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Colgados del ataud

Redacción TN by Redacción TN
16 octubre, 2012
in Laura Etecharen
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Hablamos -dentro de un submundo basado en contenidos reales- de una Televisión que en materia de programas con formatos de Reality, Talk Show o Chimentos, no crea contenidos sino que los recrea. Situaciones que van más allá, claro está, de la información. 
 
Hay una puesta en escena de los hechos de la realidad. Miserables o no, hay una exposición lícita de los mismos.
 
Es decir, la Televisión los expone con agregados que tienen que ver con el estado voyeur de auto regulación de Rating. En dónde se asienta la tesis que pondera a la descompensación como alternativa ante la caída de audiencia. 
 
Un situación Descompensada o una persona al límite -por morbo- mide. Es por eso que las producciones de formatos sostenidos en la adrenalina del vivo, lo que hacen, es regar los estados anímicos sin medir las consecuencias, ya que los códigos forman parte de la nostalgia. Son el recuerdo. El pasado. Entonces, el debate que tiende a generarse, es doble.
 
El que se presta y el que presta. El individuo que asiste a exhibir su pauperismo y la TV que presta espacio para exacerbar lo peor de ese desequilibrio que busca, vorazmente, un espacio.
 
El ataúd de la discordia
 
En las últimas semanas, los programas de espectáculos y magazines, han armado sus contenidos alrededor de las declaraciones de Jorge Porcel hijo y el estado de mendicidad de su madre. 
 
Se ha hecho, de la realidad de ambas personas, un show. Una rueda mediática. Entrevistas. Declaraciones. Y una forma de presentarse en los medios que resulta atractiva no por la historia actual en sí, sino por su génesis, supuestamente violenta. 
 
Nada parece del todo cierto. Se asemeja más a un simulacro que a un estado, el del mendigo, que atraviesa las penas y los peligros de la calle.
 
Como si fuese el libreto de una película. Un grotesco. Una imagen atroz. La madre mendiga y el hijo. Un vago colgado de un apellido por el cual, pretende tener un sueldo mínimo de 20.000 pesos mensuales.
 
Así se inicia la historia que da lugar a que uno de los Capocómico más importantes de la Argentina, sea denostado por su hijo y por sus ex compañeros. Fundamentalmente, por las mujeres que decidieron salir de los empolvados placares. En los que guardaban sus plumas, sus lentejuelas y tacones de la historia. Aquellos que alguna vez lucieron. Cuando la generosidad de los grandes les permitió tener un lugar en la pantalla chica. En el cine y en las majestuosas revistas de aquellos años. 
 
Mujeres que representaban a las Nenas de Utilería de ahora. Cuyo mayor atributo, era la voluptuosidad de sus cuerpos. Esos que nunca pudieron trascender con ideas. 
 
Hoy, ellas, salen a destrozar al muerto. Es el negocio que encontraron -tras el misil de Jorge Porcel Junior- para ver si pueden, trascender del ostracismo. Colgarse del muerto. Del ataúd que se empeñan en manchar cuando ya no hay posibilidad de defensa. 
 
Sin piedad. Sin reparos. Solamente, para mostrarle a la audiencia que aún, están vivas. Quizás, en edad de merecer. Con ansiedad de volver a escuchar sus nombres. De leerse entre las hojas de una revista aunque más no sea, para quedar como resentidas. Como mujeres, que defienden el género, de manera acomodaticia. Selectiva y patológicamente. 
 
Las detractoras ávidas de lucimiento. Tan limitadas como tergiversadoras. Tan obvias como escandalosas. Y con las deformaciones propias de la mediocridad humana, incluso, terminan auto desprestigiándose. 
 
Sin embargo, las Utileras de fines de los ’70 y los ’80, quieren volver a darle sentido a las mañanas de producción. Para ir, por la tarde, a un programa de televisión a contar la triste realidad que vivieron al lado de “un mal compañero”. De un “agresor” como dicen que era Jorge Porcel. De un hombre que las inducía, casi con extorsión, a la “felatio”. Y ellas, con resignación, con tal de tener un lugar en la Marquesina o un simple bolo, se sometían. Obedecían. Y se agachaban.
 
Ahora hablan de violencia de género. Se victimizan en el delirio de la pureza. De la incomprensión y la necesidad de aquel entonces. Le pasan, todas las culpas, al muerto. Pero se cuelgan. Se aferran, con ahínco, al ataúd. Como el hijo que lo desprecia y en la paradoja del cinismo, con la soberbia propia de la vagancia, reclama espacios. Porque es el hijo. El hijo que utiliza el apellido y el “pauperismo”, como ejes de alerta de existencia.
 
Que inflama, los problemas de su Freud, para estar. Al mismo tiempo que su madre cartonea monedas para comprarle la leche. Y mientras las otroras “Gatitas”, siguen matando al muerto.
 
totalnews
Tags: Colgados del ataúdLaura EtecharenOpinión
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