Al comienzo, lo asocié con las clásicas prácticas de presentación que hacen los embajadores cada vez que llegan al país y visitan medios de comunicación.
Por lo menos, parecía lógico en aquellos empresarios cuya relevancia era nueva y habían emergido notoriamente con el kirchnerismo. En la medida que nuestras denuncias de corrupción en el kirchnerismo avanzaban, y dado que en la mayoría de los casos los involucraba, era natural que quisieran venir a contarnos que no eran tan malos como nosotros publicábamos. Con ironía decíamos que ellos creían que esas visitas a PERFIL funcionaban como una especie de Skip o Ariel, un limpiador: que el solo hecho de que pudieran ser recibidos en el lugar donde se producía la mayor cantidad de informaciones críticas sobre el Gobierno, de alguna manera, los “blanqueaba” en alguna zona de su imaginario.
Los Cirigliano –los dos hermanos: Claudio y Mario– no fueron una excepción y también vinieron a PERFIL a hacer lo que en la jerga jurídica se llama alegato de oreja, desde 2006 hasta la tragedia de Once. Traían carpetas donde exponían que los subsidios crecientes, año tras año, eran para pagar los aumentos de sueldos de los empleados sin que se aumentara el boleto. Argumentaban que el Gobierno les manejaba la empresa, que los sacaban de las negociaciones con los sindicatos diciéndoles que no se hicieran problemas porque lo que aumentara del costo laboral, el Gobierno lo aumentaría en subsidios. Que toda la estructura de costos estaba intervenida por el Gobierno. Los escuché decir que así, el sistema de trenes urbanos era inviable porque no se podía transportar el doble de pasajeros sin hacer las inversiones que, por su magnitud, y al igual que en los subtes, le correspondía hacer al Estado.
Ellos se presentaban como víctimas del Gobierno. Lo interesante es que esa posición no es sólo de los Cirigliano, la mayoría de los empresarios cercanos al kirchnerismo se disculpan explicando que se fundirían si no aceptaran lo que les impone el Gobierno, que lo tienen que hacer “por las cinco mil” o “por las diez mil” familias a las que emplean, incluso así justifican los retornos. En el caso de los Cirigliano, las versiones sobre valijas con dinero en efectivo que Jaime le llevaba directamente a Néstor Kirchner, como retorno de parte de los subsidios, fueron el comentario de corrupción más repetido de la era K hasta la muerte del ex presidente y la posterior salida de Jaime.
Salvo excepciones de cinismo rayano con lo psicótico o de omnipotencia megalómana, casi ningún empresario oficialista deja de ponerse en posición de víctima: “Lo tiene que hacer por la supervivencia de la organización que comanda”. Todos saben que no es así o –dependiendo el caso– sólo así. Y la mejor prueba es que, además, reciben un premio muy superior al que obtendrían si vivieran de una rentabilidad sana de su empresa; y además se esfuerzan menos. Pero es una trampa en la que caen muchos de los que buscan el atajo o una salida más fácil, porque más tarde o más temprano quedan incinerados frente a la sociedad, en los casos más benignos, o van presos y cargan sobre sus conciencias muertes y severas consecuencias.
Así como todos los presidentes piensan que podrán ser reelectos para siempre o imponer un sucesor y así eludir los costos penales de sus eventuales responsabilidades, todos los empresarios oficialistas piensan que ellos lograrán despegarse a tiempo antes de ser arrastrados por el descrédito de la caída del Gobierno de turno, y repetir su despliegue seductor con el gobierno que lo suceda. Pero muy pocos lo logran; hace falta una combinación de capacidad y mucha suerte, que escasamente se dan simultáneamente. Sin contar con los casos de los empresarios amigos del Gobierno que caen o sufren serias pérdidas aun mientras el Gobierno continúa. Personas con un management más sofisticado que el de los Cirigliano tuvieron que abandonar la cúpula del empresariado después de ser las estrellas refulgentes del kirchnerismo y del menemismo.
Los empresarios oficialistas, que se vislumbran infalibles e inmortales, creen que los Cirigliano fueron muy primitivos: “Unos tanos que heredaron líneas de colectivos del padre y se metieron en algo que los excedía”, que “la hicieron mal”, por eso a ellos no les va a pasar lo mismo. Y creen que los Cirigliano estaban predestinados a terminar yabranizados porque no es lo mismo el negocio de los casinos o, incluso, del petróleo, que el riesgo que implica transportar millones de pasajeros todos los días.
Puede ser que, dentro de unos años, Cristóbal López llegue a ser como fueron Perez Companc o Fortabat. O actualmente Bulgheroni. Que cuando su fortuna traspase los 3.000 millones de dólares será respetado por todos y Kirchner se habrá transformado en un párrafo menor en su biografía.
Salvando las gigantescas distancias, el caso de Tinelli, de concretarse la venta de Ideas del Sur a Cristóbal López, podría ser otro ejemplo de victimización del cooptado: si no se pasaba al bando K “lo perseguiría la AFIP, la SIDE le armará carpetazos, los medios oficialistas lo desacreditarán”, etcétera, etcétera, etcétera.
Lo de los Cirigliano ayuda a la sociedad a tomar conciencia de que para que exista corrupción hacen falta dos: el empresario y el Gobierno. Pero también para que exista cooptación hacen falta dos: el Gobierno y el cooptado. Es cómoda la posición del Gobierno y los empresarios de echarle siempre la culpa al otro.
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