
La vigilia por San Cayetano, el patrono del pan y el trabajo, ya no es lo que era. Eso se ve a simple vista. Clarín recorrió las calles que rodean
a la parroquia de Liniers y, a pocas horas de que se abrieran las puertas para ingresar a venerar al santo, había poca gente esperando. No fue sólo una cuestión de sensación. Al consultar a distintos comerciantes del lugar, lo ratificaron y la respuesta siempre fue la misma. “Esta muy flojo esto”, dijo Nico, que hace 12 años atiende un local de ventas de estatuillas del santo.
El operativo policial y de los agentes del Gobierno de la Ciudad estaba presente y activo. Todo parecía estar preparado para realizar una gran celebración como todos los años. Cuando llegó este diario, antes del mediodía, estaban terminando de armar el escenario, las vallas aún no estaban colocadas y recién estaban instalando los baños químicos. “A esta altura, hace cinco años, esto era una fiesta. El escenario, por ejemplo, lo instalaban una semana antes. Y un día como hoy, había mucho más gente, haciendo música y cantando”, narró Silvia, que atiende un kiosco de comida sobre Cuzco hace 9 años.
Vigilia en los alrededores del santuario de San Cayetano. Foto: Andrés D’Elia
Ese es exactamente lo que se percibe a simple vista. Hay personas. Pero no son muchas, teniendo en cuenta la historia de esta celebración. La cola para agradecer o pedir trabajo a San Cayetano apenas sobresalía de la puerta de la parroquia cuando hace unos años, según contó Nico, “la fila de gente llegaba hasta el estadio de Vélez”.
El armado de las vallas en los alrededores del santuario de San Cayetano. Foto: Andrés D’Elia.
Las costumbres son las mismas. La diferencia radica en la cantidad. Como todos los años, los fieles se concentran sobre la calle Bynnon, donde acampan un día antes. A lo largo de unas dos cuadras, decenas de personas aguardaban sentadas en sillitas, tomando mate, charlando o comiendo algo, calentándose los pies o las manos con el calor que salía de tachitos metálicos donde introducían varias rocas de carbón encendido. Sólo había dos carpas levantadas. La mayoría de la gente esperaba su turno de visitar al santo sentada al aire libre.
La iglesia de San Cayetano, esta mañana. Foto: Andrés D’Elia

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La merma de visitantes viene repitiéndose año tras año. Así lo asegura Silvia, que con categoría afirma que “esto comparado hace cinco años, no es nada. Y comparado hace ocho, es menos que nada”. Pero, al mismo tiempo, considera que se ve un “poquito más de gente” que el año pasado.
Esta misma sensación la tiene uno de los padres del Santuario. “Este año esperamos el doble de gente del año pasado”, dice entusiasmado, y contabiliza que en 2018 pasaron por la iglesia unas 150 mil personas en diez días. “Para este año esperamos ese número, o mucho más”, confía.
Vigilia en los alrededores del santuario de San Cayetano. Foto: Andrés D’Elia
Hay fieles que ya se instalaron. Con carpas o sillas, como siempre, esperan su oportunidad de hablar con el patrono. De pedirle trabajo y prosperidad para su familia y amigos. También van a agradecerle cosas lindas que les pasaron en su vida últimamente. Como Marta, que llegó de Pergamino junto a su familia. Ella vino a agradecer: “El año pasado pedí por un familiar y este año consiguió trabajo. Nunca me falla. Siempre que le pido algo, me cumple”.
A pocos metros de ella, en medio de una ronda de mates, Carlos trató de ser moderado al hablar de su vigilia. Dijo que le fue difícil llegar. “Vengo de lejos”, explicó al contar que vino de Luján. “Tomarse todos los colectivos y trenes para llegar no está fácil“, agregó. Pero también expresó esperanza para el futuro: “Estoy seguro de que me va cumplir lo que le voy a pedir”, lo que no quiso divulgar porque es “muy personal”. Gloria, jubilada, llegó para “cumplir con una promesa” . Y también para hacer un pedido: “Que los colegios sean para educar, no para comer”.
AS