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El monologo de Boudou: “Vamos por todos”

Redacción TN by Redacción TN
8 abril, 2012
in Jorge Raventos
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Boudou había estado hasta el miércoles 4 en el Sur: acompañó a la Presidenta en varios actos y junto a ella aparece en las fotografías. En casi todas se lo ve con una sonrisa profesional en el rostro, aunque la procesión iba por dentro. El vice sospechaba que, pese a la proximidad, le estaban soltando la mano.
 
Las cosas se pusieron peor después del allanamiento judicial de un departamento de su propiedad, en Puerto Madero, justo el miércoles 4. El operativo permitió a la Justicia encontrar evidencia de que el monotributista que hoy conduce la mayor imprenta  privada del país en condiciones de fabricar papel moneda, pagó expensas del departamento de Boudou. El juzgado federal a cargo del doctor Daniel Rafecas investiga al vicepresidente por negociaciones poco transparentes que concluyeron con la compra, por parte de  una opaca sociedad que preside ese monotributista presuntamente amigo suyo, los talleres  que fueron de la familia Ciccone . Según Laura Muñoz, esposa separada de dicho monotributista (Alejandro Vandenbroele), éste afirmaba ser “testaferro” del vicepresidente.
 
Raro, como encendido
 
Muy solo, en un Senado casi desierto, Boudou se presentó a una conferencia de prensa que, ya se sabe,  no fue tal (no admitió pregunta alguna),  desarrolló un errático discurso  de 40 minutos (“surrealista”, lo definió el diario madrileño ABC) , no dio respuesta a ninguno de los interrogantes que formula la opinión pública (más bien suscitó varios nuevos) y se dedicó a acusar a una amplia gama de empresas, instituciones y personas incluyendo a varias que forman parte del firmamento oficialista.  Tanta era la voluntad de inculpar del despechado vicepresidente que se proyectó al grado de  autoincriminación: reconoció haber sido objeto de al menos dos intentos de coima que nunca denunció a la Justicia. Y en uno de esos, relacionado con el caso Ciccone, señaló como autor al kirchnerista presidente de la Bolsa de Comercio, Adelmo Gabbi. 
 Insólitamente, Boudou confesó que había vuelto a recibir al –según él- autor de la impertinente propuesta una semana más tarde. También involucró en una maniobra análoga al estudio jurídico del Procurador General de la Nación, Esteban Righi, un camporista de la primera hora (en 1973 fue ministro de Interior durante el brevísimo gobierno de Héctor Cámpora) adscripto al sistema político kirchnerista.
 
Esas acusaciones, como las que dirigió al magistrado actuante (Daniel Rafecas) y, en general a la Justicia o las que lanzó contra los gobiernos de Santa Fé y la provincia de Buenos Aires causaron estupor; otras (a los medios, particularmente a Clarín y a su CEO, Héctor Magnetto; a los periodistas; a la empresa Boldt, sus dueños y ejecutivos  a quienes imagina titiriteros de sus desgracias) eran previsibles.
 
Si las últimas responden casi a un reflejo condicionado, son las primeras las que merecen un análisis más detenido. ¿Fueron el ruido y la furia de un hombre que se siente vapuleado y traicionado y trata de vengarse con palos de ciego? ¿O fue, más bien, un discurso calculado para advertir a quienes tuvieran que oírlo que es capaz de disparar “fuego amigo”?
Lo cierto es que el  solitario monólogo del vicepresidente fue una plegaria escuchada. Después de días (anteriores) de silencio oficialista sobre sus desventuras y de largas horas de ese mismo jueves, una (¿espontánea?) corriente de solidaridad pareció despertarse en el gobierno y se escucharon muchas, muchas voces oficialistas en respaldo a Boudou. Aunque no todas fueron unívocas ni mostraron fervor, ninguna se atrevió a reparos como los que en su momento alzaron Florencio Randazzo o Aníbal Fernández (“no pongo las manos en el fuego”). Es más, quizás por sus propios motivos, el vice bonaerense, Gabriel Mariotto, juró que él sí pondría las manos en el fuego por Boudou.
 
Tanta solidaridad tardía, ¿es, como apuntó un comentarista malévolo, la marcha fúnebre de quiénes sólo acompañan al muerto (político) hasta la puerta del cementerio? ¿O es algún remedio para curarse en salud? ¿Puede Boudou sentirse ahora plenamente respaldado por  sus compañeros de gobierno, tener esperanzas en que alguien despeje el área si, como teme, la Justicia lo sigue peloteando? ¿Y que puede esperar de su jefa y su círculo íntimo?
 
Dilema presidencial
 
Es conjeturable que la Presidente se encuentre detenida ante un dilema. Parece  evidente que la complicada situación actual (y futura) de su escolta – el hombre que ella  y nadie más que ella, pasando por alto su nula historia política, eligió como candidato a vicepresidente- está produciendo y producirá daños importantes a su gobierno, pero, ¿no sería un retroceso grave, un signo de debilidad dejarlo caer o alentar su salida a través, quizás, de una licencia por motivos de salud? Desde otro punto de vista, sin embargo, desentenderse (al menos en lo ostensible y mensurable) de la  suerte de Boudou, abandonarlo a su destino  judicial, ¿no puede ser una forma de vacunar al gobierno frente a cualquier ataque por temas de corrupción? ¿Es posible actuar al estilo Dilma Rousseff, que se desprende de ministros sospechados y cosecha aplausos? ¿No sería esta una manera de fortalecer al centro del poder aunque por un instante eso se interpretara como una seña de debilidad o un paso atrás?
En el pequeño entorno de la Presidente hay alguna voz influyente que opina que “Amado se tiene que defender solo”. Otros temen las repercusiones. En el seno del oficialismo hay muchas opiniones  encontradas.
 
Juan Pablo Schiavi  tuvo que dejar la secretaría de Transporte después de la catástrofe de Plaza Miserere. Se fue aplaudido. Boudou no piensa en irse. La acción de esta película avanza de modo vertiginoso.
 
Por otra parte, aunque los reflectores iluminan al vicepresidente, en otros rincones del escenario y también fuera de escena, se desarrollan otros conflictos de enorme potencialidad dramática.
 
 
¡A la carga, Barracas!
 
En la provincia de Buenos Aires, el vicegobernador Mariotto en tándem con  el grupo La Cámpora hostiga simultáneamente al gobernador Daniel Scioli y a la red de cuadros políticos y territoriales del peronismo provincial. Scioli es proverbialmente moderado y poco propenso a enroscarse en peleas, la dirigencia peronista bonaerense, en cambio, da muestras de hastío ante  los pujos hegemónicos del camporismo y se dispone a responder. Este mes se lanzará una corriente interna bajo el nombre La Juan Domingo que tiene ya muchos auspiciantes en toda la geografía bonaerense y, en primer lugar, en el Senado provincial, donde ya funciona una suerte de rama parlamentaria La Ballestrini, desde la que se resiste la ofensiva del camporismo y del vicegobernador. Esta es una batalla en curso, que de a ratos se mezcla con  el episodio Boudou pero que tiene lógica propia y va a dar que hablar.
Por otra parte, no cesan los  jaleos relacionados con YPF y con la política energética, que cargan cansancio en las espaldas del ministro De Vido, deseoso íntimamente (pero no tanto, porque lo difunde entre conocidos) de  dejar su cargo a la luz de su pérdida de poder y de los crecientes incendios que le piden que apague.  Ahora también uno con Petrobras: los neuquinos le quitaron un área que la firma brasilera venía explotando.
 
En voz baja y detrás de las cortinas se preparan, entretanto, nuevos episodios de la saga que encabeza Hugo Moyano. Hace meses que desde la Casa Rosada se trabaja sin éxito para desplazar al camionero de la secretaría general de la CGT. Moyano ya consiguió una primera victoria resistiendo en su puesto hasta  el momento del recambio normal: el congreso de delegados que ocurrirá en julio. Ahora, la mira del gobierno está puesta en ese congreso.   La paradoja del oficialismo es que ha elegido enfrentarse con la fracción más kirchnerista del movimiento obrero (Moyano) y para ello necesita apoyarse en los sectores más remisos al modelo K, aunque durante todos estos años se hayan alineado. El grupo de Los Gordos  se enfrenta con el dirigente camionero undamentalmente por los modales internos de éste, que aprovechó el período de Néstor Kirchner, entre otras cosas, para acrecentar el número de afiliados y el poder de su propio gremio y para repartir sesgadamente los beneficios del conjunto.
 
Aún suponiendo que  un frente anti-Moyano estuviera en condiciones de alcanzar una mayoría en el congreso de julio, es más que improbable que la futura conducción pueda volcarse al oficialismo.  Lo más plausible, si esos fueran los números, es que  se constituya un secretariado de unidad (quizás con un número uno confiable para el conjunto, preferiblemente surgido de alguna  organización chica, siguiendo el modelo que en su momento representó Saúl Ubaldini, del pequeño gremio de cerveceros). Y que esa unidad trabaje, más allá de los modales, con el mismo programa que hoy enarbola Moyano: sin topes para paritarias, sin topes para los salarios familiares, elevación del mínimo no imponible del impuesto a las Ganancias, devolución de los fondos que reclaman los gremios por obras sociales.
 
La voz de orden “Vamos por todo”, vociferada por el camporismo y, repetida de a ratos por la propia Presidente, no parece la más oportuna para un gobierno que tiene tantos frentes de tormenta abiertos, que exhibe tanto desorden y que, a cuatro meses de su inauguración, ha perdido veinte puntos de imagen positiva y  ostenta un vicepresidente herido en un ala y lanzado a  la ingrata carrera de monologuista.  El oficialismo necesitaría una consigna más adecuada a los hechos.
 
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Tags: El monólogo de Boudou: “Vamos por todos”Jorge RaventosOpinión
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