Su tesis es que la maldad alcanza para matar a un hombre, pero hay que agregar mucho talento si se pretende cometer un crimen memorable.
Todo asesinato es un acto brutal y digno de reprobación, pero solamente alguno de ellos, cumplidos con el cuidado de un artista, ha quedado grabado en la memoria colectiva. Estos son los clásicos del crimen. Cualquiera puede aparecer ser mencionado en los medios, pero no cualquiera consigue un lugar de honor entre Maximilien Roberspierre o Josiph Stalin. (Claro que Quincey mencionaba a Landrú o Jack el Destripador, pero para el caso es lo mismo).
De igual manera puede explicarse la maldición. Mandar a alguien al Diablo. La maldición es la elocuencia verborrágica del crimen, y al igual que matar, puede convertirse en un arte.
Es un hecho que durante siglos el talento humano se empleó en su perfeccionamiento hasta que, como todo arte, la maldición tuvo sus reglas y sus clásicos.
Se trata de una habilidad que casi siempre hemos perdido, como lo prueba el hecho que “maldecir” tenga hoy el mismo sentido que injuriar o calumniar. Pero originalmente implicaba algo muy distinto.
Execrar a alguien era aborrecerlo y al mismo tiempo condenarlo, negarle la Justicia y terrenal a perpetuidad, blasfemarlo y escarmentarlo desde ahora y para la eternidad, sin perdón posible para el réprobo.
En suma, maldecir a alguien era cortar todo lazo con él y dejarlo a solas con su desgracia irreparable. Era empujarlo a un abismo sin fondo, era matarlo… y por pura crueldad… dejarlo vivo.
Cristina Fernández de Kirchner y el sistema que implantó su marido, el tirano que yace en el fétido sepulcro, han implantado este pérfido sistema en nuestra Patria. El odio y la maldición interminable sobre todo lo que eventualmente pueda oponerse a sus inagotables ambiciones de fagocitarse a una Nación entera.
Debido a su patología perversa, seguramente olvide que nada es eterno y que Cristina Fernández de Kirchner, cuando al visitar al metífico tirano bolivariano con el que emparentó a la Argentina para destruirla, tampoco repare que pronto lo acompañará en el Averno.
Soy Militar entrenado como custodio de los más altos valores de la Nación, y mi género, mis hermanos y superiores, han desaparecido evaneciéndose a consecuencia de sus anatemas perpetuos.
…Y mi otrora orgullosa Nación jurídicamente ha desaparecido, con el orden, la seguridad y la defensa.
El odio y la maldición la han convertido en un desierto yermo, casi olvidado por Dios.
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