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Alepo se acostumbra a la guerra

Redacción TN by Redacción TN
10 diciembre, 2012
in Internacionales
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“Cuatro o cinco días a la semana vamos a la guerra y los otros dos o tres yo estoy aquí o voy a mi casa”, comenta con naturalidad Ahmed Idris, un rebelde del Ejército Libre de Siria (ELS), como si “ir a la guerra” varias veces por semana fuera su jornada laboral. Idris, de 25 años, y Ghandi al Sabha, de 43, están estacionados con su katiba (brigada) en lo que era una escuela en la parte este de Alepo. Mientras sus compañeros están en el frente, ellos descansan, beben café turco y hablan de cantantes italianos y españoles. “Julio Iglesias, muy bueno”, dice con una sonrisa Al Sabha, quien antes de unirse al ELS trabajaba como diseñador gráfico y estudiaba Economía.

El conflicto en Siria está a punto de cumplir 21 meses, se ha cobrado ya más de 40.000 vidas, según activistas, y Alepo ha vivido algunos de los combates más cruentos desde que la guerra llegara a mediados de julio. Pero hace tiempo que las líneas del frente apenas se mueven. Según los rebeldes, en los últimos días no ha habido bombardeos, aunque los aviones Mig del régimen siguen sobrevolando la ciudad a diario.

En esta situación, con el foco cada vez más puesto en Damasco y Alepo alejada de las noticias, la guerra se ha convertido en la nueva normalidad en esta ciudad, que tenía más de dos millones de habitantes antes del conflicto, era la capital comercial de Siria y cuyo centro histórico, hoy muy dañado, es considerado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Familias que huyeron de la violencia están regresando a las partes controladas por los rebeldes. El escenario que encuentran no es muy acogedor. Hay zonas en las que todos los edificios han sido devastados y son meros esqueletos en ruinas. En otras calles, también llenas de escombros, los que quedan en pie están agujereados y tienen los cristales rotos, otros están medio derruidos, asoman retorcidas las barras metálicas del hormigón armado, el viento hace ondear cortinas atrapadas entre los cascotes. Hace frío, llueve y las calles están llenas de barro y de basura, que llega a formar pequeñas montañas.

Escasean el combustible y el aceite para cocinar y para la calefacción. Y también el pan, fundamental para la población. Decenas de personas hacen cola durante horas frente a las panaderías, hombres hacia un lado, mujeres hacia el otro. Los que llegan a la puerta o a la ventana se aprietan y estiran los brazos para intentar dar el dinero. La tensión es palpable y en una cola surge una pelea a puñetazos.

En otra aún mayor, un rebelde dispara al aire para alejar a la gente mientras otro los amenaza con un taser, una pistola eléctrica. En ese momento, llega una furgoneta y de su interior salen varios guerrilleros gritando, vestidos con uniformes militares de buen aspecto, varios con la bandana negra de los islamistas y algunos con la cara tapada. Todos armados con fusiles de asalto AK-47 y, al menos uno, con una enorme ametralladora. La gente se calla, les hace espacio y los islamistas se dirigen hacia el pan.

En otro lugar, una pequeña clínica recibe varios heridos, al menos dos de ellos niños, causados por un proyectil de mortero que las tropas del Gobierno han lanzado desde el aeropuerto. Hay gente que grita de rabia, otros miran en silencio. Cuatro personas han muerto y todas las víctimas son civiles, según los rebeldes.

Pero la normalidad intenta imponerse a pesar de todo. A medida que uno se aleja del frente, hay cada vez más tiendas abiertas y más puestos en las calles. Durante el día, la gente llena las calles, pregunta por precios en las tiendas, pasea, habla, mira hacia el lugar del que llega el sonido del último disparo, mira hacia el cielo por si pasan aviones. Poco más tienen que hacer, en gran parte de la ciudad no hay electricidad ni agua corriente y tampoco suele haber cobertura de móvil.

“Apoyo la revolución pero sin sangre, sin matar”, dice Talal, una mujer que viaja en un minibús. “¿Habéis visto la ciudadela [la ciudad antigua]? Eso era Alepo. Estos días…”, continúa con la voz entrecortada, “no lo sé, no puedo hablar”, dice finalmente con los ojos llorosos y antes de bajarse del vehículo.

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