El rostro digital de San Martín: los rasgos actualizados del Padre de la Patria

Su mirada era vivísima; ni un solo momento estaban quietos aquellos ojos; era una vibración continua la de aquella vista de águila: recorría cuanto le rodeaba con la velocidad del rayo.

La

descripción de Gerónimo Espejo, un militar mendocino que integró el Ejército de los Andes, le calza justa a Teo Ghigliazza, que hoy tiene 7 años pero aquella tarde levantaba cuatro delgados deditos si algún vecino de Pueblo Esther le preguntaba la edad. Allí donde comienza a inclinarse el taco de la bota de Santa Fe, a 18 kilómetros de Rosario, la diversión eran las cabras, nutrias y pavos reales en patios o quintas de los 12 mil habitantes de la localidad, pero también el estudio de papá.

“¿Ése quién es?”, preguntaba señalando el monitor de la PC. “Es San Martín​, hijo”, respondía Ramiro Ghigliazza, y con la ruedita del mouse, mientras visitaba sitios de historia, formaba un ejército profesional con paisanos humildes y esclavos, combatía en San Lorenzo y atravesaba los Andes para liberar a Chile y Perú. Desafiaba al tiempo y a la curiosidad de su hijo mayor.

“¿Y ése, pa?”, apuntaba el nene. “También es San Martín. Son todas pinturas de la cara de San Martín, Teo”, le devolvía el padre con una chispa de duda prendiéndole el ceño.

Teo, el hijo mayor de Ramiro Ghigliazza, inspiró la idea del cuadro cuando hizo dudar a su papá sobre las diferencias entre los distintos retratos de San Martín. (Juan José García).

Teo, el hijo mayor de Ramiro Ghigliazza, inspiró la idea del cuadro cuando hizo dudar a su papá sobre las diferencias entre los distintos retratos de San Martín. (Juan José García).

Hoy Ramiro Ghigliazza tiene en el mismo escritorio un recorte del diario La Prensa de 1960. Una amarillenta nota, titulada “Los rostros de San Martín”, revolvía el enigma que hace cuatro años se convirtió en revelación para el diseñador gráfico nacido en Morón: cómo era la verdadera cara de San Martín. A partir de la inocente pregunta de su hijo comenzó una investigación ardua, surcó la historia de nuestra independencia y creó un retrato digital e hiperrealista del Libertador de América que hoy hace fuerte ruido en los cimientos del mundo sanmartiniano.

Su obra es igual a una foto. Siguió testimonios de contemporáneos que habían descripto al mayor héroe argentino, usó de modelos a personas que compartían rasgos o facciones, cotejó cada detalle con uno de los cuadros más famosos y con el daguerrotipo de 1848, cuando el General tenía ya 70 años, y creó un José Francisco de San Martín de 40 años con una mirada negra y desafiante como la de Teo cuando le preguntan si le gusta más Batman o nuestro prócer.

“No medí todo lo que se podía venir”, admite Ghigliazza, que a los 44 años recibió una distinción en el Congreso de la Nación, un reconocimiento del Instituto Nacional Sanmartiniano y la atención de figuras destacadas de la cultura como León Gieco o Juan José Campanella.

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“Yo no soy historiador, ni siquiera sabía demasiado sobre San Martín cuando empecé. Mi sueño máximo es donar la imagen a las 13.500 escuelas rurales de Argentina. Y después, a todos los colegios de nuestro país, Chile y Perú”, dice a Clarín en la oficina donde trabaja haciendo diseños web para empresas nacionales y extranjeras, pero que ahora, además de esculturas abstractas y un cuadro del Che, está atiborrada de “sanmartines”.

Ghigliazza tiene, además, otro proyecto para su obra: instalar una réplica del cuadro en todos los lugares emblemáticos de la vida de San Martín. “Ya está en San Lorenzo, donde fue el combate de 1813, y quiero llevarlo a Yapeyú (lugar de nacimiento), Mendoza (donde gobernó y gestó el Ejército de los Andes) Maipú, Lima (sedes en Chile y Perú de las batallas libertadoras más importantes tras el cruce de la cordillera), Boulogne-sur-Mer (Francia, donde murió) y Cervatos de la Cueza (España, pueblo de su casa materna)”, explica.

El prócer al que no le gustaba posar

Que si los padres eran españoles o fue hijo de Diego de Alvear con una niñera guaraní. Que si pesó más su faceta militar estratega que la del político revolucionario. Supuestos romances, su costado masónico, los encuentros con Napoleón y Bolívar… los enigmas atribuidos a la vida de José de San Martín son muchos, varios alimentados por el imaginario novelesco de quienes los expusieron. Uno de ellos es la diferencia entre los retratos que le hicieron a lo largo de su vida.

A San Martín no le gustaba posar, aunque parte de la rutina protocolar de las figuras políticas del 1800 fuera hacerse inmortalizar por artistas prestigiosos. “Siempre hay que distinguir, en cada cuadro suyo, si posó o si el artista lo hizo de memoria”, explica Roberto Colimodio, historiador y autor de libros como San Martín más allá del broncey Repatriación de los restos del General San Martín.

“A las figuras políticas y militares, en los años de la Independencia, se las ‘embellecía’, por decirlo de algún modo. Se omitían cicatrices, arrugas, se cambiaban detalles. Se cree que una de las últimas veces que San Martín posó fue en 1828, en Bruselas, para el artista Jean Baptiste Madou. Así lo registró en una carta que mandó a su amigo Guillermo Miller, que estaba escribiendo sus memorias y le pidió que le enviara un retrato para incluirlo”, explica Colimodio.

En palabras del Libertador sobre ese cuadro: “Los que lo han visto dicen que aunque se parece bastante me ha hecho más viejo y los ojos se encuentran defectuosos (…). Al fin yo he cumplido con su encargo asegurándole que será el último retrato que haga en mi vida“, escribió ya en el exilio a los 50 años, en la carta al general con el que cruzó la cordillera.

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