Un cambio que se produce de afuera hacia dentro. Es decir, desde la sociedad enloquecida hacia una TV que hasta hace un año atrás funcionaba, lícita y rentablemente, mediante el escándalo como regla.
La sociedad construye a la TV
El debate sobre los códigos en la televisión es una constante en las mesas de debate.
Existe una tendencia sostenida que invita a pensar que el medio debe ser una fuente educativa para el televidente. Pero lo cierto es, que esa no es la función de la televisión. Sobre todo, de la televisión de aire. Abierta.
Como medio masivo e inmediato, la televisión, genera noticias y productos en vivo que funcionan mediante Prueba/Efecto sin atender, cuando el rating responde favorablemente, al impacto social que los contenidos en pantalla puedan generar. Esto ocurre porque la Televisión se inspira en el desgaste social. En el entramado de relaciones humanas tortuosas. En la decadencia irrefutable del tejido. En la ausencia de valores y de normas de urbanidad.
Es decir, mediante los patrones de conducta cotidianos y la dinámica del poder político/económico, la televisión se diseña y construye aquellos productos que atraerán, con intenso magnetismo, a un público que mantiene lealtades selectivas.
Del asombro a la certeza
No se espera, de la televisión, profundidad de pensamiento.
Tampoco condiciones ideales de códigos. El televidente tiene en claro que cuando no existe respeto, los códigos, son una utopía. Es por eso que el asombro ante lo bizarro y extravagantemente escandaloso, ha dejado de existir. Ha dejado de formar parte de una espera que tiene que ver con el suspenso del continuará.
Del asombro, se paso a la certeza. A saber que de un 100%, el 70% está diagramado. Organizado por las producciones y guionado en una combinación de impronta e irrealidad maquillada de verdad. Así es como se ha ingresado en una decantación del paradigma televisivo sostenido por la pelea. Sobre todo, dentro del Prime Time que hoy tiene su mayor adhesión dentro de la rama de la ficción.
Las tiras y los unitarios representan el bálsamo necesario frente al brutal latrocinio de la tranquilidad. Son la distención necesaria ante un escenario mundial atravesado por la violencia en todas sus manifestaciones. Se presentan como el estallido de un imaginario que necesita alimentarse de fantasías para imponerse ante la barbarie que nos convirtió en sujetos sujetados a una dinámica de odios y retos desde arriba.
Comienza una nueva etapa. Un nuevo paradigma en donde se le propone, a la televisión, generar un espacio que escape a la catástrofe. Al abuso de hacer, de la descompensación, un culto.
Hacia el nuevo Paradigma
La sociedad desgastada y agotada conduce al Prime Time hacia un nuevo paradigma.
De ahí, que la generación de la expectativa ya no esté marcada por la alteración de una pelea sino por el seguimiento de una historia que revela, en su totalidad, que forma parte de la creación bajo pequeños influjos reales.
El público pide y espera entretenimiento.
Se apela a la fantasía. A contar historias desde la creación de un guión que genere ilusiones a través de una ficción costumbrista (Graduados) o clásica de amor (Dulce Amor).
Historias que no se gritan ni se rifan en el sillón de un estudio de televisión marcado por el compás del minuto a minuto y de productores que marcan a quien destrozar, a quien erigir o a quien denigrar.
Ahora, el consumidor que dirige este nuevo paradigma pide la clemencia que no encuentra en la cotidianeidad voraz. El televidente busca escapar, dentro del refugio de la pantalla, a todo aquello que sabe que la realidad no le permitirá obviar. Es consciente que para el caos, la tragedia y la locura, solo basta la calle y el discurso gubernamental.