Y eso de tener que inaugurar todos los días un globo nuevo… ¿Cómo le va a quedar todo en la cabeza? ¿Cómo no se va a confundir sobre quién paga o no la luz o sobre quién evade impuestos? Un mundo virtual donde no se puede hacer pie en nada concreto termina fatigando a cualquiera. Y como en esa materia los más jóvenes están más frescos, la competencia es terrible aunque todos sean chupamedias a su alrededor.
Por otra parte, loros, caranchos y urracas no son fáciles de conformar. Viven protestando y peleando entre sí por la primera fila. Más que nada porque no tienen mucho concreto para hacer, si no es tratar de mantenerse ahí. No sólo quieren ser los actuales, sino también los próximos; y para eso no escatiman los codazos ni las zancadillas.
Entre los loros se ha organizado un grupo especial, el de los loros “filósofos”, o filoloros. En general se trata de pájaros ya grandes, pajarones para ser más precisos, que se venían pasando la vida comentando la política desde la sombra y haciendo curriculum gobierno tras gobierno, pero ahora tienen la ventaja de que sus Cartas (porque se trata de loros que escriben cartas con mayúscula) tienen amplia difusión oficial. De otro modo no las leerían ni los perros.
Ni siquiera los de mi casa que hasta se las comen cuando los carteros las tiran fuera del lugar adecuado. Pero estos filoloros sufren los terribles problemas de la edad: han llegado tarde al entusiasmo y la cosa se les complica.
Tienen que seguir llenos de vergüenza a muchachos que, lógicamente, andan mucho mejor que ellos en materia hormonal. Prueba evidente de su intento frustro es el lenguaje entreverado que hablan estos viejitos y, sobre todo, el que escriben. Góngora, un poroto frente a ellos. Lo malo es que pretenden ser populares y no les entiende nadie.
Aún así, la Calandria toma a veces en cuenta sus producciones y ahí todo se complica un poco más. Porque la soberana intenta pasar de su “romance” de barrio al alto discurso filosófico de los loros intelectuales y empieza a los saltos, pozo tras pozo, ripio tras ripio, de los que intenta salir con anécdotas “autorreferenciales” (como las llaman los filoloros) donde, para vergüenza ajena, siempre gana su tono de piba del suburbio.
La mamá –contó- se colgaba de las alambradas. Pues ella, a la manera de los jugadores de fútbol, mecha los discursos presidenciales con declaraciones tipo “como yo siempre digo…”, y se larga a comentar obviedades en el registro más vulgar. En fin, que la gente se pondría apenas un poco colorada al escucharla, si no fuera porque últimamente emplea con tanta frecuencia la cadena nacional provocando una suerte de eterna rubicundez de “todos y todas”.
Es cierto, pero eso sólo lo vemos y sufrimos con vergüenza ajena los de afuera. Ella está encantada. Ha encontrado algo así como una cuerda propia que le parece simpática y que la hinchada que arrea a cada acto le festeja como a una primera actriz. Y la Calandria, con toda su dosis histriónica e histérica, lo pasa bárbaramente bien: descuídese y va a usar para su propio solaz ese polo cinematográfico que acaba de prometer.
Tolerables pavadas de quien ha instalado a un impresentable pavo chorro y compadrón en su línea sucesoria, se me dirá. Pero es que, por eso mismo, los loros, los caranchos y las urracas del séquito no quieren saber nada con que otro la suceda; tiene que haber Calandria para rato. Aunque sea apelando al voto de los pichones, de esos mismos pichones que –aseguran los psicólogos- no quieren madurar hasta después de los treinta años, pero a los que se van a aplicar fomentos para adelantarles la prematura ciudadanía, sea como sea.
En fin, que la Calandria suceda a la Calandria es el plan interminable de quienes tienen metida la mano en la lata hasta el hombro, aún a costa de lastimarse el sobaco.
El Hornero, que no conoce otro abrigo que el adobe de su nido inteligente y a quien, porque siempre ha sido trabajador, en nada seduce eso de estar rascando el tarro hasta el fondo, tampoco le atrae pensar en la eternización de todos estos parásitos que han vivido, viven y vivirán del trabajo ajeno. Así que se fue a charlar con el Tero para ver si el otro –impecable como siempre bajo su uniforme gris- tenía alguna idea de cómo sacarse de encima a la Calandria y a toda su comparsa. No fue tan directa esta vuelta la respuesta del pájaro corajudo, que prefirió profundizar el diagnóstico a adelantar la solución cuando le dijo:
“Mire, hornero, usted no entiende porque es un tipo casero
Y sabe bien que, en la vida, el hogar es lo primero.
Pero esta vieja andariega ya está hecha al tranco largo,
A la fiesta, al homenaje, al aplauso y al halago.
Tiene que dar de comer a amigos y a muy amigos,
Y ocuparse de engordar a un ‘Vatallón Militante’.
Hoy ya no puede parar, va a seguir para adelante.
No se imagine ni sueñe: esos son nenes de pecho
Que ni ebrios ni dormidos la quieren desocupada.
Además tiene los chicos, cada cual un buen desastre,
¿Le parece que tendrá paciencia para encargarse,
Y volver para su pago con la boca bien cerrada?
No la veo haciendo calceta, ni jugando a la canasta.
Sí la veo “robando pozos”, pero de esos con contante.
La veo hablando de ella, pero no veo quién la aguante…
Y así, para retirarse, no creo que tenga pasta.
Va a estar muy triste la reina si se queda sola en casa
Mirando televisión y viendo que el tiempo pasa.
¿O se la imagina sola en “su lugar en el mundo”
Sin el pavote sonriendo, sin las urracas mintiéndole,
Los loros en los sembrados y lejos los carroñeros?
Yo sé por qué se lo digo y es muy fácil de entender:
No es que se quiera quedar, es que no puede volver.”
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