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Las lecciones que la serie “Chernobyl” puede enseñarnos sobre Donald Trump

Redacción TN by Redacción TN
21 junio, 2019
in Internacionales
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Por Brett Stephens

Esta semana miré la serie de HBO Chernobyl de un tirón. Me hizo pensar en Donald Trump. No, mi síndrome de alienación Trump no llegó al

pico de 12.000 roentgen en el dosímetro ideológico, ni tampoco creo que su gobierno sea equivalente al incendio de un reactor nuclear en un espacio abierto. Mirar Chernobyl (y leer testimonios reales de la tragedia) implica recordar que estos símiles deben ser usados con moderación.

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Pero hay un notable paralelo. Chernobyl no es solamente la historia de una catástrofe ambiental, o de los actos heroicos que impidieron que el desastre fuera aún peor. Muestra lo que ocurre en las sociedades corrompidas por la institucionalización de mentiras y la destrucción de la confianza que la acompaña. Esa es la historia verdadera del Chernobyl real, en donde las verdades irreductibles del mundo natural —la química y la física de partículas— finalmente superan a las verdades impuestas por la ortodoxia y la propaganda soviéticas.

Escena tras escena, funcionarios del partido decretan que la gravedad del accidente no es tan importante. O que el alcance de los daños no es de tan gran magnitud. O que el rango de culpables no llega tan lejos. Le mienten a occidente y a su pueblo. Mienten en lo más alto y en lo más bajo de la cadena de mando. ¿Por qué? Porque pueden hacerlo.

Lo que sucede en la miniserie de Chernobyl es consecuencia de lo que sucede en una sociedad cuando las mentiras terminan siendo institucionalizadas.

Lo que sucede en la miniserie de Chernobyl es consecuencia de lo que sucede en una sociedad cuando las mentiras terminan siendo institucionalizadas.

“¿Pensás que la pregunta adecuada te puede llevar a la verdad?”, le dice Anatoly Dyatlov (interpretado por Paul Ritter), el ingeniero que supervisó las pruebas de seguridad que llevaron al desastre y que luego fue designado como el chivo expiatorio del régimen, a un científico que quiere saber lo que ocurrió la noche del accidente. “No hay verdad. Pregúntale a los jefes lo que quieras y te dirán una mentira. Y a mi me tocará caer”.

De hecho, a Dyatlov le dieron 10 años (cumplió sólo tres). Pero la frase captura la esencia de un sistema en el cual cada mentira oficial es noble, y la verdad es cualquier cosa que le sirva al partido en un momento determinado. Y funciona… hasta que deja de funcionar.

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“Cada mentira que decimos aumenta nuestra deuda con la verdad”, dice el héroe del drama Valery Legasov (Jared Harris), poco antes de suicidarse. “Tarde o temprano, hay que pagar la deuda”.

En su último conteo —7 de junio—, el diario The Washington Post había llegado hasta 10.796 declaraciones falsas o tendenciosas de Trump en 869 días. El Post puede ser un poco exagerado a veces, en el sentido de considerar diferencias de opinión como pruebas de falsedad, de modo que podríamos rebajar la cifra a la mitad. De todas formas, se llega a 5.398 declaraciones falsas o tendenciosas, lo que equivale a 6,2 por día, o una cada tres horas diurnas.

En la miniserie Chernobyl queda expuesto lo que sucede cuando la idea de verdad se distorsiona.

En la miniserie Chernobyl queda expuesto lo que sucede cuando la idea de verdad se distorsiona.

Entrevisté a Allison Stanger, de Middlebury College, autora de un libro excepcionalmente lúcido que será publicado en septiembre, “Whistleblowers: Honesty in America from Washington to Trump” (Informantes: La honestidad en Estados Unidos desde Washington hasta Trump), y le pregunté acerca del efecto acumulativo de esta tormenta. Citó la famosa observación de Hannah Arendt: “Si todo el mundo te miente, la consecuencia no es que uno termine por creer en las mentiras, sino que nadie termina creyendo nada”.

El resultado es que la gente pierde la capacidad de pensar por sí misma, de poder emitir un juicio y encontrar una base racional para tomar partido. Se convierten en parte de un rebaño.

El 18 de junio, Jeremy Peters, de The New York Times, publicó un perfil del conductor de radio conservador Michael Savage, un temprano y febril partidario de Trump, que a veces habla de su desilusión respecto del presidente, siempre desde una perspectiva de derecha. Una gran cantidad de sus 7,5 millones de oyentes no se lo tomaron a bien.

Como el propio Savage dice, para “mucha gente” Trump es mas que un ser humano, “es un semidiós”. Estas personas —las que no critican a Trump nunca, en ningún aspecto —son el rebaño. No hay nada parecido a una mayoría en el país. Pero es envenenar aún más una sociedad en la que la idea de la verdad ya estaba siendo balcanizada (nuestra verdad), personalizada (mí verdad), problematizada (verdad de quién), y trivializada (tu verdad) —todo antes de que Trump llegara y definiera la verdad como cualquier cosa que a él le sirva para salirse con la suya.

La miniserie Chernobyl sirve también para pensar la vida bajo el gobierno de Donald Trump.

La miniserie Chernobyl sirve también para pensar la vida bajo el gobierno de Donald Trump.

Lo más elocuente del conteo de The Washington Post sobre las falsedades de Trump es lo poco escandaloso que se vuelven a medida que el número crece. Como el dinero, las mentiras están sometidas a una regla inflacionaria: mientras más haya en circulación, menos va a importar cada una de ellas.

Todo esto ocurre sin la ayuda de la KGB o de algún otro instrumento de un Estado represivo para reforzar una postura y disolver la distinción entre realidad y ficción. Pero el efecto no es menos dañino. Un presidente que puede decir cualquier cosa le habla a un núcleo duro que cree cualquier cosa. Mientras tanto, el resto del país no cree ni una sola palabra.

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¿Qué pasará si tenemos nuestro propio Chernobyl, u otro 9/11, o algo peor, y la credibilidad del gobierno se vuelve esencial para la supervivencia del Estado? ¿Qué pasará cuando la palabra del presidente sea verdaderamente importante?

Mientras miraba Chernobyl, este inquietante pensamiento me rondó la cabeza: durante la crisis, la Unión Soviética al menos contaba con el liderazgo de Mijail Gorbachov, con su instintiva decencia y honestidad.

© 2019 The New York Times

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