
-Andy Freire, ex ministro de Modernización porteño, dijo que usted era la persona menos convencional que había conocido. ¿Por qué?
-En lo que es ser convencional, me atrevo a salir de
los límites. No fuera de los límites totales, porque allí los resultados caen. En cambio, ser poco convencional dentro de lo convencional es maximizar lo que uno hace.
-¿En qué no es convencional?
-Cuando cumplí 48 años, por ejemplo, decidí dejar lo que hacía y me fui a estudiar políticas públicas a Boston, a cambiar de rubro. Todos mis amigos estaban del otro lado del río, en la escuela de negocios.
-¿Cuándo tuvo su primera empresa?
-Comencé a trabajar de muy joven en la Compañía Continental de Cereales e hice allí toda la carrera. Me fui a entrenar en 1970 como trader a Nueva York, luego volví a Buenos Aires, San Pablo, otra vez Nueva York y terminé de presidente. Yo ya tenía 40 años, quería hacer algo distinto, tener mi propia empresa. Se me ocurrió comprar una compañía de limones en Tucumán, que estaba quebrada. Hice lo que ahora se llaman “ruedas de capital” y fue un éxito fenomenal. Tenía 800 empleados y terminó con 6.000. Salimos a cotizar en Bolsa. Pero nos pegó la crisis del 2001, sufrimos muchísimo. Ahí te das cuenta de que con tantos empleados ya ocurren fenómenos sociales dentro de la empresa. Así como fue que decidí estudiar políticas públicas. Entré a Harvard a los 48 años.
-¿Pero usted se veía en la función pública o lo hizo para enriquecer su perfil empresario?
-Pensé que iba a ser un hombre de negocios más importante. Y que me haría crecer tener la combinación de una experiencia de negocios exitosa con una disciplina pública.
-Cuando terminó de estudiar fundó la avícola Avex, que luego vendió. Presidió una exportadora de frutas y hoy dirige la mayor compañía mundial de litio. ¿Le sorprendió que Macri le ofreciera ser embajador de Estados Unidos?
-Estábamos de viaje en Nueva Zelanda y cuando entrábamos al hotel suena el celular. Era Horacio Rodríguez Larreta y me pregunta: ¿Querés ser embajador argentino en Washington? Le dije que sí. Después me llamó Marcos Peña con el Canciller y entramos en detalle.
-¿Se lo imaginaba?
-Es que muchas de las cosas que hice surgieron sin planearlas antes y ninguna fue como yo pensé que iba a ser. No sabía que iba a ser embajador, pero uno va juntando unos montoncitos de cosas, de buena voluntad.
-Pero esto es la función pública y en un cargo de altísima exposición. Es una apuesta muy distinta del presidente Macri.
-Completamente. Pero, dada esa apuesta, resalto que esta es la cuarta vez que estoy viviendo en Estados Unidos, estudié políticas públicas, tengo una trayectoria de gestión. No soy político, ni quiero tener proyección política. Vengo acá a cumplir una tarea y la voy a hacer. Si eso es lo que el Presidente quería, soy el hombre que necesita. Nunca lo hice, pero sé hacer esto. Lo sé hacer a mi modo; quizá si fuera de otra manera no lo podría hacer. Pero para lo que Argentina necesita en este momento, yo sentí en el instante que era la persona correcta. Entiendo el mandato del Presidente a la perfección y creo que puedo hacer muchas cosas para que sea cumplido.
-¿Cuál es el mandato?
-El Presidente tiene una obsesión por reducir la pobreza en la Argentina. Toda aquella acción que en el corto o mediano plazo ayude a reducir la pobreza es mi trabajo. Lo más importante es la creación de empleo y eso viene, como yo hice, a través de las empresas. Pero también a través de la inversión. Yo busqué capital para cada uno de mis proyectos y esta vez lo hago a una escala nacional y no personal. Algo que me es más fácil porque represento a un país y no es que pido a alguien que crea en mí. Tengo un enorme entrenamiento para hacerlo de una manera mucho más fácil. Que sea un desafío porque Argentina es Argentina es otra cosa.
-¿Cuesta salir a “vender” a la Argentina ahora?
-No, para nada. Argentina tiene muchas cosas que necesitan actualización. Nuestro país no sólo tiene el potencial natural, sino otras cosas que necesitan traerse al mundo de hoy y que son relativamente fáciles porque las empresas ya las hacen en otros lugares. Eso en sí mismo es una oportunidad. Hay que crear puestos de trabajo a través de la ciencia, la educación o cosas que no necesariamente son negocios sino que generan empleo a través del acercamiento de las sociedades. Además, los ministros y los gobernadores saben muy poco para qué sirve una embajada. Nunca la usaron. Quiero que los funcionarios de la embajada los llamen y les pregunten qué necesitan y ofrezcan conexiones para avanzar en sus programas.
-¿Y por qué no llegó la “lluvia de inversiones” que prometió el presidente Macri?
-No sé muy bien a qué se referían con eso. Hubo un aumento fuerte en el Foreign Direct Investment, de US$ 10.800 millones en 2016 y US$ 11.000 millones en 2017. Si alguien esperaba mucho más, no lo sé. En Estados Unidos, los inversores continúan muy interesados. Las inversiones que se hacen, al no ser financieras, tienen un tiempo de implementación. Está el ejemplo de Apple: abrir una empresa en cualquier país le lleva 5 años. Son procesos largos.
-¿Es una ventaja para usted y la Argentina el hecho de que Trump sea un empresario?
-Sí, porque más allá de que yo también sea empresario, soy una persona que habla con gente como Trump. No estoy demasiado involucrado en temas de forma, en teorías geopolíticas o si conviene aquello o lo otro. Yo no tengo ningún problema en sentarme con cualquier miembro de la administración, como lo he hecho, y decirle: “Mirá, yo necesito esto y seguramente habrá que hacer algo a cambio”. Decirle que hay que armar un escenario, que lo necesito rápido y decirle: “Creo que a vos te conviene”. Quizás en términos diplomáticos esto sea un horror, pero no hay tiempo para los posicionamientos del país. Estamos necesitados de que la Argentina reciba un signo positivo en términos de empleo y pobreza.
-Pero, si bien se abrió la exportación de limones, hubo un revés con el biodiésel y está sin solución la exportación de carne argentina.
-También están las exenciones a las tarifas del acero y el aluminio. En ese caso atajamos un penal: no hemos hecho un gran avance, pero evitamos un retroceso en algo que era injusto porque no éramos parte del problema. Fue un gran trabajo de equipo del Presidente y varios ministerios.
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El Presidente tiene una obsesión por reducir la pobreza en la Argentina. Toda acción que vaya en esa línea es mi trabajo
Y yo estaba acá, implementando las cosas y estableciendo relaciones. Tengo una relación bastante cercana con el secretario de comercio Wilbur Ross. Él me atiende permanentemente y tenemos una simpatía, amigos en común. Esta es otra de las grandes cosas que aportamos: una gran red de amistades hechas a través de trabajos que se hicieron en el pasado. Con el Departamento de Estado también tenemos una relación muy directa, lo mismo con la Casa Blanca.
-Argentina sale al mundo con EE.UU. volcado al proteccionismo. ¿Eso no los perjudica?
-Tiene sus complicaciones. Tengo dificultades, por ejemplo, con el departamento de Agricultura. Me peleo con ellos. Pero sucedió, por ejemplo, que me reuní por la mañana con el vicesecretario de Agricultura Ted McKinney y discutimos sobre el ingreso de la carne porcina a la Argentina. Pero a la tarde él estaba en primera fila en la recepción por el aniversario del 25 de mayo en la OEA. Eso me emociona.
-Pero la exportación de carne sigue sin aprobarse, dicen que por detalles burocráticos…
-Están esperando que les dejemos entrar el cerdo. Tarda tanto la carne porque estamos demorando mucho con el cerdo. No hubo un solo embarque de cerdo. Esa fue la discusión.
-Argentina volvió a pedir un préstamo al FMI, una medida que por cuestiones históricas causa escozor social. ¿Cómo evalúa esa decisión?
-Me provoca una enorme admiración que este presidente elija hacer lo que es correcto, más allá del costo político. Tradicionalmente, el pedido se demoraba hasta que era inevitable porque a los políticos les cuesta asumir el costo, sobre todo por las connotaciones que tiene el Fondo en la Argentina.
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Ministros y gobernadores saben muy poco para qué sirve una embajada. Quiero que los llamen y vean qué necesitan
Con tiempo, sin apresuramiento más que el de calmar los mercados, que no están extenuados financieramente, me parece de un enorme coraje llegar a un acuerdo y asumir el costo político.
-¿Cree que el FMI impondrá condiciones más duras que las metas del Gobierno?
-El FMI ha evolucionado. La metodología de trabajo que tiene hoy es distinta. Es un organismo con mucha más sensibilidad social que la que tenía décadas atrás. No estoy involucrado en la negociación técnica, pero entiendo que hoy el organismo contempla el impacto social con mucha más atención que en el pasado.
-El gobierno de Trump salió a apoyar con fuerza las reformas económicas. ¿Eso ayuda?
-El apoyo fue muy franco. Se expidieron a favor la Casa Blanca, el Departamento del Tesoro y el Departamento de Estado; no es común. Lo vemos como un deseo manifiesto de que a este gobierno hay que ayudarlo para que siga con sus políticas de normalización del país.
-¿La relación personal entre Macri y Trump influye realmente en algo en el vínculo bilateral?
-Sí. Hay 207 países en el mundo y con algo te tenés que distinguir. Cuando presenté mis cartas credenciales me encontré con el presidente Trump, caminé dos pasos, le di la mano y lo primero que me dijo fue: “Mauricio, Mauricio, Mauricio”. Es un factor diferencial. Yo me engancho, tomo mis piolines de aquellas cosas que me distinguen: el malbec, el tango, la Patagonia y la amistad del presidente Trump con Macri. Si existe o no, no importa: todo el mundo cree que sí. No sé si alguien me va a conceder algo por eso, pero por lo menos los funcionarios pensarán que el jefe mira bien a este país.
-¿Qué se imagina haciendo en el futuro?
-Dentro de estas cosas no convencionales que hago, dentro de lo convencional… busco trabajo siempre. Leo los clasificados especiales en Argentina y la revista The Economist y mando cartas a los avisos de ejecutivos y aplico a trabajos. Incluso ya estoy buscando empleo para cuando termine mi ciclo en la embajada.
-Sigue dirigiendo Orocobre, la compañía de litio. ¿Es compatible con su actual función?
-Sí. Le pedí a Laura Alonso (titular de la Oficina Anticorrupción) un dictamen por escrito por si alguien pregunta. La empresa no opera ni cotiza en Estados Unidos.
-¿Qué cree que le falta aprender?
-Tener paciencia. Si bien aprendí vendiendo limones, que todo se construye de a poco.

El embajador de Argentina ante la Casa Blanca Fernando Oris de Roa. Foto: Roberto Candia
El don de tener ideas y ponerlas en práctica
Fernando Oris de Roa, de 65 años, lleva 44 casado con Mercedes de Campos. Su esposa está presente en la extensa charla en la nueva residencia del embajador, un coqueto y luminoso departamento en el histórico barrio de Georgetown, con imponentes ventanales que asoman al río Potomac.
Criado en San Isidro, el empresario contó que cuando era joven estaba seguro de que sería médico, como su padre, su abuelo y su bisabuelo, y así se lo hizo saber a su prometida. “Conocí a Mercedes en el viaje de fin de curso a Europa, a los 17 años, y nos pusimos de novios. Un día, en un puerto en Italia, salimos a caminar, nos sentamos en una roca y le dije: “Yo voy a ser médico, pero no voy a ser cualquier médico, voy a ser un muy buen médico. Es mi proyecto”. Mercedes me miraba y me creía todo lo que le decía. Volvimos, me anoté en la facultad, pero no completé el primer año. Lo fui a ver a mi papá y le dije que quería trabajar. Así entré en la Compañía Continental de Cereales”.
Pese a que se convirtió en un poderoso empresario agropecuario y ahora tiene el desafío de conducir el destino diplomático más sensible, él se define con simpleza. “Siento que soy vendedor y manager, mis actividades básicas. Lo que hago bien es manejar grupos de gente, tener ideas, llevarlas a la práctica. Mucho de eso es venta”.
Con tres hijos y diez nietos, Oris de Roa tiene fascinación por entrenar y promover a jóvenes empresarios. Incluso financió o buscó financiación para muchos proyectos de jóvenes de los que fue mentor. A varios –entre los que se encuentran Andy Freire y Wenceslao Casares, fundador de Patagon- los llevaba a pasear para vender productos ficticios. “Tocábamos timbre y la idea era que se expusieran al rechazo. Les enseñaba los trucos de comprar y vender”, cuenta.
A muchos de esos jóvenes los conoció en la Universidad de San Andrés, donde su esposa colabora como miembro del board. En Washington destacan el aporte que ella hace a la embajada. “Hace treinta años que hago puentes entre las causas y los donantes. Tengo un instinto, una habilidad para conectar”, cuenta la mujer.
A pesar de que están en Washington desde enero, el matrimonio ya trabaja muy activamente con la comunidad de compatriotas. Mercedes destaca: “Es muy importante que el colegio argentino tenga 50 años de vida y siga con ganas de seguir haciendo cosas. También, los directivos de la organización CEDA me acercaron un plan para armar un centro cultural… no pueden haber traído un proyecto mejor. En lo que pueda colaborar para hacer de esa idea una realidad y traer una imagen contemporánea y aggiornada de la Argentina, es muy bueno”.
Oris de Roa dice que desde que llegaron casi no duermen del entusiasmo que tienen. “Es tan interesante todo. Fuimos tan bien recibidos. No solamente por el gobierno estadounidense sino por la comunidad argentina”, señala.
¿Querrán quedarse si Macri es reelecto? “No lo sé, recién llegamos”, murmura el embajador. Oris mira al río por la ventana y extraña el lago Nahuel Huapi, donde, cuenta, viaja todos los veranos a competir con su velero. Todavía sueña con ser médico. ¿Va a encarar ese desafío? “Quién sabe”, dice. “Hasta ahora hice un montón de cosas. Capaz que sí”.
Itinerario
Fernando Oris de Roa nació en 1952. Trabajó 23 años en la Compañía Continental de Cereales. Luego adquirió la exportadora de limones San Miguel, en Tucumán. Fundó y dirigió la empresa avicultora Avex, en Córdoba, y presidió Expofrut. Es director de Orocobre, dedicada a la extracción de litio en el salar de Olaroz, Jujuy. En 2002 cursó una maestría en Políticas Públicas en la Universidad de Harvard. De marzo a noviembre de 2016 fue subsecretario porteño de Inversiones (ministerio de Modernización). Y el 24 de enero asumió como embajador de Argentina en Estados Unidos.
Al toque
Un proyecto: La reelección de Mauricio Macri.
Un desafío: Llegar a un punto, como dice el tango, donde el músculo duerme y la ambición descansa.
Un sueño: Ser médico.
Un recuerdo: Mi papá y mi mamá.
Un líder: El presidente Macri.
Un prócer: Sarmiento.
Una sociedad que admire: La argentina.
Una persona que admira: Angela Torchia de Estrada (fundadora y directora de la Escuela Argentina de Washington).
Una comida: El choripán.
Una bebida: Gaseosa light.
Un placer: Navegar.
Un libro: “Ruling passions”, de Simon Blackburn.
Una película: “King Rat” (película de 1965 ambientada en la Segunda Guerra Mundial).
Una serie: “Homeland”.