Ninguno de los dos fue a la reunión cimera de ayer por las mismas razones. Cristina Kirchner está desplegando un proyecto, cada vez más ostensible, de acumulación de poder para comenzar en algún momento una negociación con los holdouts y también para conservar su liderazgo político más allá de la presidencia.
El Papa tiene preocupaciones más inmediatas: preservar la paz social en su país y contribuir a que el proceso político llegue a diciembre del próximo año sin sorpresas ni arrebatos. Los dos han dejado los viejos sentimientos para el ámbito privado. Ahora son dos jefes de Estado. Cristina habló de las cosas de su conveniencia después de almorzar con el Papa.