Después de la confiscación de las acciones de Repsol (en abril), el oficialismo se sintió en condiciones de “ir por todo”, un objetivo al que parecía empujarlo también la necesidad, es decir, las dificultades crecientes del fisco (el superávit del Estado, que era una de las columnas de las que Néstor Kirchner se enorgullecía, se ha convertido en déficit) y la fuga de dólares (más de 80.000 millones desde 2008).
El control de cambios establecido en noviembre de 2011, apelando a una surtida caja de herramientas (desde servicios de inteligencia hasta policías y perros adiestrados, pasando por fuertes presiones a bancos y casas de cambio) consiguió restringir parcialmente el drenaje de dólares, pero no pudo impedir que, al lado de la cotización oficial creciera un mercado paralelo donde el dólar se compra y se vende a un precio alrededor de un 30 por ciento más alto que el que validan las autoridades.
Clausuradas algunas válvulas, la presión se canalizó por otros conductos: el Banco Central registró retiros de depósitos en dólares de los bancos por valor de 1.120 millones en el mes de mayo., un ritmo que “se aceleró en los últimos días”.
Fue en ese contexto, y mientras el público presiona para hacerse de billetes estadounidenses y ponerlos a buen recaudo, que el gobierno se lanzó a lo que el jefe del bloque de diputados oficialistas, Agustín Rossi, denominó “batalla cultural” y el jefe de gabinete, Juan Manuel Abal Medina convalidó en su primera visita al Congreso: “Hay que avanzar en una desdolarización y pensar en pesos”. Aníbal Fernández lo había formulado antes de un modo muy franco: “Vayan haciéndose a la idea de que la Argentina tiene que pensar en pesos”.
Hay un giro importante entre los controles de facto que suele aplicar Guillermo y estas formulaciones ideológicas. Moreno no pretende fundamentar sus actos con valoraciones generales. El, cuando da alguna explicación, alude sencillamente a la necesidad: ““Si este año tenemos un superávit comercial de entre 10 y 12 mil millones de dólares, el show puede continuar. Si estamos debajo de 10 mil millones, vamos a estar complicados y si llegamos a estar debajo de los 6 mil, olvídense”, les dijo en su momento a los activistas de La Cámpora. Omitir argumentos generales puede parecer intelectualmente más rústico, pero ofrece más maniobrabilidad política. De una medida puramente fáctica se puede retroceder sin tantas vueltas con otra igualmente fáctica. La ideología es un motorizador pero también un impedimento para la corrección: no se trata sólo de reemplazar decisiones, sino de fundamentar el giro tratando de salvar la coherencia.
Marcando esa brecha, el filósofo italiano Gianni Váttimo apunta todo lo que añade la necesidad de fundamentar y la dificultad para explicar la necesidad de un modo desnudo: “Es como si uno dijera: hay un pedazo de tierra, que nos disputamos, hagamos una guerra para quedárnoslo. No. Decimos que los otros son criminales y nosotros los matamos, los ajusticiamos, los metemos en la cárcel”. Más sombríamente, Alexander Soljenitzin reflexionaba en El Archipiélago Gulag: “La imaginación y la fuerza interior de los criminales de Shakespeare se limitaban a una docena de cadáveres. Es porque no tenían ideología. ¡La ideología!, ella es la que aporta la justificación que el crimen busca (…) Es la ideología lo que le ha costado al siglo XX el experimentar el crimen a escala de millones”. Confirma Vattimo: “en la violencia histórica siempre hay un plus de carga teórica”.
La lógica del apoderarse de los medios existentes (“ir por todo”, “expropiar rentas”) tiene consecuencias: quien la pone en práctica “se ve tan naturalmente llevado a destruir los edificios sociales como el oso en busca de miel a romper las celdillas de la colmena”, señala Bertrand de Jouvenel en su clásico trabajo Del Poder. Cuando a la lógica se suma la ideología, esos efectos se extienden más allá.
Aníbal Fernández confiesa que “liberar el dólar sería un suicidio”, y transparenta así un punto de intersección entre la realidad y la ideología. En efecto, al gobierno le costaría liberar el valor del dólar, sincerarlo, sin que, al menos en primera instancia, toda la presión acumulada se traslade a una cotización más cercana al mercado paralelo que a los 4,50 pesos que admite el “oficial”.
La idea de una pesificación a marcha forzada ha venido rondando los sueños de algún oficialismo y las pesadillas de muchos argentinos de a pie. Parece desprenderse por gravitación propia de los razonamientos simultáneos y coincidentes de Abal Medina, de Rossi, de Fernández y de la propia Presidente (“Hay que hablar del peso y no del dólar”). Todos ellos reclaman a los argentinos que piensen en pesos, que ahorren en pesos, que se saquen el dólar de la cabeza.
Justamente porque sacan conclusiones de esas admoniciones, los ahorristas tratan de conseguir dólares y no escuchan los desmentidos del desconcertado viceministro de Economía, Axel Kicillof, que jura que no hay ningún plan de pesificación, que es falso que se vayan a prohibir las operaciones inmobiliarias o los contratos de alquiler o los paquetes turísticos en dólares. “Esto no es 2001”, afirma Kicillof. Y tiene razón.
Pero es el discurso (y los antecedentes prácticos) del gobierno el que induce el descreimiento. Porque si puede ser cierto que sería bueno pensar y calcular en la moneda argentina de curso legal, hay que admitir que esa moneda está sometida al desgaste intenso de una inflación que el gobierno ni siquiera reconoce, ni mide con precisión.
Si se trata de pensar en pesos, la política debería cuidar el peso. No es una ocurrencia absurda recurrir al dólar cuando –como señala en Clarín Alcadio Oña – “desde enero de 2007, cuando Guillermo Moreno empezó a meter mano en el INDEC, la inflación real acumula 189 % y el dólar oficial apenas 43 %, o sea, menos de la cuarta parte”.
Si la lógica del proteccionismo reside en forzar al público a comprar ciertos productos (aunque sean de menor calidad y mayor precio) y a descartar otros (aunque sean mejores y más baratos), el gobierno aplica esa lógica en relación con el producto monetario que emite. Y empieza a decir en voz alta que contradecir su decisión está muy mal, es “anormal”. La línea que separa de la criminalización lisa y llana no está demasiado lejos.
La irritación de Beatriz Paglieri (subsecretaria de Comercio y ex patroncita del INDEC de Moreno) con un periodista que le mencionó la “fuga de dólares”, es una metáfora de la imposición de tabúes: “¡Es un error transmitir eso, yo no puedo permitir que se diga eso!”.
Ironías de la situación, ese periodista dirige de un diario oficialista. Pero un tabú es un tabú. Es una prohibición. No se puede permitir.
Pensar en dólares es otro error (“Váyanse haciendo la idea”). Los que compran dólares, los que calculan en monedas estables, como los que hacen sonar cacerolas, son todos gente equivocada.
¿Por dónde empezará la rectificación?
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