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No hay peor sordo

Redacción TN by Redacción TN
16 septiembre, 2012
in Jorge Raventos
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La  inopinada manifestación nacional de protesta que se produjo el jueves 13 de septiembre sólo mereció el ocultamiento de los medios ligados al poder político  y las interpretaciones despectivas o devaluatorias del gobierno central y sus voceros: “A esa gente le importa más lo que ocurre en Miami que lo que ocurre en San Juan”, dictaminó el Jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina.
La fábrica de relatos del oficialismo elaboró un  eje argumental para asimilar el mal trago: las marchas podrían haber sido numerosas, pero eran expresión de “gente bien vestida” (Estela de Carlotto), “señoras de La Recoleta” (Carlos Kunkel), “sectores minoritarios que históricamente, no de ahora, sino a lo largo de la historia argentina, se han opuesto una y otra vez a las políticas que este Gobierno viene llevando adelante” (sic!, Abal Medina), movidos “por el egoísmo” y “por el dólar”.
 
Un discurso solipsista
 
Dicen que Dios ciega a quien quiere perder, ¿será ese el caso? Lo cierto es que partiendo de esa visión sesgada y simplificadora, inspirada en un clasismo pret-a-porter,  es difícil que la señora de Kirchner pueda recuperar el terreno que lleva perdido en la opinión pública durante estos meses. Desde la elección de octubre, cuando consiguió el 54 por ciento de los votos (una cifra que sigue invocando como si  no la hubiera malgastado),  cualquiera puede observar el deterioro del gobierno central en diferentes terrenos: en la gestión (inseguridad, inflación creciente, gasto desbocado, espasmódicas medidas contra las importaciones que perjudican a la producción, cepo cambiario, acelerada y fatal decadencia del transporte que administra, subsidia y supervisa); en  las relaciones con las provincias, particularmente con las más relevantes (“El federalismo está pulverizado en Argentina, no existe más”, resumió esta semana el jefe de gabinete de Córdoba, Oscar González); en su base de sustentación (la coalición oficialista  está fisurada y ya ha sufrido pérdidas significativas en el terreno sindical y también en el político); en  algunos pilares de su  relato ideológico (por caso, el brutal desgaste sufrido al revelarse el desvío de fondos a través de la Fundación de Hebe Bonafini y Sergio Shocklender); en el siempre resbaloso terreno de la ética pública (un campo en el que casos emblemáticos como Skanska, la valija de Antonini Wilson, el  descomunal déficit de Aerolíneas Argentinas preservado del control  de gestión o las acusaciones contra un ex secretario de Transporte aparecen ahora superados y coronados por los desbarajustes del salvataje, apropiación privada y posterior estatización de la imprenta Ciccone en los que se proyecta como figura ineludible el vicepresidente Amado Boudou).
 
El gobierno parece haber perdido la sensibilidad sobre la atmósfera de la calle y tampoco atendió a las señales de alarma que exhibían las encuestas, que han venido registrando su inexorable caída  de imagen en la opinión pública y las preocupaciones centrales de la sociedad. Prefirió culpar a los medios de comunicación que no controla,  blindarse tras la  idea de una conspiración destituyente e insistir con la propuesta  continuista de la re-reelección. El último jueves acaba de  perder en otro terreno, el de la calle.
 
 
 
La procesión va por dentro
 
El manual de instrucciones K recomienda en estos casos cerrar filas y redoblar la apuesta, pero aunque los funcionarios del aparato central están condenados a (o convencidos de) la obediencia, en la coalición oficialista aparecen voces menos dispuestas a ignorar la realidad. El gobernador bonaerense, por caso, subrayó los manifestantes del jueves 13 actuaron “con mucha serenidad y respeto” y consideró que “hay que escuchar con mucho respeto y humildad y exigirse más para cumplir las expectativas. Hay que interpretar las nuevas demandas que se pueden ir incorporando, particularmente de la clase media, y responder con trabajo”. Scioli agregó que “la gente está muy sensibilizada con determinadas cuestiones que quienes tenemos responsabilidad institucional debemos atender con humildad”. El gobernador de Mendoza, Francisco Pérez, señaló, por su parte que las marchas que se desarrollaron en distintos puntos del país constituyeron “sin lugar a dudas un llamado de atención”. Resaltó además que “en la Argentina debe haber muchos que no marcharon y que estaban de acuerdo con la marcha”. Buen punto: el canal de cable que transmitió en directo las demostraciones (tanto la de la Capital como las que se desarrollaban en otras ciudades) consiguió audiencias record, mientras los canales que las ignoraban soportaron notables fugas de televidentes. Hubo muchísimos que esta vez no participaron en las calles, pero acompañaron las manifestaciones desde sus casas.
 
El sensato realismo de dirigentes como Pérez y Scioli (cuya autoridad emana de la gente que los votó y no de una delegación del poder central) resulta  altamente sospechoso para el núcleo duro del gobierno central. Ese reflejo no es novedad. En 2008, en medio del desgastante conflicto con el campo, Hugo Moyano le planteó a Néstor Kirchner la conveniencia de una negociación con las entidades agrarias. “Eso es una burrada o una traición”, le respondió Kirchner.
 
En aquella época Moyano estaba alineado con el gobierno pero no se callaba. Hoy, desde otra vereda, tampoco lo hace: “No actúe con soberbia. No se puede seguir así, se lo dijo la gente en todo el país, señora Presidenta –advirtió el viernes en un acto público-. Y lo hizo sin incidentes porque el pueblo argentino respeta la democracia. La única intención fue decirle que atienda los reclamos de la sociedad”.
 
Como Moyano en 2008, hoy son muchos los dirigentes peronistas que –en voz alta o in pectore- toman distancia de las actitudes confrontativas del gobierno central, de su sordera frente al disgusto y la decepción de amplios sectores de la sociedad y de su empecinamiento re-reeleccionista que, para colmo, viene acompañado por operaciones de desplazamiento de las estructuras tradicionales justicialistas en beneficio de los grupos camporistas que operan como brigadas de asalto de la Presidencia. La marcha del jueves 13  tuvo sin duda (y tendrá) repercusiones en  el peronismo que hasta ahora ha preferido no apartarse de la coalición oficialista pero que probablemente no esté dispuesto a autoinmolarse.
 
Pobre consuelo
 
Más allá del intento de disminuir la importancia de las marchas de protesta del jueves 13, el gobierno se consuela con un argumento: se trató de una manifestación heterogénea que ninguna fuerza política opositora puede capitalizar.
 
Las manifestaciones no fueron, indudablemente, motorizadas desde  (ni a través de) los partidos opositores. En cierto sentido, la autoorganización vía las redes sociales operó como sustituto de las fuerzas opositoras, que hasta el momento (y al menos desde 2009, cuando la sociedad derrotó a través de ellas a la coalición K) no han conseguido unificar personería para dar una expresión vigorosa y políticamente organizada a la  protesta.
 
Sin embargo, el oficialismo no debería sentirse demasiado aliviado.
De un lado, la  propia movilización social  opera como estímulo sobre las fuerzas opositoras para que aceleren el trámite y afronten las asignaturas pendientes.  Si en la década de 1970 líderes que habían estado en trincheras opuestas como Juan Perón y Ricardo Balbín pudieron llegar a una convergencia política en el acuerdo (extraelectoral) llamado La Hora del Pueblo, no se ve por qué razón las distintas corrientes de la oposición no pueden  coincidir en  un programa que recoja  las reivindicaciones de la inorgánica protesta multitudinaria. Probablemente después del jueves se viven  las vísperas de ese tipo de coincidencias.
 
De otro lado, la precariedad de los canales político-partidarios podía resultarle ventajosa al gobierno ante una  insatisfacción pasiva y atomizada, pero puede volvérsele peligrosa ante una  ebullición social con capacidad de autoorganizarse en la protesta. Esas cosas se sabe cómo empiezan y no cómo terminan: no le vendría mal  mirarse en el espejo de la llamada primavera egipcia.
 
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