Porque sí, es la percepción generalizada de una sociedad que, atónita, asiste a los cotidianos perjuicios de encontrar obstáculos para su vida cotidiana, ante la presencia de algún grupo que reclama por los más diversos motivos.
Lo que debería ser una vía excepcional, reservada para casos extremos y fundados en razones de estricta justicia, se ha convertido en moneda corriente en la Argentina de hoy, al punto que hemos naturalizado y a muchos, ya no sorprende la variedad de alternativas que deben ensayar para hacer en cada momento, lo que otros no le permiten hacer.
Desde la circulación por una calle, la realización de un trámite en un edificio tomado, el asistir a clases cuando un grupo resolvió que lo primero son sus demandas, todas son aristas de un mismo y complejo problema y que es la idea que comienza a arraigarse en el imaginario colectivo, que nada es más importante que el reclamo propio, y que en su defensa y protección poco importa lo que le pasa al resto.
Esto fomenta un quiebre de la solidaridad natural que debe imbuir los vínculos de los ciudadanos que se proyectan desde su realidad local en el anhelo de un crecimiento que se integre a un país del que son parte.
El riesgo que se advierte además, es que los grupos que embanderan sus reclamos y los esgrimen a través de vías de hecho, son cada vez más, pero paradójicamente, sus integrantes son menos. Esto da cuenta del nivel de fragmentación de una sociedad que no encuentra el camino para conciliar objetivos comunes y en la que cada uno se preocupa solo por “sálvese quien pueda”.
Y en este contexto, un “modelo” que ha eliminado al esfuerzo y al trabajo como base de la construcción de una sociedad, no hace más que acrecentar esa percepción que nos conduce necesariamente a una degradación de la sociedad.