Beatriz Sarlo se lo encontró en una esquina. Eran los días finales de 1981, iban y venían de la vieja editorial Losada y Flores robadas en los jardines de Quilmes llevaba vendidos más de trescientos mil ejemplares. “Leí tu novela y no me gustó”, le dijo ella sin pestañear. Jorge Asís le sonrió bajo el bigote renegrido y le palmeó el brazo: “No me preocupa, Beatriz, vengo a cobrar los derechos de autor”.Por Jorge Fernández Díaz