La llegada de Indalecio Calermo marcó el inicio del clima de tensión. Acompañado de una patota, hizo desalojar a periodistas y gremialistas: le dijo a los policías que, o hacía retirar a los que allí estaban o los sacaban ellos a las piñas. También ofreció una tercera opción: romper todo (como un niño que prefiere destrozar un juguete, antes de ver que otros lo utilicen). Uno de los tres policías, le pidió a los periodistas y gente de los gremios que por favor salieran.
Calermo ingresó y antes de sentarse a hablar con la todavía Ministra de Derechos Humanos, pidió que sacaran de la sede a Fausto Machuca, ex senador, y asesor del Instituto
Un policía, que quería evitar quilombos, le imploró a Machuca que saliera. Machuca, aunque molesto, se apiadó del policía que le seguía rogando para no quedarse en medio de todo ese despelote.
A la hora llegó Juan Manuel Urtubey. Todos pensaban que la presencia del gobernador marcaba el punto final a la incertidumbre, el caos y la violencia. El primer mandatario estuvo una media hora adentro y luego salió, se sacó un par de fotos rodeado de integrantes de comunidades originarias (algo para lo que parece ser bueno), contestó un par de preguntas y se fue. Adentro, en la reunión, parece no haber hecho mucho. Los nueve vocales volvieron a votar. 5 lo hicieron por Enrique Arello, del pueblo Guaraní, 4 expresaron que les gustaría que el próximo presidente sea Deny Sosa, del pueblo Toba. La matemática dice que en cualquier lugar del mundo 5 es más que 4, pero en Salta toda lógica se suspende: las autoridades de Derechos Humanos siguen sin aceptar la victoria de Arello.
La confusión sigue porque los representantes de las 5 etnias que respaldan a Arello salieron del lugar señalando que ya se había votado y elegido al nuevo presidente; pero para el gobierno el acta firmada no constituye una votación, sino “la expresión de voluntad de cada uno de los vocales”.(NDR: ¿What the fuck?)
Al mediodía, la violencia estalló: integrantes de algunas étnias calermistas empujaron la reja e ingresaron. Unos 8 policías se parapetaron en la segunda puerta. Los gritos y los insultos en ese momento estaban divididos: “Calermo, devolvé las llaves”, gritaban algunos. Otros le pedían a la policía que no dejara entrar a nadie. Los anticalermistas decían que Calermo quería entrar a quemar todos los registros de las chanchadas que se mandó en todos estos años; los calermistas decían que los otros querían ingresar para plantar pruebas. También querían escrachar a todos los funcionarios, especialmente a una contadora, de la que todos decían que estaba “meta quemar todo, meta borrar huellas”.
Finalmente ingresaron por la fuerza y funcionarios y dirigentes tuvieron que huir por los techos.
Un hombre, que observó toda la escena desconsolado, pues había pensado que el gobernador había ido para cerrar un acuerdo, concluyó: “Juan Manuel no arregla un choto”.
fuente cuartopoder.com.ar