Chiara Páez: el femicidio que conmovió al país y unió a las mujeres en la lucha del #NiUnaMenos

En la casa de Chiara Páez hay una bicicleta blanca con canasto negro. La usaba todos los días para ir del entrenamiento de hockey a las clases de pintura o a

lo de una amiga, de la escuela de equinoterapia al parque municipal de Rufino, la localidad al Sur de Santa Fe donde vivía. Se puede ver desde la vereda, al lado de otra bicicleta naranja que su mamá, Verónica Camargo, dejó de usar exactamente cuatro años atrás.

Chiara tenía catorce recién cumplidos y un embarazo de 2 meses, cuando el 10 de mayo de 2015 su novio la mató a golpes y la enterró en el patio de su abuelo. Al día siguiente, mientras todo el pueblo la buscaba, el adolescente comió un asado a metros del pozo en el que había escondido el cuerpo y luego, su papá, un policía local, lo acompañó a confesar.

Fue un antes y un después, tanto para la familia, como para el país. El femicidio se volvió un grito de repudio masivo a la violencia de género e impulsó el surgimiento del primer #NiUnaMenos, una movilización de una magnitud sin precedentes que reunió a 150 mil personas en el Congreso y que se replicó en 80 ciudades de Argentina. Sólo en la provincia de Santa Fe era el décimo femicidio en lo que iba del año, un saldo de dolor intolerable.

El femicidio de Chiara Páez, de 14 años, conmovió al país. / Foto Gabriel Pecot

El femicidio de Chiara Páez, de 14 años, conmovió al país. / Foto Gabriel Pecot

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Verónica recuerda que recién entendió el tamaño de la convocatoria cuando vio las imágenes los días posteriores al 3 de junio. Había estado a punto de no viajar a Buenos Aires, porque quería quedarse en Rufino para agradecer la solidaridad de sus vecinos. Además, en medio del impacto, le costaba la idea de enfrentarse a la multitud y los medios.

Pasó varias semanas sin querer salir de su casa. La ausencia se hacía presente de formas impredecibles. Una pintura hecha por Chiara de un rostro de mujer, el certificado de participación en unas olimpíadas de ciencias naturales de 2012, una regla escolar rotulada con su firma en liquid paper o una carta escrita a mano que nunca le había dado: “Mami, te amo, aunque no me dejes ir a la matiné.”

Un día vio la bici blanca estacionada en el frente de la casa y se subió. Sintió que era “una forma de andar en algo de ella”, quizás de poner el duelo en movimiento, de sentir su compañía. Con los años se volvió su medio de transporte. No quería apegarse a nada, dice. “Pero con la bici sentí como una necesidad”. Con Chiara salían mucho a andar juntas. Hacían los mandados o la acompañaba al campo de deportes.