Hasta la ciencia puede ser contagiada por la política. La tiroidectomía que sufrió la señora de Kirchner el 4 de enero (“y lo peor de todo, sin necesidad”) se transformó con el paso de los días en eje de controversias que inclusive pusieron en debate la idoneidad de prestigiosos equipos médicos. Al fin de las discusiones, sin embargo, parece que el principal pecado de los profesionales que intervinieron en el diagnóstico y en la cirugía, este consistió en su excesivo acatamiento de los modos comunicacionales del gobierno.
En rigor, no fueron ni los patólogos ni los miembros del equipo encargado de la operación los que afirmaron desde el principio que la Presidente padecía un cáncer. El primer diagnóstico hablaba de rasgos “compatibles” con ese mal; es decir, mencionaban una situación eventual, probable pero no segura.
Salud, propaganda y poder
Fueron los equipos políticos (y médico-políticos) de la Casa Rosada los que, ante el hecho de que, en cualquier circunstancia (inclusive para descartar el diagnóstico) había que abrir a la paciente, decidieron comunicar a los argentinos no una enfermedad probable sino una certeza.
El tono del relato, irresponsablemente exagerado, se completó con la imagen de fondo de Eva Perón: a buen entendedor, no sólo palabras.
Los médicos intervinientes no quisieron (o no se atrevieron a) hacer aclaraciones.
Después de concretada la operación, extirpada la glándula y sentenciada la Presidente a suplirla, diariamente y de por vida, con una droga, se informó que el temido y anunciado cáncer no había existido; la opinión pública, junto con el alivio por la novedad, no pudo menos que preguntarse, sorprendida, cómo podía producirse un error de esa naturaleza con la salud de quien ocupa la jefatura del Estado.
Que los médicos del Hospital Austral recién emitieran un comunicado varios días más tarde, que los patólogos encargados de los exámenes no se expidieran sólo contribuyó a la confusión y el estupor.
Y a la sospecha: ¿qué le espera a un ciudadano de a pie en instituciones menos famosas y caras si a la Presidenta le pasó lo que le pasó donde le pasó?
Esa atmósfera de dudas podía haberse atenuado notablemente si el gobierno no hubiese jugado con las palabras desde el inicio, si no hubiese sobregirado el dramatismo y si la atmósfera de comunicación que impone habitualmente no tuviese los rasgos de rigidez, disciplinamiento y “militancia” que la caracterizan.
Véase otro ejemplo de rigidez: por orden del vicegobernador bonaerense –el cristinista Gabriel Mariotto- en los boletines de prensa que se distribuyen en el senado provincial no se incluyen recortes de los diarios La Nación y Clarín y en los despachos que de él dependen está prohibido comprar esos medios.
Imaginando el 2 de abril
El clima de confrontación y dramatismo parece impregnarlo todo. Y, en general, resulta contraproducente. Otro caso: el recalentamiento artificial de la cuestión Malvinas, un juego que termina beneficiando a aquellos a quienes se pretende afectar.
Parece claro que el oficialismo quiere pulsar la nota de Malvinas este año, cuando en abril se cumplen 30 años de la guerra que condujo el general Leopoldo Fortunato Galtieri.
Tres décadas atrás, el gobierno militar quiso envolver en la bandera patriótica los excesos cometidos durante el llamado Proceso (y la derrota en las islas terminó de hundirlo). En primera instancia pareció conseguir su objetivo: el 2 de abril la Plaza de Mayo se llenó de gente que vivaba la ocupación militar de Malvinas y a Galtieri, dos días después de que una gran demostración sindical liderada por la CGT (su secretario general era Saúl Ubaldini) enfrentara duramente al régimen castrense.
Las semanas que precederán el aniversario no se anuncian tranquilas: van a estar en marcha las negociaciones paritarias con gremios que resisten el tope que pretende la Casa Rosada; además, van a empezar a observarse las reacciones al ajuste de tarifas y la inflación se expresará, entre otros rubros, en los gastos del inicio de clases. Vaya uno a saber qué efectos habrá producido a esa altura el torniquete que Guillermo Moreno pretende imponer al comercio exterior. Ya puede entreverse la tentación de diluir esas tensiones con una guerra de palabras con Londres.
El sobregiro verbal, otra vez, es un juego que no perdona torpezas. El canciller Timerman vendió una obvia decisión solidaria de los países de la región como si se tratara de un desafío al Reino Unido y un virtual bloqueo de aprovisionamiento a las Malvinas. En rigor, el compromiso asumido por los vecinos estaba enmarcado en la más absoluta normalidad: no abrirán sus puertos a naves que no tengan una bandera legalmente reconocida. Un barco con la bandera de los isleños tiene tanta legalidad como uno que navegara aguas internacionales con el pabellón de la provincia de Buenos Aires o el de Entre Ríos: ninguna.
Asustado por unas declaraciones de Londres, Timerman reclamó a los vecinos que ratificaran su solidaridad. Pedía una sobreactuación y los vecinos volvieron a exhibir una solidaridad por la que Argentina queda en deuda. Al mismo tiempo ellos señalaron el límite: no atenderán naves con bandera malvinense, pero no dejarán de hacerlo con las que usen la bandera británica “o cualquiera otra legal”. Gran Bretaña consiguió ratificar así que las islas no sufrirán bloqueo comercial alguno.
El método Moreno
Mientras los países de la región respondían amistosamente al pedido del canciller argentino, el secretario de Comercio (y, en los hechos, patrón de la economía nacional), Guillermo Moreno, ampliaba la maraña de trabas a la importación, imponiendo un trámite de autorización previa que perturba la lógica productiva interna y es visto por los países que le venden a Argentina como una barrera al comercio.
“Si Argentina no fuera miembro de la Organización Mundial de Comercio y tuviera que solicitar hoy su ingreso, con estas prácticas no le permitirían el ingreso”, dictaminó un alto funcionario profesional del ministerio de Relaciones Exteriores.
El argumento de Moreno (y del gobierno) para justificar estas trabas es “la defensa de la producción nacional”: una vez más el recurso argumental consiste en envolverse en la bandera. La verdad es que la producción se ve perjudicada: la idea de “vivir con lo nuestro” es quimérica en un mundo que tiende a la integración productiva y la interdependencia. Centenares de productos argentinos requieren maquinaria, partes, patentes o energía importada. De hecho, la industria argentina importa más que lo que exporta y el superávit comercial está sostenido por el campo y la cadena alimentaria.
Las trabas provocaron esta semana suspensiones en la fábrica cordobesa de la Fiat y en una planta de motocicletas.
Así, las medidas de Moreno atacan lo que proclaman defender y ni siquiera servirán para su fin apenas disimulado: proteger las reservas y defender el tipo de cambio. En cambio quizás sean útiles para que algún vivo medre personalmente beneficiando a algunos mientras muchos se perjudican.
Cuando pérdidas y ganancias de las empresas dependen de una lapicera oficial, la víctima es la transparencia.
Cuando el relato desafía permanentemente la realidad, se abre una brecha tan difícil de salvar como la que hoy existe entre la inflación auténtica y la que dibuja el INDEC.
totalnews