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Berlusconi amenaza con dejar caer al Gobierno de Monti

Redacción TN by Redacción TN
6 diciembre, 2012
in Internacionales
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Hay expresiones más elegantes, más correctas políticamente, pero lo que Silvio Berlusconi y su partido político acaban de hacer en el Senado italiano es escenificar una amenaza, la de morir matando. Los senadores del Pueblo de la Libertad (PDL) han abandonado la Cámara para no sostener con su voto de confianza —como venían haciendo desde hace un año— una ley del Ejecutivo tecnócrata de Mario Monti. No se trataba de bloquear las medidas de Desarrollo Económico –que han salido adelante con el respaldo del centro izquierda—sino de advertir seriamente al Gobierno de Monti, en general, y al ministro Corrado Passera, en particular, de que cualquier ataque a los intereses del jefe Berlusconi —sea a través de una ley que no le conviene, sea a través de unas declaraciones en contra— pueden acarrear la caída del Gobierno.

Berlusconi está desesperado. A sus 76 años, y después de permanecer los últimos 20 en la cumbre del poder político italiano, no sabe qué camino tomar: si volver a presentarse para, casi con toda seguridad, hacer un ridículo espantoso o jubilarse —hace unos meses anunció que lo iba a hacer, pero se desdijo inmediatamente— y quedar más desprotegido ante los procesos judiciales. La tarde del miércoles, durante tres horas y media, el anterior primer ministro mantuvo una tensa reunión en el romano palacio Grazioli con los dirigentes de su partido. Estos intentaron convencerlo de que no se vuelva a presentar y él les acusó de no defenderlo públicamente, de acuchillarlo incluso, de dejarlo en la estacada.

Al término de la infructuosa reunión —en la que no se decidió si el PDL cambiará de nombre o si celebrará primarias para elegir un candidato—, Berlusconi se dejó caer con unas declaraciones en las que decía justo lo contrario de lo que había sucedido: “Muchísimos me piden que salve a Italia”. Il Cavaliere llegó incluso a añadir que se siente “asediado” por las peticiones de los suyos para que vuelva a ser candidato, dando a entender que, después de mucho pensarlo, no tendrá más remedio que sacrificarse: “La situación es hoy mucho más grave que hace un año, cuando dejé el Gobierno por sentido de responsabilidad y por amor a mi país. Hay un millón de parados más, la deuda aumenta, el poder adquisitivo se desploma, la presión fiscal está a niveles insoportables… No lo puedo consentir”.

Tras enterarse de las intenciones de Berlusconi, Corrado Passera, ministro de Desarrollo Económico y hombre fuerte del Gobierno, hizo en televisión algo muy italiano. Tras ser preguntado por el asunto, dijo sonriendo: “Es obvio que no puedo entrar en la dinámica concreta de los partidos”. Para enseguida entrar de cabeza en la cuestión: “Debemos dar la sensación de que Italia va hacia adelante. Todo aquello que pueda hacer imaginar al resto del mundo, a nuestros socios, que se vuelve para atrás no es bueno para Italia. Dicho esto…”. El presentador de RAI 3 añadió: “Ha dicho usted todo”. Y esbozó la sonrisa del que sabe que aquellos 30 segundos iban a traer consecuencias.

Y las trajeron. El ataque del ministro de Monti era lo que necesitaba Berlusconi —un maestro en hacer de la necesidad virtud— para reagrupar a los suyos y, unas horas después, montar el número en el Senado. El titular periodístico ya estaba conseguido —también en eso es un maestro—, pero las aguas son más sucias y más profundas. Además de su triste perspectiva electoral —no hay encuesta que le conceda al PDL más de un 15%—, Berlusconi se juega mucho más en la actual coyuntura. El Gobierno quiere sacar adelante dos reformas, la electoral y la de transparencia, que lo dejarían —y con él a todos los procesados y condenados judicialmente— fuera de las instituciones. El Gobierno de Monti, y el centro izquierda, y también una parte del propio partido del Cavaliere, consideran fundamental que la política se limpie si no quiere despeñarse definitivamente por el desfiladero del descrédito social. Pero eso a Berlusconi no le interesa.

Desde que abandonó el Gobierno en noviembre de 2011, el magnate de los medios de comunicación ha buscado infructuosamente un salvoconducto que lo blindara ante los procesos judiciales que aún tiene abiertos —entre ellos, el del llamado caso Ruby, la presunta inducción a la prostitución de menores—, pero no lo ha conseguido. Muy al contrario, ha resultado condenado por evasión fiscal mientras su partido se deshacía en medio de luchas internas y casos muy graves de corrupción. La retirada de la confianza al Gobierno de Monti no viene más que a confirmar una constante de las dos décadas de Berlusconi en la vida pública de Italia: la supeditación de la política a sus exclusivos intereses personales.

Y, aún tratándose del mismo número, lo ha vuelto a conseguir. Italia no habla ahora de otra cosa. Berlusconi vuelve a ser el rey de los telediarios. Todos los demás —incluido el recién elegido candidato del centro izquierda, Pier Luigi Bersani, que ha dicho que seguirá sosteniendo a Monti— se ven obligados a bailar al son del viejo tahúr de la política italiana.

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