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Logró escapar de un asesino serial de un modo cinematográfico, pero el trauma la persiguió por años

Redacción TN by Redacción TN
5 febrero, 2019
in Sociedad
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El FBI concluyó que Andrew Urdiales era más inteligente que la mayoría de los asesinos seriales. Entre 1986 y 1996, lo que calificaron como su “pulsión asesina” se esparció desde Illinois

hasta California. En esa década, atacó y torturó a nueve mujeres sin dejar en el camino testigos ni pruebas. Sólo una mujer, Jennifer Asbenson, sobrevivió a él. Hoy, 27 años después de haberlo conocido, asegura que aún no superó el trauma.

Andrew Urdiales.

Andrew Urdiales.

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Fue el propio Urdiales, exmarine de los Estados Unidos, quien confesó los crímenes. Con detalles que los investigadores no habían notado hasta que él los señaló. Así, se probó la conexión entre cada asesinato. También confesó que atacó a Asbenson.

Como ella misma contó este lunes en el programa de TV People Magazine Investigates, aún siente pánico al conocer gente nueva. Es que así, con un extraño, comenzó su pesadilla. “Me siento muy afortunada de estar viva”, dijo al comenzar su relato.

A sus 19 años, Jennifer perdió el bus que la llevaría a su trabajo en un centro para niñas y adolescentes con discapacidades. No quería llegar tarde y Urdiales, que estaba en su auto cerca de la parada, se ofreció a alcanzarla. Al principio ella se negó, pero terminó aceptando. Era septiembre de 1992.

El viaje terminó sin que ella notara una actitud sospechosa. Mientras manejaba, él la invitó a desayunar al día siguiente, ya que ella le había contado que salía de trabajar a las seis de la mañana. Como no estaba interesada, pero le dio lástima decirle que no, Asbenson le pasó un número de teléfono falso y bajó del auto.

Cuando su jordana laboral terminó y Jennifer se disponía a caminar hacia la parada, él la estaba esperando. Parado junto a su auto. Abrió la puerta del acompañante y la invitó a subir. Lo que siguió fue una escena que la atormenta hasta hoy. No por nada a Urdiales lo llamaron el “monstruo del desierto”.

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Durante ese segundo viaje, él comenzó a preguntarle por el teléfono falso. Ella trató de mentirle, pero no pudo frenar su ira. Él le ató las manos con una cuerda fina y la llevó al desierto, donde intentó violarla. Tal como hizo con otras mujeres que no pudieron escapar. Para ese entonces, Urdiales había matado a cuatro de sus ocho víctimas. La primera, el 18 de enero de 1986, fue Robin Brandley (23). La encontraron en el estacionamiento del Saddleback College, un campus de Mission Viejo, California, con 41 puñaladas.

Tras una lucha feroz, Urdiales metió a Jennifer en el baúl de su auto y empezó a manejar. Ella logró —”con una fuerza que desconocía”— liberarse las manos y abrir la tapa del baúl. Saltó del auto cuando el vehículo se detuvo y, desesperada, comenzó a correr. El asesino serial la seguía con un machete. “Parecía la protagonista de una película de terror”, recordó la mujer.

Detuvo un auto que pasaba y en el que, casualmente, había dos Marines que la llevaron a la estación de servicio más próxima para que llamara a la Policía.

Aunque sobrevivió, Jennifer siguió cautiva de sus miedos. “Creía que iba a volver por mí —contó ahora— para terminar lo que había empezado”. En un momento, hasta dudó de que el ataque realmente hubiese sucedido. Como muchos otros a su alrededor. Sólo el nacimiento de su hija, Geo, en 1996, la ayudó a sentirse mejor.

“Tuve que perdonarme a mí misma por haber subido al auto con él. No tuve miedo porque en el viaje anterior no me había hecho nada. Si hubiese notado algo raro en su aspecto, jamás hubiese aceptado que me llevara”, agregó.

En 1997, el “monstruo del desierto”, que entonces tenía 32 años, fue detenido por oficiales de tránsito. Encontraron un revólver en su auto. No tenía la licencia. Ese fue su único error. Los investigadores peritaron el arma para ver si coincidía con las balas encontradas en las tres víctimas de Illinois: Laura, Cassandra y Lynn. Así fue. Durante el interrogatorio confesó el resto de los asesinatos.

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Jennifer, que ahora tiene 45 años, dice que haber plasmado el ataque en su libro La chica de la casa del árbol, que acaba de publicarse, la ayudó a sanar.

Algo que no había ocurrido ni siquiera el 2 de noviembre del año pasado, cuando Urdiales se ahorcó. Estaba condenado a pena de muerte por el estado de California.

Cuando se le preguntó por un motivo, Urdiales no dio ninguno. Su único razonamiento, concluyeron, era que se irritaba cuando las mujeres suplicaban por sus vidas. Jennifer tuvo que escuchar eso durante el juicio.

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