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Los incendios en la Amazonia, otra expresión de la desigualdad en Brasil

Redacción TN by Redacción TN
28 agosto, 2019
in Internacionales
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Lógicamente, en el país de billonarios magnates agroindustriales y mano de obra esclava, las decenas de miles de incendios que arrasan las degradadas selvas brasileñas tiene mucho que ver con la

extrema desigualdad.

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Los pirómanos, por un lado, son los más ricos: grandes hacendados que deforestan las selvas –amazónicas y otras– para dar entrada a millones de cabezas de ganado, materia prima para las multinacionales cárnicas más grandes del mundo.

Y, por otro lado, son los pobres: pequeños agricultores sin tierra que deforestan o queman el bosque para cultivar unos frijoles. Otros que sacan la madera. O mineros pobres conocidos como garimpeiros, como los 20.000 que han entrado este año en la reserva indígena de yanomani quemando y talando arboles en su búsqueda desesperada de oro. Se suele atacar a estas actividades extractivas –a veces bajo el control de la delincuencia organizada–, pero son el resultado de la pobreza.

Las dos clases de fuego y deforestación –rica y pobre– se ven en la Amazonia y también en la llamada “frontera de la soja” del interior, donde se ha destruido el 40% de los bosques en el último decenio, casi un millón de hectáreas, para allanar el terreno para los monocultivos de soja, maíz y algodón.

Parte de la quema de bosques tiene como objetivo comerciar madera. /AP

Parte de la quema de bosques tiene como objetivo comerciar madera. /AP

Aquí los incendios han sido un arma del monocultivo. Los grandes hacendados, algunos millonarios del sur brasileño, otros fondos de inversión con sede en Wall Street, deforestan y queman para plantar el commodity más demandado del siglo XXI.

A diferencia de Amazonia, lo hacen dentro de la ley, ya que se permite destruir el 80% de la vegetación autóctona en esta parte de Brasil (en Amazonia, sólo el 20%). Pero los incendios no res­petan los porcentajes. La ONG ­estadounidense Mighty Earth usó drones para comprobar que “tractores arrancan los árboles y luego usan incendios sistemáticamente para quemar lo que queda; muchos se descontrolan”.

Sin embargo, las llamas que se acercaban el pasado domingo a la parcela de la familia Oliveira en un campo cerca de la capital de la soja de Barreiras no eran obra de los reyes de la soja.

“Este fuego no es de grandes hacenderos; lo ha provocado la gente de aquí para el roçado” (cortar y quemar para preparar el terreno para la siembra), dijo Gilson, de 48 años, que despejaba los alrede­dores de su parcela para que el fuego no llegara a una infravivienda de madera. Lo más probable es que el fuego fuera provocado por una de las mismas familias de campesinos que han invadido esta tierra para plantar yuca, frijoles, sésamo y así no pasar hambre.

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“No hay trabajo en la ciudad, y el empleo que hay no da para pagar el agua, la luz, así que vinimos aquí a vivir y a sembrar”, dijo Gilson, uno de los miles de víctimas de una economía recalentada por el boom de la soja que enriquece a unos, mejora la vida de bastantes, pero deja en la pobreza a una gran parte de la población originaria.

Una zona deforestada cerca de la ciudad brasileña de Porto Velho, en la Amazonia. /AP

Una zona deforestada cerca de la ciudad brasileña de Porto Velho, en la Amazonia. /AP

“Aquí hacemos trueque, cambiamos una gallina por unos kilos de frijoles”, cuenta. Detrás, las llamas anaranjadas convertían los resistentes árboles del “cerrado” brasileño en esqueletos negros.

La humareda tapaba la carretera por donde enormes camiones bajaban hacia las fábricas de las multinacionales exportadoras de Cargill y Bunge cargados de soja, que sería procesada y exportada como alimento de pollos y cerdos a Europa y China. Al otro lado de las parcelas, un mamífero grande, tal vez un jaguar, o un lobo amelenado, cruzó, solitario, el paisaje destruido, huyendo de las llamas.

“El fuego es normal aquí para preparar la tierra antes de plantar, pero este se ha descontrolado. Hace falta un poco más de organización”, dijo Sonael Erisvaldo de Oliveira, de 34 años, sobrino de Gilson, que llevaba una camiseta adornada con la frase: “Bolsonaro; Brasil por encima de todo; Dios por encima de todos”.

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No dejaba de ser irónico porque, en los ocho meses en los que ocupa la presidencia Jair Bolsonaro, la organización en el campo brasileño ha brillado por su ausencia. Bolsonaro ha recortado el presupuesto e intimidado a la dirección del Instituto Brasileño de Medio Ambiente, Ibama, responsable de combatir la deforestación ilegal, a la vez que desprecia el apoyo internacional.

Alemania y Noruega, los principales donantes del importante Fondo Amazonia de defensa medioambiental, han retirado su apoyo –millones de euros– debido a las políticas y la retórica de Bolsonaro. “Es un desastre porque el Fondo Amazonia financiaba los servicios de bomberos en algunos estados”, dijo Andrei ­Guimaraes, director del Instituto de Investigación de Amazonas (IPAM Amazonia).

Bolsonaro acaba de movilizar al ejército en áreas como esta en el oeste de Bahía –así como en otros estados– para combatir los incendios tras anunciar su “amor patriota” a las selvas. Pero el domingo no había un solo bombero o coche policial en la carretera y las llamas cruzaban hacia los bosques en el otro lado.

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