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Poco cambiara si Cristina no cambia

Redacción TN by Redacción TN
24 noviembre, 2013
in Opinion
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 Los sones de esa norma se apagaron cuando estalló un debate intenso por la penetración del narcotráfico. Dejó de hablarse sobre una y otra cosa no bien reapareció Cristina Fernández, después de su enfermedad, y movió algunas piezas en su equipo de ministros. Aquella nube se levantó, sobre todo, por el despido de Guillermo Moreno.
 
La Presidenta no cesanteó al ex secretario de Comercio con ningún convencimiento.
 
Lo hizo con resignación, aceptando que su permanencia esterilizaría la sensación de cambio que pretendió transmitir con las designaciones, en especial, de Jorge Capitanich en la Jefatura de Gabinete y Axel Kicillof en el Ministerio de Economía. Máximo Kirchner y Carlos Zannini, el secretario Legal y Técnico, debieron trabajar mucho sobre su conciencia para persuadirla.
 
La ausencia de Moreno le plantea a Cristina antes un problema político que económico. La gestión del ex secretario durante una década resultó, en todos los planos, un desastre. Pero la priva de un activista y agitador de primera magnitud. De un hombre que encarnó como nadie el sesgo autoritario que definió siempre la existencia kirchnerista. Que hizo creer en una supuesta lucha contra diabólicos poderes económicos. Que desde su extendida edad, con rémoras del primer peronismo y de lo peor del setentismo, alimentó las fantasías de jóvenes militantes.
 
Moreno fue el último sobreviviente de esa estirpe. Hugo Moyano está desde hace varios años en un incierto espacio opositor. Luis D’Elía ha quedado circunscripto a la política del tuit porque su figura es indigerible para una mayoría de la sociedad. Queda en pie La Cámpora, que también viene padeciendo una mella sensible. Sus lugares de gestión no son afortunados; sus comportamientos electorales han sido pobres y además quedó a distancia del peronismo tradicional.
 
Pero Cristina se aferra a ellos y ellos perduran gracias a Cristina.
 
Cierta impronta de Moreno, pese a todo, aún no desapareció. Llamó la atención la argumentación inaugural de Capitanich y Kicillof en sus cargos cuando refirieron a los problemas que enfrenta la Argentina, en materia económica. Resistieron hablar de inflación y se explayaron sobre la hipotética “variación de precios”.
 
No la adjudicaron a ninguna distorsión macroeconómica sino simplemente a la angurria empresaria. Tomaron el 6,8% del desempleo del INDEC como un hecho fehaciente e indiscutido, cuando sólo el desangel callejero cotidiano indicaría lo opuesto.
 
Esa es la visión de la Presidenta, que Moreno sabía atizar con picardía.
 
Ni Capitanich ni Kicillof, hasta por razones de buen gusto, estarían en condiciones de replicar aquel perfil de Moreno. El jefe de Gabinete proviene de la comunidad política. Llegó a ese mundo empujado por Palito Ortega, cuando el cantante ofició a fines de los 90 de compañero de fórmula de Eduardo Duhalde. Aquella pertenencia le permitió algunos réditos inmediatos: en una transición que recién arranca, luego de los comicios que posicionaron como presidenciables a varios dirigentes de la oposición, no recibió cuestionamientos. Tal vez la excepción haya sido Elisa Carrió. Aunque sus críticas fueron lanzadas entre algodones.
 
Por esa razón el jefe de Gabinete anunció que abrirá un diálogo con los opositores, que todos los temas serían llevados a debate al Congreso. Y se rodeó de sindicalistas y empresarios. Cristina dijo algo similar cuando regresó el miércoles a la Casa Rosada. Si se repasa la historia reciente podrá advertirse que el recurso tampoco es una novedad, aunque parezca. Idéntica promesa se escuchó en el 2009 cuando el kirchnerismo sufrió su primera caída electoral. El arquitecto circunstancial resultó Florencio Randazzo. Las buenas intenciones se aplacaron no bien la oposición empezó a disgregarse y el kirchnerismo se aseguró por dos años la parálisis parlamentaria.
 
Los tiempos, claro, no son los mismos y los actores poseen otros intereses. Capitanich no aceptó el desafío por puro sacrificio: ha descubierto la chance de convertir su Jefatura de Gabinete en un trampolín para la sucesión presidencial. Y habría evaluado, en ese sentido, las experiencias de Néstor Kirchner y Sergio Massa. El ex presidente pudo haber sido en el 2002 jefe de Gabinete de Duhalde. Era la ocasión de pisar un teatro grande para salir del anonimato de Santa Cruz y entrar en la carrera presidencial. Pero advirtió más acechanzas que certezas y tomó otro camino para llegar al mismo puerto. Capitanich prefirió lo contrario. Massa fue un año jefe de Gabinete de Cristina pero regresó a la intendencia de Tigre ni bien avizoró un abismo. Ahora es presidenciable. Igual que Massa, el nuevo jefe de Gabinete tampoco optó por el destierro definitivo: no renunció a la gobernación del Chaco. Sólo pidió una licencia.
 
El trayecto que le queda por recorrer a Capitanich es complejo.
 
No sólo deberá preservar la confianza que le dispensó Cristina: está obligado a mostrar resultados, a convertirse en la cara de algún cambio, que la sociedad demandó en los comicios, y a mantener el dificil equilibrio entre el pejotismo al que pertenece y los sectores más ideologizados del cristinismo, que están lejos de cederle un cheque en blanco.
 
En ese núcleo se realza su lealtad y la entrega que exhibió en las batallas sagradas: el conflicto con el campo y la ley para acotar a los medios de comunicación no adictos. Pero fruncen el ceño por la relación de Capitanich con los sectores más conservadores de la Iglesia y su capacidad para cultivar la amistad de Washington. Fue el primer gobernador del PJ en visitar en el Vaticano al papa Francisco.
 
Existió un episodio que los cristinistas nunca terminan de olvidar. A principios del año pasado intentó establecer una “base humanitaria” estadounidense en territorio chaqueño. Negoció con jefes militares del Comando Sur y funcionarios de la Embajada en Buenos Aires. El proyecto murió por la oposición de Arturo Puricelli, entonces en el Ministerio de Defensa, y del canciller Héctor Timerman.
 
Capitanich es, en todos los aspectos, una pésima noticia para Scioli. El gobernador fue notificado que nunca será el delfín de la Presidenta. Unicamente su voluntarismo le hacía suponer otra cosa. Todos sus caminos a futuro asoman obstruidos. Massa le disputa el territorio y la candidatura máxima con una propuesta que pretende ser transversal, pero que incluye una porción sustancial de peronismo. El jefe de Gabinete le arrebató la llave pejotista en la cual depositaba esperanzas. Para colmo, uno de sus puntales en ese esquema desertó por causas de fuerza mayor: el sanjuanino José Luis Gioja se repone de un grave accidente y estará por mucho tiempo ajeno a la política.
 
El vínculo con el viejo PJ es la fortaleza de Capitanich. Allí convergen su destino político y también, las necesidades de Cristina. Su Gobierno no sólo se ha debilitado por los votos en contra de octubre.
 
También, por cierta desestructuración de su sistema.
 
Los intendentes peronistas bonaerenses que la acompañan señalan entre una pila de razones de la derrota a la desacertada ingeniería electoral.
 
Martín Insaurralde fue una creación presidencial que, de modo poco comprensible, luego Scioli hizo propia. La fotografía del diputado electo junto a Massa fue como un sorbo de veneno para el cristinismo y para Scioli. Pero las quejas circulan por otros rincones impensados. Emilio Pérsico, del Movimiento Evita, instó a no volver a admitir par
a el 2015 candidaturas a dedo. La advertencia pareció enfilar contra Cristina. Por las dudas, a Pérsico se le respetó su lugar en el Ministerio de Agricultura.
 
Capitanich manejará la relación político-económica con las provincias. Ninguna de ellas está ahora bien. Aunque para hacerlo deberá armonizar con Kicillof. Tiene buena opinión del ministro y cree poder discutirle desde la experiencia de gestión más que desde la teoría. El jefe de Gabinete es contador pero también entusiasta seguidor de las cuestiones económicas locales e internacionales. Posee además una dialéctica enmadejada y cada frase suya se asemeja a un teorema. Dice sin decir nada, como Scioli, aunque con mayor elaboración.
 
Cristina ha encontrado en el jefe de Gabinete un espejismo de gestión que nunca le había ofrecido Juan Manuel Abal Medina. El profesor universitario quedó demudado, casi lloroso, cuando se enteró de su despido.
 
Ni lo imaginaba. Entre aquel espejismo y sus apariciones estudiadas, la Presidenta piensa sobrellevar el tiempo a media máquina que le queda todavía.
 
Quizás alcance para sostenerse como eje de la escena política. Pero la economía, en cambio, está exigiendo respuestas perentorias. La caída de reservas y la inflación galopan. ¿Siente Cristina la misma urgencia? ¿Tiene a mano alguna receta salvadora? ¿O será todo más de lo mismo? Ese es el gran misterio que ni los cambios de ministros lograron aún develar.
 
fuente clarin
Tags: Los AnalistasPoco cambiará si Cristina no cambiaPoco cambiará si Cristina no cambiaLos Analistas
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