Antes de requerirlo explícitamente, la señora había tratado de producirlo con actitudes como la fulminación pública a través de la cadena nacional de personas por las que se sentía criticada (periodistas, el dueño de una inmobiliaria) o por el empleo disciplinador de instrumentos del Estado como la AFIP.
Algunos colaboradores cercanos de la señora de Kirchner le tomaron la palabra al pie de la letra e increparon abiertamente al presidente de la empresa industrial más importante del país (Paolo Rocca, de Techint) porque éste opinó que el país había perdido competitividad. El ministro de Infraestructura, Julio De Vido, le reclamó en tono amenazante que hablara con más cuidado de ese tema. Y el empinado viceministro de Economía, Axel Kicillof, un protegido de la señora, vociferó en el programa más faccioso del canal oficial: “Habría que hacer fundir al señor Rocca”. Fantasías compensatorias.
En rigor, el número uno de Techint no dijo ningún secreto: esta semana se conoció el ranking de competitividad que elabora el Foro Económico Mundial y en él Argentina cayó nueve puestos (del 85 al 94) para ubicarse a la par de Grecia, Mongolia o Namibia y por debajo de un extenso pelotón de países latinoamericanos como Chile (33), Panamá (40), Brasil (48), México (53), Costa Rica, Perú, Colombia, Uruguay, Guatemala, Ecuador y Honduras. El informe del Foro señala que Argentina ”sufre un continuo deterioro en sus condiciones macroeconómicas, mal funcionamiento de las instituciones públicas y de los mercados laborales, de bienes y financieros”.
Por cierto, Rocca no es el único industrial argentino que observa esa pérdida de competitividad. Simplemente es uno de los pocos que se atreven a hablar del tema con franqueza. Otros piensan parecido pero cuando los sacuden desde el poder tragan amargo y escupen dulce. Como ocurrió, por caso, en la cena del Día de la Industria celebrada en el predio oficial de Tecnópolis la semana que concluye.
Fantasías compensatorias
Las admoniciones e intentos de intimidación a Rocca, la evocación del miedo por parte de la Presidente, los retos y operaciones de sofocación del gobernador de Santa Cruz, Daniel Peralta (quizás elegido justamente, por su debilidad, para que el gobierno pueda exhibir alguna capacidad de castigo) parecen señales de que el gobierno se ha inclinado por el consejo de Maquiavelo: “es más seguro ser temido que amado”.
La conclusión es obligada, como la de la zorra ante las uvas inalcanzables: en cuanto al amor, las encuestas indican casi unánimemente que una amplísima porción de la opinión pública –las dos terceras partes- se muestra renuente a reformar la Constitución Nacional y rechaza el proyecto de re-reelección de la señora de Kirchner que el núcleo duro del oficialismo agita con creciente intensidad. Y que las opiniones negativas sobre la Presidente superan a las positivas.
Ahora bien, el temor también flaquea cuando se lo agita patéticamente en una situación de repliegue. Si bien se mira, desde octubre de 2011, cuando consiguió el 54 por ciento de los sufragios (subrayado por la atomización opositora) la Presidente no ha hecho más que retroceder. No sólo en términos de los porcentajes de imagen positiva que logra, sino en cuanto a la progresiva centrifugación de la coalición en la que estuvo apoyada. El movimiento obrero ha tomado clara distancia –caso de las centrales de Hugo Moyano, Luis Barrionuevo o Pablo Michelli- o se muestra desconfiado y disperso (como ocurre con los agrupamientos que todavía dialogan con la Casa de Gobierno, que no consiguen unificar personería). Varios gobernadores y jefes territoriales mañerean o lisa y llanamente (José Manuel De la Sota) adoptan una actitud de autonomía.
La necesidad de la amenaza
Es interesante lo que ocurrió el último viernes, cuando la selección de fútbol jugó en Córdoba. De la Sota invitó al jefe de gobierno porteño, Mauricio Macri, y a un número de gobernadores peronistas a ver el partido en el estadio Mario Kempes. Sólo concurrió Macri, pero la Casa Rosada tuvo que llamar a los otros invitados y presionar para que no aceptaran el envite del cordobés pues temía (con buenas razones) que algunos viajaran. El gobierno nacional conserva una fuerza residual que todavía le garantiza éxito en esas presiones, pero lo que crece y se extiende es su necesidad de ejercer abiertamente la presión, la amenaza o el escarmiento. Cuando tenía fuerza no necesitaba agitar esos expedientes: lo entendían por señas.
Otro dato interesante, el gobernador de Santa Cruz, Daniel Peralta (un hombre que llegó a ese cargo de la mano de Néstor Kirchner y luego lo revalidó en las urnas) promete pelear para defenderse del acoso del gobierno central. Según la agencia OPI Santa Cruz, único medio independiente de la provincia, “fuentes allegadas no descartan que si el desenlace atizado por Nación, busca quitarlo del medio mediante el ahogo financiero, el gobernador tomaría medidas difíciles de revertir por parte de la presidenta, como proponer la supresión de la ley de Lemas, obedecer el fallo de la Corte Suprema y reponer al Procurador Sosa, e impulsar una auditoría sobre los Fondos de Santa Cruz, desde que se recibieron en la provincia, hasta determinar adonde fue a parar el último peso, incluyendo el periodo de responsabilidad que le toca”. Se entiende que la Presidente aspire a que le teman “aunque sea un poquito”. Peralta no se ha notificado.
La anomalía
Algunos analistas se muestran perplejos por la velocidad de la caída presidencial en la opinión pública: más de veinte puntos en diez meses. Quizás la anomalía no esté allí, sin embargo, sino en la etapa en que la imagen presidencial se elevó como una burbuja, tras la muerte de Néstor Kirchner. Porque lo cierto es que hasta ese momento el gobierno venía en caída y tenía por delante una perspectiva electoral de suerte más que dudosa. En vísperas de su desaparición Néstor Kirchner estaba en fuerte tensión con el sistema de poder territorial bonaerense, al que increpó fuertemente (en primer lugar al gobernador Daniel Scioli: “Diga quién le ata las manos”) y, a juzgar por testimonios directos de la familia presidencial, también con Hugo Moyano.
Su muerte produjo el curioso efecto de una remontada de la señora de Kirchner, como si el gobierno hubiera perdido un lastre, pero lo cierto es que, aunque resultó favorecida en términos electorales, la ausencia de Kirchner le restaría al oficialismo un nexo de homogeneidad. La señora se ensimismó, se rodeó de una capa aislante de jóvenes camporistas y funcionarios obedientes pero tomó distancia del peronismo terriorial, chocó sin retorno con la CGT y encaró la ofensiva del “vamos por todo” cuya épica quizás se vincule más al éxodo jujeño que a la batalla de San Lorenzo.
Sin Kirchner, por otra parte, la alianza familiar perdió el ingenioso expediente del continuismo conyugal, que le permitía eludir las trabas constitucionales. A esta altura, ese continuismo carece de candidato y ello lo fuerza a intentar, a toda costa, la reforma para la re-reelección.
La sensible red política de los cuadros y dirigentes peronistas sabe, sin embargo, que no hay motivo alguno para enfrentar costosamente a la opinión pública con la aventura reeleccionista cuando en sus propias filas hay suficientes candidatos presidenciales fuertes en condiciones de ganar un desafío electoral. Sabe también que en el proyecto reeleccionista subyace, casi sin disimulo, una política destinada a suplantar al peronismo por una fuerza del sedicente progresismo. Basta leer los documentos del grupo de intelectuales oficiales, Carta Abierta, donde se registra al peronismo como “la derecha interna” y al sindicalismo justicialista como una estructura anacrónica.
El oficialismo necesita acelerar los tiempos, dar rápidamente la batalla de la re-re pues cada día que pasa sin la candidatura continuista de la señora impulsa un tránsito molecular en dirección de aquellos a quienes se observa como el poder que viene.
Para clausurar ese movimiento, a falta de amor, la Señora se deja llevar por el consejo de Maquiavelo. Se verá si la Fortuna la acompaña. El conflicto seguramente lo hará.
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