No son preguntas ociosas. Las respuestas que se han ensayado al respecto permiten dividir la geografía de la política latinoamericana en dos franjas: la primera, con vastos territorios y población numerosa, en que se ubica la mayoría de nuestros países, y la segunda, mucho más reducida, donde Venezuela, Nicaragua y algunas naciones oscilantes -entre ellas, la nuestra- resisten esa tendencia predominante.
Este cuadro, a primera vista esquemático, requiere introducir algún matiz. Ya no se trata, en efecto, de confrontar como antaño, en clave revolucionaria, el modelo cubano con el resto de América latina (modelo que el propio Fidel Castro, desmentidas de por medio, ha reconocido que ya no funciona), sino de registrar el hecho de que estas hegemonías se levantan sobre una legitimidad de origen basada en el sufragio y una legitimidad de ejercicio que subordina las instituciones a los apetitos del Poder Ejecutivo.
Por consiguiente, para que estas hegemonías aseguren su propia duración merced al reeleccionismo, deben ganar las elecciones contra viento y marea. Este dilema habrá de plantearse en Venezuela en los próximos días, cuando el 26 de este mes la ciudadanía concurra a las urnas para renovar la asamblea legislativa. Es una prueba de fuego, porque no es lo mismo plantear una elección en un régimen que pretende rehacer la política, la sociedad y la historia representando a todo el pueblo que hacerlo en una democracia normalizada donde la disputa circula por carriles aceptados tanto por el gobierno como por las oposiciones.
En el primer caso, en los comicios se pone en cuestión la supervivencia de un régimen político encarnado por un liderazgo de ruptura con el pasado; en el segundo, las elecciones buscan cambiar o ratificar al partido gobernante en el marco de un régimen que no se discute en sus cimientos básicos. De estas diferencias de fondo se deduce el dramatismo que invade una contienda imbuida de lenguajes belicistas y estrategias de eliminación del enemigo. Este es el perfil del chavismo: su jefe es un comandante; el ejército y el pueblo, sus apoyos principales, y las organizaciones oficialistas, sus redes de mediación.
Para seguir avanzando en semejante trayecto, estos regímenes deben sumar, al apoyo en las urnas y al manejo discrecional de las instituciones, una efectiva legitimidad de resultados. Si quieren durar, las hegemonías deben ser exitosas, satisfacer a su clientela principal (los sectores más bajos, a quienes buscan redimir de la explotación arrancándolos de la pobreza) y contener al resto de la sociedad, plasmando en la realidad la imagen de omnipotencia que brota de los discursos y de la propaganda encasillada en un creciente conjunto de medios oficialistas.
Hasta la crisis económica de 2008, este montaje parece haber funcionado satisfactoriamente para Chávez. Después cayó la noche con un bajón en los precios del petróleo que socavó una economía primitiva, poco diversificada, con servicios públicos deficientes y aquejada por manejos corruptos. Si bien los niveles de pobreza habían caído antes de la crisis internacional, una mezcla espesa de recesión, aumento del desempleo, inflación y criminalidad está produciendo estragos en la sociedad.
Más de 30% de inflación, alrededor de 19.000 homicidios el año pasado, encuestas que, en torno al 36%, reflejan la popularidad más baja de Chávez en los últimos años: Venezuela parece a punto de caerse del mundo en momentos en que un lote de naciones -Brasil, el propio México pese a la agresión del narcotráfico, Chile, Colombia Perú y Uruguay- están resueltas a participar con más vigor en el sistema económico internacional (obsérvese bien: para los estándares internacionales, la Argentina no forma parte de este grupo).
Dado este encuadre, sería sencillo, en democracias normalizadas, pronosticar una derrota. Cualquier análisis electoral admitiría que el miedo no es un buen consejero para apoyar un gobierno cuando el sufragio se emite en condiciones de inseguridad y vertiginoso aumento de precios. Sin embargo, esta conjetura tiene menos probabilidades de llegar a buen puerto en el contexto de un régimen hegemónico. Allí, los caminos hacia una hipotética derrota están al menos vinculados con estos tres escenarios: que no haya fraude en las urnas y en el escrutinio; que, dado este presupuesto, las oposiciones tengan capacidad para atraer a la ciudadanía y ofrecer así un freno convincente; que, por fin, en esa contienda no se ponga en juego la presidencia sino la composición del Poder Legislativo.
La trama que se desenvuelve en este último escenario la hemos podido verificar en nuestro país después del 28 de junio del año pasado: aunque sin vaciarse con exactitud en el molde chavista, nuestras hegemonías no perdieron impulso en el caso de un tropiezo en comicios legislativos. Lo que vendría a demostrar que la hora crucial, aquella de las grandes apuestas a todo o nada, hace sonar su campana en el trance en que se ponga en juego la titularidad del Poder Ejecutivo. Chávez ya perdió una vez, pero, mientras mantenga las riendas de la presidencia, una segunda derrota no implicará necesariamente un cambio de régimen. Más bien, este fracaso podría abrir curso, como lo hemos comprobado entre nosotros, a una renovada tanda de conflictos y enfrentamientos. En la definición misma de hegemonía está inscripto su carácter agonal.
Quedará en manos de Chávez resolver si este rasgo podría modificarse con objeto de instaurar otro estilo de gobierno. La experiencia argentina no es, en este sentido, gratificante. En lugar de buscar acuerdos con la oposición, el kirchnerismo apretó el acelerador, utilizó al "Congreso rengo" con mayoría propia, que sobrevivió entre junio y diciembre de 2009, para dictar las leyes de medios audiovisuales y de internas abiertas, y no dejó de confrontar, en momento alguno, con antiguos y nuevos enemigos. Aunque los avances hegemónicos hayan sido en la Argentina menores que en Venezuela, lo acontecido por estos lares, luego de las elecciones legislativas, es un espejo donde otras sociedades pueden mirarse.
El poder como fin y no como medio. Según la perspectiva que ofrecen estos años, las hegemonías producen un desperdicio de oportunidades. Pretenden construir una nueva historia (un relato alternativo, como suelen decir) y no hacen más que obstaculizar aquello que, en conjunto, podría alcanzarse. Representan la parábola de un salto hacia adelante, a partir de crisis profundas en los sistemas de representación, que como un bumerán se vuelve en contra de quienes las concibieron y expandieron.
Personalistas y decisionistas, en las hegemonías los conflictos se funden con los personajes que los desencadenan. Los griegos llamaban a esta dialéctica de las pasiones hubris y nemesis : la desmesura y el desenlace fatal que sobreviene a esos actos. A diferencia de estos sentimientos trágicos de la polis antigua, para la filosofía de una sociedad abierta nada es fatal en la historia, pero depende de la virtud de las oposiciones que estos procesos se reorienten hacia fines más constructivos.
fuente lanacion