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Ahora, Justicia para todos

Redacción TN by Redacción TN
14 abril, 2013
in Jorge Raventos
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El malhumor social

 

La presidencia y su círculo ya advirtieron que el malhumor social –particularmente apuntado al poder- ha crecido más que la cotización del dólar blue. Acostumbrados a los actos confortables, con públicos dóciles y funcionarios aplaudidores, se sobresaltaron hondamente ante el trato que una semana atrás recibieron la Presidente y (peor aún que ella) su cuñada Alicia a renglón seguido de la calamitosa inundación que arrasó la capital bonaerense y la ciudad de Buenos Aires, cuando visitaron los alrededores de La Plata, en una zona golpeada por la catástrofe pero que era “políticamente amiga”, según cráneos locales del oficialismo.

Cuando Amado Boudou y Axel Kicillof recibieron abucheos y hostigamiento, el gobierno sintió el impacto pero buscó reconfortarse a través de explicaciones referidas a situaciones específicas: la erosión sufrida por el vicepresidente a raíz del affaire Ciccone o el hecho de que el escenario del escrache a Kicillof hubiera sido el  Buquebús que traía turistas argentinos desde Punta del Este (en ese relato, privilegiados genéticamente adversos al modelo kirchnerista). Los episodios de La Plata mostraron que la mala onda no se detiene necesariamente en escalones inferiores del gobierno, sino que llega al vértice.

Por cierto, la catástrofe hídrica predisponía a la tensión y la rabia. Pero ocurre que los desastres ya no se viven como situaciones excepcionales de las que se puede culpar llanamente al destino: la sociedad viene asistiendo a calamidades cada vez más frecuentes (inseguridad, accidentes brutales, arbitrariedades, violencia) que a los ojos de los ciudadanos tienen que ver con la acción (o la inacción), el mal desempeño, la corrupción o la ineficiencia del Estado. Y esto sucede en el  contexto de una década en que el Estado central, merced a los altos precios internacionales de nuestros productos más competitivos (“el yuyo” y otras  hierbas) y a una política de concentración que llevó a su caja central recursos de provincias y de particulares, contó con una formidable masa de recursos.

 

La confrontación permanente

 

El cepo cambiario, la inflación creciente, los congelamientos y las trabas al comercio aportan su cuota significativa al mal humor social. Pero hay otro factor, que muchas veces no entra en los balances porque no es fácil reducirlo a cifras: el recurrente clima de confrontación, división y discordia que  se ha convertido en marca registrada del oficialismo. El “relato” del poder es un molde repetido, aplicado a cualquier situación, en el que el gobierno y sus socios circunstanciales representan el Bien  y todos aquellos que se oponen, no se someten a sus designios o simplemente exhiben algún grado de autonomía son definidos como la encarnación del Enemigo (y se los trata como tal). La tendencia  -sostenida durante una década y progresivamente  acentuada a medida que se agota el último período presidencial de la señora de Kirchner- a acumular y centralizar poder librando guerras internas con distintos sectores de la vida nacional empieza a desorbitarse y a agotar sus posibilidades.  El oficialismo describe conspiraciones casi universales, de las que forman parte “las corporaciones” (principalmente las mediáticas), el campo, los gremios, muchos de sus aliados, exaliados y futuros exaliados, el Fondo Monetario Internacional y últimamente la Justicia. El gobierno tiene cada vez más potestades en un Estado cada vez más aislado, que puede cada vez menos y ante una sociedad cada vez más deteriorada.

 

El 18 de Abril

 

Con ese paisaje de fondo, y a la luz de lo que ocurrió el 8 de noviembre de 2012 con una convocatoria análoga vía redes sociales,  es razonable que la Casa Rosada observe las anunciadas movilizaciones del 18 de Abril como un momento de gran incomodidad.

El avance del gobierno sobre la Justicia forma parte de su Plan Maestro, que aspira a controlar el conjunto de los dispositivos de decisión y control del Estado. Más allá de ello,  las funciones coyunturales de la ofensiva actual son, de un lado,  recuperar iniciativa, que el gobierno perdió para reacomodarse ante la transformación del arzobispo Jorge Bergoglio en Papa Francisco, y a la vez,  de cambio del foco de atención, tras la reciente catástrofe hídrica. Involuntariamente, sin embargo, la acometida gubernamental está adquiriendo el paradójico rol de motor de unidad de las fuerzas opositoras y de estímulo a la convocatoria del 18 de abril (18 A)
Frente a la presión oficialista por aprobar ipso facto las reformas que pretende el Poder Ejecutivo, las corrientes opositoras sin excepción han decidido movilizarse y han actuado en conjunto en el Congreso negándose a asistir a sesiones de Comisión en las que las bancadas del gobierno se disponían a votar los proyectos elaborados por la Casa Rosada sin cambio alguno.
Los principales referentes partidarios no oficialistas, desde Hermes Binner a Mauricio Macri,  pasando por el radical Mario Baletta, el centroizquierdista Fernando “Pino” Solanas y el peronista Francisco De Narváez, anunciaron un acto en defensa de la “independencia judicial” que realizarán el martes 16 ante Tribunales.

El gobierno, como de costumbre, apela a la confrontación y estima que polarizar le viene bien. En rigor, no tiene muchos caminos ante sí. Sus fuerzas mayores están en el control de algunos instrumentos institucionales importantes (la administración, la caja, el Congreso) y trata de aprovechar ese capital al máximo.

La Corte Suprema, como cabeza del Poder Judicial hostigado, no puede defenderse de la ofensiva gubernamental actuando. Su lógica reside en esperar: los proyectos del Ejecutivo, convertidos en leyes por sus huestes (en soledad) en el Congreso, seguramente recalarán en  los juzgados porque sin duda serán impugnados por inconstitucionalidad. Esa será la hora de la Justicia. El gobierno ya se cura en salud argumentando contra la “justicia cautelar” y contra “la corporación judicial” a la que describe “colonizada” por otras corporaciones.

 

La zorra y las uvas

 

Pero si la Justicia, en el marco institucional, está forzada a esperar con discreción a que le llegue la hora de hablar con sus fallos, las fuerzas políticas y los ciudadanos no están metidos en el mismo brete. Y pueden responder a la avanzada concentradora del gobierno en la plaza pública, un terreno en que el oficialismo perdió hace tiempo la iniciativa, al acentuarse la disgregación de las fuerzas en que se apoyaba. La ruptura con Hugo Moyano y la CGT que él conduce fue decisiva en ese sentido.

El peronismo, a cuyas estructuras territoriales apeló en momentos electorales el oficialismo, va acentuando su distancia o su silencioso alejamiento. El lunes, el trío formado por José Manuel De la Sota, Roberto Lavagna y Hugo Moyano congregan en La Casa de Galicia de la ciudad de Buenos Aires a referentes importantes de la provincia de Buenos Aires. Es el primer acto de una obra que tiene varios.

La confrontación permanente, estrategia central del gobierno para acumular poder, ha ingresado en un eclipse, principalmente (aunque no exclusivamente) tras la consagración del Papa Francisco. El mensaje papal de humildad, paz, reconciliación y unidad ha calado hondo en el mundo, pero de modo muy específico en una Argentina hastiada de arrogancia y de políticas de enfrentamiento y conflicto.

Aunque la Presidente visitó a Francisco y pretendió (según le aconsejan sus teóricos) “apropiarse” de la imagen del Pontífice, la naturaleza del poder K  la impulsa a continuar su política tradicional. Un oficialismo que quiere permanecer en el poder y que confiesa depender sólo  de la candidatura de la actual Presidente (que constitucionalmente no puede reelegirse) necesita forzar alguna diagonal para alcanzar lo que le está vedado. Su pelea contra la Justicia es, para el oficialismo, una lucha por la existencia y la libertad (propias).

La atropellada, con todo el ímpetu que exhibe, no  debe sin embargo hacer olvidar que es el esfuerzo de un gobierno en retirada, basado en una coalición fracturada, que no sólo no tiene candidato presidencial para 2015, sino que ni siquiera tiene uno para encabezar la lista bonaerense en octubre. Alicia Kirchner (la que mejor medía, aunque lejos de los primeros en el distrito) después de su paso por La Plata ha dejado de ser candidata. Lo confirmó Horacio Verbitsky (que siempre adelanta) en su columna de Página 12 de laúltima semana. Claro que él no dice que ya no será candidata, sino que nunca lo fue. Es el síndrome de la zorra y las uvas. Así habló Verbitsky: “Con temerario desinterés por la realidad, las columnas políticas de los principales medios repiten desde hace meses que la cuñada presidencial encabezará la lista de candidatos a diputados nacionales de su fuerza este año (…) El pequeño detalle que en forma deliberada o por mero desconocimiento omiten es que Alicia Kirchner nunca fijó domicilio en la provincia de Buenos Aires, por lo que no será candidata en ese distrito”. Por H o por V, lo cierto es que, al día de hoy, el oficialismo que hostiga a la Justicia, no tiene candidato plausible en el lugar donde se juega la elección de octubre: la provincia de Buenos Aires.

La ofensiva del gobierno tiene problemas graves en la retaguardia.

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Tags: AhoraJusticia para todosPolítica
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