Siete días le demandó al gobierno asimilar el impacto de las cacerolas del 13 de septiembre y es posible que todavía no haya terminado de digerirlo. La reacción del oficialismo se balanceó contradictoriamente entre la necesidad de contener y estimular a su desconcertado frente interno y la esforzada (y por instantes fallida) cautela presidencial, preocupada por no provocar más reacciones.