Nos quejamos sin darnos cuenta de que tuvimos suerte. A pesar de todo. Recuerdos: hace ya unos años cursaba un postgrado en los Estados Unidos y un colega, periodista de años,
mostró felicidad por habitar en su país en ese tiempo.
La primera reacción de todos, gente incrédula, fue mirarlo impiadosamente. Se explicó: “Saben que soy gay y vivo una opción de libertad, de ser el que quiero y cómo quiero, algo inimaginable en otra época y hoy en otros lugares”. En el fondo, supimos que tenía razón: quizás haya habido civilizaciones en las que las relaciones entre el mismo sexo hayan estado legitimadas pero, desde hace demasiado tiempo, los siglos se impuso el secretismo y la condena si no la muerte.
Volví a esta pequeña historia cuando conocí el derrotero de Albina. Años 20 o 30, marido abusador y putañero, tres hijos. Una situación casi imposible de resolver de una manera “feliz”. ¿Hoy es diferente? La respuesta corta es sí. La larga, “sí, pero …”. Cierto que a veces la mujer depende del hombre, que recibe amenazas, que teme. O que fue educada para ser víctima. También es cierto que existen organizaciones de ayuda, la Policía de la Mujer, un marco legal que contiene. Ideal no ser pero como decir antes de que esa colega gay, Albina estaría feliz de vivir hoy.
El silencio oprobioso es el otro gran eje de este testimonio. Ella jamás pudo confesarse con los tres hijos de su segundo matrimonio. Jamás -parece- volvió a ver sus primeros tres hijos. Jamás ni unos ni otros llegaron a preguntar por qué y cómo tomó la decisión, si en algún momento se arrepintió por el precio que debió pagar. Algo así parece seguro por lo que recuerda su nieto: era una mujer de sonrisa corta, solo se podía hacer clic en la foto dejaba de escuchar. ¿Habrá, Albina, conocido la felicidad o solo? ¿No es poco? ¿Habrá vivido sin miedo entre la gente que lo quería?