Probablemente porque la victoria se había producido diez semanas antes, el martes 25 de octubre la sociedad argentina ya parecía haber dado vuelta la página de los votos del 23, los asumía como un hecho consumado y se disponía a discutir sobre lo que viene.
La atracción del dólar
La avalancha de sufragios (que le permitió a la señora de Kirchner transformarse en la mandataria más votada desde la recuperación democrática de 1983 y convertirse en escolta de Juan Domingo Perón por el porcentaje alcanzado) pareció estimular a quienes en las últimas semanas venían desplazando sus ahorros al dólar y ya desde el día siguiente al comicio el Banco Central tuvo que empeñar cuotas importantes de sus reservas para evitar que el valor de la moneda estadounidense se disparara.
Es que, cumplido el requisito de formalizar un triunfo que ya había ocurrido, los mercados y los ahorristas individuales ahora esperaban acción y precisiones: ¿con qué rumbo y con qué equipos asumiría la Presidente la nueva etapa? ¿Podían esperarse correcciones, habría medidas destinadas a frenar una inflación que amenaza el bienestar y el consumo por el que el gobierno fue entronizado, y habría decisiones tendientes a impulsar la inversión y la competitividad?
Con los votos ya contados, y a una velocidad vertiginosa, la Casa Rosada debía hacerse cargo de las expectativas, quizás contradictorias, que había tenido éxito en explotar en las urnas.
Una cita con Obama
La noticia de que el presidente de Estados Unidos quiere hablar con la señora de Kirchner esta semana, en ocasión de la reunión del G20 en Cannes, es probablemente otra prueba del peso de las expectativas. Como políticos de experiencia, los jefes de las potencias mayores pueden comprender que los períodos preelectorales obliguen a muchos gobiernos a eludir o postergar decisiones importantes. La victoria arrolladora de la señora de Kirchner y la magnitud de poder que, en virtud del dispositivo político del oficialismo, se concentra en su persona, la colocan ahora en situación de afrontar los temas pospuestos. Como exportador principal de alimentos, Argentina es un país de importancia estratégica para el orden global en un mundo en el que el hambre constituye un flagelo: esa condición también genera atención, expectativas y responsabilidades en un foro como el G20, del cual el país forma parte. Desde esas instancias Argentina ha sido señalada como una nación que no cumple con sus compromisos internacionales, no presenta estadísticas creíbles y posterga los procedimientos para corregirlas, elude el pago a sus acreedores, no cumple con fallos.
En un tejido mundial cada vez más denso, interdependiente y en busca de mecanismos de gobernabilidad planetaria, el interés de las naciones se defiende mejor con comportamientos asociativos que con conductas aislacionistas o marginales. Por caso, Argentina necesita acceder a los mercados de crédito y, en tales circunstancias se comprende mejor que nunca que pertenecer tiene sus privilegios (y no pertenecer, sus riesgos o castigos).
Distintas escuelas de pensamiento
Por cierto, a la sombra de la gran victoria electoral de Cristina de Kirchner, discurren diversas escuelas de pensamiento, diferentes miradas sobre el modo de responder a las expectativas. Algunos personajes parecen más concientes que otros de la importancia de mantener las puertas al mundo, si no abiertas de par en par, al menos favorablemente entornadas. Se atribuye al vicepresidente electo, Amado Boudou, una actitud menos reticente que otras a esa posibilidad, a la perspectiva de pagar la deuda al Club de París y recomponer las relaciones con el Fondo Monetario Internacional. En cualquier caso, si la conjetura se aproxima a la verdad, hasta el momento Boudou se cuida mucho de exteriorizarlo en público; sólo se habría permitido algún sinceramiento en reuniones chicas, pero los trascendidos no lo favorecieron: alguien en la Casa Rosada llegó, con ánimo poco elogioso, a atribuirle “los mismos argumentos de Brito” (en referencia al banquero Jorge Brito, titular de ADEBA).
El aún ministro de Economía –secretea un allegado- considera que a través de un reingreso al circuito virtuoso del crédito internacional se puede cumplir con la expectativa de los votantes (mantener niveles de consumo y relativo bienestar) sin conflictos internos de magnitud. El endeudamiento permitiría postergar problemas para un futuro quizás más cómodo.
Aunque en los últimos tiempos no escasearon las versiones sobre una preferencia presidencial por los criterios de Boudou, las decisiones que asumió el gobierno esta semana para cortar la fuga de ahorros hacia el dólar parecieron abrevar en otra biblioteca. El uso de medidas de policía impositiva (y de efectivos de la Policía Federal) para disuadir a los compradores de la divisa estadounidense y los sorpresivos cambios de reglas aplicados a aseguradoras, mineras y petroleras parecen más inspirados por el estilo que habitualmente emplea Guillermo Moreno en su área (y en misiones especiales que le son asignadas).
Se verá qué resultado se obtiene con esos procedimientos, que ciertamente no han sido eficaces, por ejemplo, para neutralizar la inflación. En cualquier caso, que éste camino haya conseguido el aval presidencial prueba, al menos, que hay en el gobierno una lúcida preocupación por lo que la fuga hacia el dólar revela y desata. Pero, ¿la desconfianza puede contenerse con políticas represivas?
La atracción del dólar había tenido como efectos, además del empeño de reservas para evitar que el tipo de cambio se disparara, una caída de los depósitos, que a su vez provocó que los bancos (para tratar de retenerlos) levantaran el nivel de las tasas. La presidenta del Banco Central, a quien se adjudican posturas “productivistas”, había instado a las instituciones financieras a no hacerlo, pero no fue atendida. La ANSES, por su parte, echó combustible a esas llamas retirando del sistema bancario (sin excluir los bancos oficiales) unos 5.000 millones de pesos en depósitos. Lógicamente esa suma de elementos encarece el crédito para las empresas, particularmente para las pequeñas y medianas.
La decisión de la Presidente de afrontar estos desafíos con la “biblioteca Moreno” constituye para muchos una señal del rumbo que piensa adoptar. Quizás precipitadamente (¿no convendría esperar al menos hasta la importante charla que ella mantendrá en Cannes con Obama?), algunos analistas sostienen que ya optó por “más de lo mismo” o -¡peor aún!- por la “profundización del modelo. Hay que admitir que los primeros reflejos inducen a esa conclusión. Si ese fuera el camino definitivo, se afirma que podría encarnarse en la designación del titular de la AFIP, Ricardo Echegaray, como sucesor de Boudou en el Palacio de Hacienda. Y que, en ese caso, los fondos que no llegarían por nuevo endeudamiento internacional, saldrían de alguna “caja” local (PAMI, obras sociales, bancos). Esa sería la forma de cumplir con el mandato recibido (mantener el consumo) a través de la profundización del modelo. ¿Conflictos? Esperan contenerlos merced a la hegemonía parlamentaria e impulsando el “acuerdo social” con sindicatos y un sector empresarial al que observan predispuesto a escuchar al gobierno.
Bajo el nombre de Néstor
Sin embargo, dentro de la misma coalición oficialista, la CGT ha salido a plantear su propia versión de la “profundización del modelo”. Tanto Hugo Moyano, como sus hijos Pablo (titular de Camioneros) y Facundo (diputado recién electo y secretario general de los trabajadores de autopistas), así como varios dirigentes de la central de la calle Azopardo, han izado las banderas de la participación sindical en las ganancias de las empresas y la urgente elevación del mínimo no imponible para los asalariados (de 8.000 a 12.600 pesos para trabajadores casados con dos hijos).
Hugo Moyano proclamó que esta profundización del modelo es la que quería Néstor Kirchner; Pablo Moyano advirtió que los camioneros serán “los primeros en salir a reclamar en los próximos días” y Facundo, explicó (con argumentos que alguno podría imputar de “neoliberal”) que: “da bronca, porque firmás un aumento por equis valor y a fin de año te lo sacan por el impuesto a las ganancias. Al final trabajás para el Estado”.
Apoyándose en la herencia de Néstor Kirchner, la CGT interpreta el triunfo electoral como una señal para que el gobierno avance en reformas postergadas. Claro está, el reclamo dificulta la posibilidad de acuerdos con el empresariado con que especulan otros sectores de la misma coalición. Hay una verdadera explosión de expectativas.
Ungida por más de la mitad de los votantes, la gran tarea que recae sobre la Presidente es administrar esa pesada victoria y hacerse cargo de esa suma de expectativas.
Sería una ilusión pensar que esta etapa recién se inaugura en diciembre. Ya empezó.
Jorge Raventos