Su impronta, su calidad humana, su serenidad, su equilibrio, su estricto sentido de la justicia, sus conocimiento de la materia y de la vida, su sentido de la ética, marcaron nuestras vidas y nos transmitieron, en plena adolescencia, la importancia del mutuo respeto, el aprender a escuchar, la valoración adecuada al esfuerzo y al trabajo.
De él aprendimos que, jamás el fin justifica los medios, en ningún aspecto de nuestras vidas y que la violencia engendra más violencia y no es la base de sustento de la razón.
El nos enseñó que nunca un número es el fundamento de la verdad y que ésta siemptre es relativa.
Que era bueno entenderse entre los hombres, sobre la base de la libre expresión del pensamiento y de las ideas.
Nos enseñó que una sociedad no puede evolucionar si carece de una escala de valores con profundas connotaciones morales.
Aprendimos a comprender y aceptar que, quien cumple con los preceptos legales, recibe el premio justo y el amparo del Estado y que quien infringe la ley, debe recibir la sanción que la misma impone, por igual a todos nuestros semejantes.
Su diario ejemplo se manifestaba en cumplir con sus clases, en los días y horarios preestablecidos, sin permitirse ausencias injustificadas que interrumpieran nuestra formación.
Sus clases eran esperadas, por la riqueza de su contenido, por el formato de sus exposiciones y por su vocabulario, rico en expresiones y giros idiomáticos, siempre matizadas con anécdotas y ejemplos, que hacían las delicias de sus alumnos.
Jamás un ataque a personas, hechos ni instituciones. Sin levantar el tono de su voz, pero con la firmeza de su oratoria, segura de sus dichos y sólida en sus fundamentos.
Fallarle en un examen, era grave circunstancia, muy difícil de asumir.
Interrumpirlo cuando hablaba, era una falta de respeto impensada, hasta en el más displicente del curso.
Requerir su ayuda y su consejo, en los recreos, era algo común y verlo sonreír con sus respuestas, nos producía una inmensa paz.
Pertenecíamos a un Colegio Público, por entonces de jurisdicción nacional.
Daba sus clases con un saco marrón, de lanilla, con coderas de gamuza que daban cuenta del desgaste por el uso, con frío y calor. Usaba un pantalón azul de gabardina, planchado, pero con brillo de años. Completaba su vestimenta con una camisa blanca, una corbata y un sweater beige.
Era su uniforme personal. Por entonces, nosotros también asistíamos, no de uniforme, pero si con saco y corbata.
No tenía automóvil y se trasladaba en colectivo entre colegio y colegio para sumar horas.
Solía hablar de su querida familia, su esposa maestra y su única hija.
Estatura media, cabello corto y ojos claros que transparentaban un alma generosa y un espíritu sano y lleno de buenas intenciones.
Caminaba erguido, siempre con dos o tres libros bajo el brazo. Jamás mandó un alumno a la Dirección. Tampoco tuvo que soportar el desplante o el insulto de ninguno.
Lo vi al cruzar la calle, en un semáforo, temeroso de bajar el cordón de la vereda de enfrente, con su espalda ya vencida y su mirada apagada.
Me costó al principio, decidirme a hablarle. Finalmente me identifiqué y nos fundimos en un abrazo fraterno.
Lo invité a tomar un café, que aceptó, aclarando que pagaría él.
Me contó que su esposa había fallecido hacía unos años y que su hija había emigrado en busca de un trabajo digno.
Acto seguido, sacó de su bolsillo y me mostró su último recibo de haber jubilatorio y me dijo:”No debo haber cumplido bien con mis obligaciones laborales, si ésta es la recompensa para mi vejez”.
Y se puso a llorar………….
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