A lo largo de casi 200 kilómetros de ripio en la estepa patagónica, las tareas inconclusas de un millonario contrato vial con Báez son evidencia de una llamativa falta de controles. Por Mariela Arias
Polonia Grzegorczyk, atrapada entre las estancias de Lázaro Báez, se convirtió en testigo inapelable de una década perdida. Por la vera de su campo pasa la ruta provincial 9, camino de ripio y sin letreros, por el que se pagaron sumas siderales y quedó a medio hacer. La historia de su campo se entrelaza con la ruta y con las represas prometidas. La de Báez, con la corrupción en la obra pública que tuvo de escenario esta provincia.
“Hubo intentos, algunos trabajos, pero quedaron en la nada. Cuando llueve es imposible transitarla”, relata Grzegorczyk, dueña de la estancia La Martina, a 11 kilómetros del inicio de la ruta provincial 9. LA NACION recorrió los 192 kilómetros de ripio que atraviesan la estepa siguiendo la serpenteante figura del río Santa Cruz. A diez años de haberse licitado, la ruta hoy escenifica el emblema de la corrupción.
La ruta se inicia a 47 kilómetros de El Calafate, en el cruce con la ruta nacional 40, y en sus primeros kilómetros atraviesa cinco de las estancias de Lázaro Báez, el empresario detenido en Ezeiza: Río Bote, Cruz Aike, La Julia, Campamento y La Porteña. A Báez le pagaron para que mejore una ruta que pasaba por sus estancias, donde se expropiaría la tierra y que también sería el camino a las futuras represas hidroeléctricas.
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