Mitos y verdades a 100 días de la cuarentena en el país

Con un virus que en poco menos de seis meses barrió con el mundo tal y como lo conocíamos, impuso restricciones a los habitantes de numerosas naciones, y puso a prueba a

científicos y médicos a nivel global en una batalla contra un enemigo desconocido, las dudas que se transforman en certezas, y viceversa, se vuelven noticia casi en paralelo a los reportes diarios del avance del coronavirus alrededor del planeta. 

Es que incertidumbre y dinamismoson características centrales de esta pandemia, en la que la población mundial es suceptible de contraer un virus nuevo, para el que por el momento no hay vacuna​ ni tratamiento específico y efectivo que puedan ponerle freno. 

En efecto, a 100 días de iniciada la cuarentena que seguirá vigente (al menos) hasta el 28 de junio en la región del AMBA (en otras provincias y ciudades del interior de Buenos Aires ya están experimentando la “nueva normalidad”), y a casi seis meses desde que científicos chinos identificaron que el origen de decenas de casos de una neumonía atípica en Wuhan, provincia de Hubei, era un nuevo coronavirus, al ritmo de su veloz propagación por el mundo, investigadores de diversas áreas, médicos y autoridades sanitarias van aprendiendo sobre la marcha y a contrarreloj de qué se trata el SARS-CoV-2,
causante de la enfermedad Covid-19.

En ese devenir de estudios cruzados, pruebas, contrapruebas, avances y retrocesos que no solo competen a la comunidad científica, puesto que igual de efectivas o ineficaces resultan las medidas y políticas preventivas que establecen cada uno de los países alcanzados por la pandemia, el coronavirus ya provocó más de 7,2 millones de casos y más 411.000 muertes. “Estamos escribiendo el libreto sobre el escenario”, graficó en una entrevista con Clarín el infectólogo Pedro Cahn, integrante del comité de expertos que asesora al Gobierno.

En un contexto de inexperiencia, las preguntas superan con creces a las respuestas y el potencial (“causaría”, “funcionaría”, “mejoraría”) es el que manda en todas las novedades investigaciones que se hacen públicas. Y así, cuestiones que al principio parecían irrevocables o afirmaciones sin el debido sustento empiezan a caer por el peso de la evidencia. También hay casos en los que aún sin grandes adelantos en ese aspecto, el avance de la pandemia y la situación epidemiológica fuerzan los cambios.

Las idas y vueltas que provoca la investigación de una nueva enfermedad echa por tierra muchas verdades, y vuelve certezas a muchas dudas. (Photo by RONALDO SCHEMIDT / AFP)

Las idas y vueltas que provoca la investigación de una nueva enfermedad echa por tierra muchas verdades, y vuelve certezas a muchas dudas. (Photo by RONALDO SCHEMIDT / AFP)

Claro ejemplo de este punto es lo que ocurrió con la recomendación del uso de barbijos, primero, y con la posibilidad de contagio de los pacientes asintomáticos, y el uso de la hidroxicloroquina para el tratamiento de la enfermedad, un tiempo después. Entonces, ¿qué sigue vigente y qué no a 100 días de estar aislados en casa?

La comparación con la gripe

Cuando los casos de Covid-19 no se contaban por millones y el número de muertes no tenía la dimensión que tiene en la actualidad, era frecuente la comparación de la amenaza que representaba el coronavirus con la de un virus mucho más conocido, el de la influenza. Es que tanto la covid como la gripe son enfermedades respiratorias que se transmiten por contacto con las gotitas expelidas al hablar, toser o estornudar, producen síntomas parecidos y pueden provocar desde infecciones asintomáticas o leves hasta cuadros graves y muertes.

Pero si bien se tardará un tiempo en determinar con exactitud la verdadera tasa de mortalidad del Covid-19, en una conferencia de prensa el 13 de abril, el director de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom Ghebreyesus, advirtió que estamos ante una amenaza mucho más grande. “Sabemos que la Covid-19 se propaga rápidamente y sabemos que es letal: 10 veces más que el virus H1N1, responsable de la pandemia de la gripe de 2009”. En el caso de la gripe estacional, la tasa de mortalidad suele ser muy inferior al 0,1%.

Si bien la letalidad real de Covid-19 terminará bastante menor a la registrada hasta ahora (porque se estima que hay un número mucho mayor de infecciones reales que las notificadas, más allá de que los registros se vienen ajustando con el avance de la pandemia), en la actualidad se ubica en torno al 6% y el 7%, pero con amplias diferencias entre países. En Argentina es del 2,94%, mientras que en Francia, Inglaterra e Italia llegó a alcanzar el 15%.

Una Londres vacía durante la cuarentena tardía que ordenó Boris Johnson. La medida se decidió cuando la pandemia ya pisaba fuerte en el país, y hasta el propio primer ministro se contagió el coronavirus. EFE/EPA/ANDY RAIN

Una Londres vacía durante la cuarentena tardía que ordenó Boris Johnson. La medida se decidió cuando la pandemia ya pisaba fuerte en el país, y hasta el propio primer ministro se contagió el coronavirus. EFE/EPA/ANDY RAIN

El fiasco de la “inmunización natural”

En enfermedades virales como el sarampión, por ejemplo, la inmunidad colectiva es la principal herramienta para proteger a los grupos vulnerables (los menores de un año y las personas inmunocomprometidas que no pueden vacunarse, entre otros). Cuando las coberturas de vacunación dentro de la población son elevadas (la Organización Mundial de la Salud recomienda un 95% para el sarampión), la comunidad funciona como un escudo protector para que el virus no llegue a quienes tienen más riesgo de enfermar gravemente.

La inmunidad colectiva o de rebaño contribuye a reducir el número de personas suceptibles a infectarse. Generada por las vacunas, es una alternativa deseable y segura. Intentar conseguir eso con un virus nuevo para el que no hay antídoto y en el medio de una pandemia que avanza en el mundo con millones de casos y centenares de miles de muertos, liberando a las personas para que se “inmunicen” naturalmente ya demostró ser una opción destinada a un rotundo fracaso.

El mejor ejemplo de eso lo ofrece el Reino Unido. La primera estrategia del primer ministro Boris Johnson para enfrentar al coronavirus fue precisamente no hacer nada, quien desistió de implementar medidas de aislamiento como lo hacía buena parte del mundo.

La idea de dejar que el virus circule entre la comunidad para que gran parte de la población se infecte rápidamente y desarrolle anticuerpos contra el virus no hizo más que colapsar al sistema de salud y elevar drásticamente el número de muertes. Incluso Johnson terminó contrayendo el virus y pasó unos días en terapia intensiva.

Epidemiólogos del Imperial College de Londres pronosticaron que de seguir con esa política, se producirían 250.000 muertes. El premier impuso finalmente un cambio de estrategia y dispuso la entrada en cuarentena.

La “verdad” que había guiado la primera política (el no hacer nada) se había caído. El Reino Unido pagó las consecuencias de no haber tomado medidas a tiempo: es el país con más muertes de Europa (ronda las 50.000) y el segundo a nivel mundial detrás de Estados Unidos. 

Las impactantes imágenes de China después se trasladaron al resto del mundo. EFE/WU HONG

Las impactantes imágenes de China después se trasladaron al resto del mundo. EFE/WU HONG

“Todos los modelos mundiales de intentos de que toda la gente se inmunice han salido mal, porque la tasa de ataque, de transmisibilidad y la letalidad en grupos de personas grandes es tan alta, que cualquier aumento de serología en la población se filtra hacia personas mayores que después son las que se van a morir. Eso es lo que le pasó a Boris Johnson (en el Reino Unido), es lo que le está pasando a Suecia y a otros países que dijeron ‘vamos a dejar que esto circule’ y la situación se les ha complicado”, afirmaba a Clarín Omar Sued, presidente de la Sociedad Argentina de Infectología (SADI) y también integrante del comité de expertos que asesora al Gobierno.

No, la cuarentena no es una cuestión china

Tras reportar el inicio del brote de coronavirus, la provincia de Hubei, en China, fue la primera en cerrarse y declarar una estricta cuarentena que, hasta ese momento, el resto de los países seguían desde las pantallas como si fuera una película de cine catástrofe imposible en sus escenarios, donde la vida seguía por los carriles de la normalidad.

Cuando los argentinos todavía llenaban las playas y otros destinos turísticos y compartían mates y asados; cuando la torre Eiffel, el Coliseo Romano y el Central Park experimentaban su habitual ebullición; sobrevolaba la idea de que cerrar fronteras, escuelas, cines, teatros, pero sobre todo confinarse dentro de las casas por un tiempo indeterminado para contener la propagación del coronavirus era algo inconcebible en países del mundo occidental.

La creencia no tardó en caerse sola frente a la confirmación de que ante un virus pandémico para el que no hay inmunización ni tratamiento a corto plazo, el aislamiento físico es la medida más efectiva para reducir su circulación y su consecuente impacto en la salud. El coronavirus terminó poniendo a medio planeta en cuarentena. Y la verdad que ya es irrefutable por estos días -y que se presumía ya desde el inicio- es que entrar es bastante más fácil que salir.