una superioridad del determinante tecnológico informacional conduciría, en ese caso, hacia una forma de etnocentrismo.
Versión española, publicado in: « Terrorismo Global: Gestión de información y servicios de inteligencia », Diego Navarro Bonilla, Miguel Angel Esteban Navarro (coords), edición Universidad Carlos III de Madrid, Madrid, marzo 2006. pp 273-288.
Mario Sandoval, francés, nació en Buenos Aires. Formación y actividades en ciencias políticas y filosofía, habiendo ocupado funciones en los sectores públicos y privados, la docencia superior y consultorías, a nivel nacional e internacional, en los campos de las relaciones internacionales, la geopolítica. Miembro de centros de investigaciones, asociaciones. Fundador y Vicepresidente de la Association Internationale Francophone d’Intelligence Economique (AIFIE). Creador de Observatorios de Estudios Estratégiques en el Mediterraneo, Caribe, Asia del Sud Este, Océano Indico….
Notas
(01) Le concept de puissance, article de 1957.
(02) Deux essais sur le sujet et le pouvoir, in H. Dreyfus et P. Rabinow, Michel Foucault, un parcours philosophique, Gallimard, Paris 1989.
(03) L’information, la désinformation et la réalité, Paris, PUF, 1993
(04) La désinformation arme de guerre, Editions Julliard/l’Age d’homme, 1986
(05) Propaganda and active measure, in R. Gal et A. Mangelsdorff, Handbook of military psychology, John Willey & Sons Ltd, New York, p 694-709.
(06) Chaos on electronic superhighway : Information Warfare, Thunder’s mouth press, New York, 1994.
(07) Clausewitzian Friction and Future War, Mc Nair Paper, Washington, 1996
(08) La guerre au XXIe siècle, Odile Jacob, p191, Paris,1999.
(09) Guerre dans le cyberespace, La découverte, p158-160, Paris,1995
(10) La machine de guerre économique: Etats-Unis, Japon, Europe, Economica, p91, Paris,1992
Bibliografía
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